LO PROMETIDO ES DEUDA

¡Hola flosers! Como bien os dije hace un mes, ha llegado el momento de dejar este blog. Pero sólo para cambiar de registro y seguir evolucionando.

Quiero daros las gracias por estos fantásticos siete años juntos. Y espero que me acompañéis en mi nueva aventura.

A partir de ahora me podréis encontrar en:

¡Os espero!

EL CUENTA-CUENTOS: KILL. (PARTE 4 -FINAL-)

Para leer la primera parte de “Kill” pulsad aquí.

Para la segunda parte de “Kill”, aquí.

Y para leer la tercera parte de “Kill” pulsad aquí.

(4ª y última parte)

Palabras a añadir:

(no hay palabras a añadir)

Continuación…

La noche llegó provocando que la detective Gala sonriera por primera vez ante la idea de poder descansar. Subió a su utilitario blanco. Deslizó el cinturón de seguridad hasta que escuchó el “clic”. Metió la llave en el contacto y se esforzó para que el motor comenzara a rugir. Sin duda necesitaba jubilar aquella viaja chatarra. Algún día, quizá cuando dejara el cuerpo, se compraría uno de esos cuatro por cuatro que tanto le gustaban.
En la radio sonaba una canción de un grupo pop en español, cambió de emisora con una mueca de desagrado. El coche quedó invadido por los violines y el piano de una pieza clásica, la voz de la soprano hizo que Gala cerrara los ojos con súbito placer. Luego quitó el freno de mano y emprendió la marcha hacia su casa. Tuvo que tocar el claxon cuando otro conductor se cruzó en su camino furtivamente y se vio obligada a dar un golpe de volante. Bajó la ventanilla y empezó a proferir insultos al inepto piloto.
Tardó media hora en llegar a su casa, aparcó el coche tras dar varias vueltas a las manzanas circundantes, y por fin, encontró un sitio libre. Salió del vehículo y notó como el frío le calaba los huesos. Corrió por la calle hasta entrar en el portal desprovisto de luz y maldijo en voz alta al vago de mantenimiento al que hacía una semana que se le había pedido que arreglase los apliques.
Abrió el buzón para recoger la correspondencia del día. Subió las escaleras, no le gustaban los ascensores. Introdujo la llave en la cerradura y entró en la casas. Lanzó la chaqueta a un perchero que había en la entrada, no encendió la luz del recibidor, no lo necesitaba. Recorrió aquel pasillo hasta llegar al salón, de pronto un chasquido hizo que Gala se quedara helada, reconocía aquel sonido, lo reconocería entre miles de sonidos. Era imposible, para una detective como ella, no reconocer el martilleo de una pistola.
Gala encendió la luz y vio a la intrusa sentada en el tresillo, con los pies encima del asiento. Llevaba unas botas newrock, tejanos ajustados y una camiseta negra con el emblema de un conocido grupo de rock que la detective conocía y detestaba.

¡¿Qué coño haces aquí?!
He venido a corregir tu error…

Gala sintió como la rabia subía por la boca de su estómago.

¡Joder Laurie! – explotó la detective –. ¡Te dije que no vinieras a verme hasta que todo hubiera pasado!
Lo sé – Laurie empezó a hacer pucheros –, pero no me gusta estar sola en mi apartamento.
¿Tienes idea de lo que puede pasar si te encuentran aquí?
¡Me da igual Gala! – Laurie se levantó del sofá y se acercó a su hermana – ¡Estoy harta de esconderme, de matar gente para que tú puedas investigar casos! ¡Estoy harta de que te aproveches de mi!

Gala le dio un bofetón y Laurie sintió el calor en su mejilla izquierda. En su cabeza aparecieron en cuestión de segundos, las imágenes de su padre y algunos profesores de su infancia golpeándola como acababa de hacer su hermana.

Laurie…

La voz de Gala se estremeció por lo que acababa de hacer. Alzó la mano para pedirle disculpas cuando de pronto, escuchó dos sonidos sordos y sintió el dolor punzante en su vientre. Había recibido disparos en anteriores veces, siempre supo que moriría así, lo que nunca imaginó fue que sería su propia hermana la que le mataría.

Laurie… lo sien…

Pero antes de terminar la frase había perdido la vida. Laurie la miró, torció la cabeza dando el aspecto de un cachorro prestando atención. Su boca se encorvó en una sonrisa inquietante. El suelo enmoquetado empezó a encharcarse de la roja sangre de su hermana. Laurie se dirigió a la cocina, cogió un refresco de la nevera asegurándose de no tocar nada con sus manos desnudas, la cerró golpeando la puerta con su trasero y tras coger una manzana del frutero que descansaba en la encimera se dirigió a la puerta para abandonar el apartamento. No sin antes lanzar otra sonrisa a su difunta hermana. Se sentía llena, se sentía completa, por primera vez, se sentía libre.

Dulces sueños hermanita… tengo que seguir con lo que empecé.

Y después salió al rellano oscuro para cumplir lo que acababa de decir. Sería la pesadilla de todo el departamento de policía hasta que la detuvieran, o perdiera la vida, tanto le daba cual de las dos cosas llegase antes.

-FIN-

Nota: ésta es la última entrega de “El Cuenta-Cuentos”. Debido a la poca aceptación que este “juego” ha tenido, he decidido dejar de publicarlo. Pero no dejaré de crear historias. A partir de la semana que viene, podréis leerme en la sección “La Máquina Estilográfica”, donde escribiré un relato mensual dividido en cuatro partes (cuatro semanas) pero sin la opción de dejarme palabras.

Gracias a los que habéis participado en la mayoría de mis publicaciones en esta sección, especialmente a Sara.

EL CUENTA-CUENTOS: KILL. (PARTE 3)

Para leer la primera parte de Kill, pulsad aquí.

Y para leer la segunda parte, aquí.

(3ª Parte)

Palabras a añadir:

(No hay palabras a añadir)

Continuación…

El capítulo de anime fue interrumpido para un avance especial del telenoticias. Habían encontrado a dos cadáveres en un piso. Se trataba de un hombre anciano y uno más joven, vestido de traje negro, con zapatos elegantes y guantes de cuero. Habían encontrado un arma en el suelo, ambas personas habían muerto por un disparo, un único y certero disparo cada uno de ellos.

“Sin duda capturaremos al asesino. Es un individuo torpe, cuyas acciones son toscas y descuidadas”

La detective Gala hacía estas declaraciones a la prensa.

Sé lo que intentas – dijo la chica hablándole a la caja tonta – intentas desquiciarme, que cometa alguna imprudencia para poder cogerme.

“Hemos identificado a una de las víctimas como Tomas Harris. Harris era un antiguo asesino retirado al cual habíamos perdido la pista hacía años.”

Debes sentirte orgullosa, has identificado a uno de los asesinos más famosos. ¡Vamos! No era algo tan difícil.

“Todavía no conocemos la identidad del segundo hombre”

La chica estuvo de acuerdo por primera vez con la detective, ella tampoco sabía porqué le habían encargado matar a ese asesino a sueldo de novela negra. A ella se le habrían ocurrido cosas más divertidas de hacer con un hombre tan atractivo.
El cristal de la ventana fue arañado por un gato callejero que descansaba en la escalera de incendios. La muchacha se levantó, dirigiéndose hacia el animal, contoneando sus caderas al andar descalza.

¡Hola colega! Hoy has tardado más de la cuenta, ¿eh?

Levantó la hoja de la ventana y dejó entrar al felino en el apartamento. Éste corrió hacia el sofá donde se encontraba el plato de pizza vacío y empezó a lamerlo. Ella cogió al animal que protestó, se sentó en el sofá y se puso al minino en el regazo.

¿Has visto las noticias, colega?

El gato maulló como si hubiera entendido la pregunta.

“No cabe duda de qué cazaremos a ese mal nacido, y le haremos pagar por sus crímenes.”

El capítulo de dibujos volvió cuando la detective terminó sus declaraciones, la chica lanzó una carcajada al aire. Dejó al gato en el suelo, e hizo que le acompañara a la cocina para darle un poco de leche. Ella también bebió, dio un buen trago directamente de la botella, y luego se limpió la boca con el reverso de su mano que se humedeció con el líquido lácteo.

Pobrecita, ¿verdad colega? – el gato maulló – casi me da pena, ¿cuanto tardará en darse cuenta de que he sido yo? No puedo evitar sentir vergüenza ajena. De las dos, siempre ha sido la hermana tonta…

Entonces fue a la habitación, quitó el fino short del pijama y se enfundó uno de sus apreciados tejanos ajustados. Cogió su pistola, y tras lanzarle un beso al gato, salió del apartamento.

Continuará…

EL CUENTA-CUENTOS: KILL. (PARTE 2)

Para leer la primera parte de “Kill” pulsad aquí.

(2ª Parte)

Palabras a añadir:

(No hay palabras a añadir)

Continuación…

Las fotos de dos víctimas habían sido colocadas con imanes en una pizarra contemplada por dos agentes. Al lado de cada foto, descansaban signos de interrogación. La policía no sabía aún la identidad de las dos personas. La comisaría por completo, se había quedado asombrada ante aquel crimen perfecto. No habían huellas, ni dactilares ni de pisadas. Sólo la pólvora de los disparos pudo ser encontrada. Aquello era insuficiente para cazar al asesino.

¿Aún no han llegado los resultados del ADN?

Preguntó la detective Gala tras marcar el número de teléfono que le conectaba con el laboratorio. Gala era una mujer de treinta años cuyo pasado oscuro, como en cualquier mala película policíaca, hizo que se quisiera unir al cuerpo. No era una mujer especialmente bella, su atractivo podía compararse con su inexistente amabilidad. Sus ojos azul pálido y su piel demasiado clara contrastaban con un mal corte de pelo cuyo color había sido cambiado a un negro azabache. Sin duda, el mayor don de Gala, era su talento para resolver casos.

¡¿Acaso crees que esto es una jodida serie de televisión?! – respondió el técnico del laboratorio con voz grave –, ¡no puedo obrar milagros!

No era una serie de televisión con un guión casposo que dejaba claro desde el minuto cinco quien había sido el o la culpable. No era una odiosa ficción en la que perseguían a un criminal torpe que cometía errores. Aquella persona a la que estaban siguiendo era inteligente de verdad, era cuidadosa y se alejaba mucho de la torpeza.

¡Carmona! – gritó Gala a un agente que pasaba por allí – Traeme un café.
¿Me has tomado por tu camarero? Mueve tus malditas patazas y cógelo tú misma.

El ambiente en la comisaría desde que Gala había tomado aquella actitud, era crispado. Gala no siempre había sido así, no lo era antes de que el médico le diagnosticara un problema en la válvula mitral que impedía que la sangre llegase con fluidez al corazón. No podían operarla, y tampoco supieron decirle, con exactitud, cuanto tiempo le quedaba de vida. Por descontado, nadie más que el capitán sabía aquel hecho.

Que te jodan Carmona, ya vendrás a pedirme algún favor.

Carmona se fue maldiciendo a aquella odiosa mujer. No entendía como un día, pudo sentirse atraído por su carácter afable, y ahora él mismo había llegado a urdir un plan para deshacerse de ella sin dejar huellas. Se preguntaba, para su propia repugnancia, si aquel asesino al que estaban siguiendo, podría ayudarle en aquel plan.

 
El volumen de la televisión quedaba oculto bajo el sonido del agua cayendo encima del plato de ducha. Tras la mampara de cristal se podía ver la silueta de una preciosa mujer distorsionada por el efecto del material con el que estaba hecha la pared de la ducha.

En el televisor se veía el capítulo de unos dibujos animados de procedencia japonesa. Y el piso, no demasiado grande pero decorado con un gusto impecable, olía a una mezcla de leche corporal y pizza caliente. La mampara crujió al abrirse y la chica de cuerpo esculpido por el mismísimo Bernini, salió dejando bajo ella un charco de agua. La toalla secó suavemente el cuello de la muchacha, y bajó hasta que la chica tuvo que encogerse para recorrer sus piernas. Se puso sólo la parte de abajo de la ropa interior, luego un short negro de pijama y una camiseta de manga corta de uno de esos grupos heavys que tanto le gustaban. Alguna que otra vez se había sorprendido al comprobar que en su armario, no había otro tipo de camisetas. Las había de manga larga, corta, de tirantes, pero todas eran de algún grupo de rock o heavys.
Andó hasta el salón notando bajo sus pies el frío suelo de cerámica, y antes de dirigirse a la cocina se detuvo a mirar a la televisión. Contempló embobada la pelea que protagonizaban dos personajes de aquel anime y tras resoplar con admiración ante la calidad de aquellos dibujos, entró en la cocina. Abrió el horno y, doblando un trapo de cocina con textura de toalla, cogió la bandeja y la sacó para poder poner la pizza en un plato.
La cortó en ocho porciones y se sentó en el sillón dejándose caer de forma pesada. Si su madre la viera, seguramente la diría que comerse una pizza entera para cenar, era demasiado, y seguiría con el discurso durante quince o treinta minutos. Por suerte para ella, hacía tiempo que se había encargado de que su madre no volviera a sermonearla.
Cuando la preciosa e inquietante joven pensaba en todas sus víctimas se veía invadida por un escalofrío de placer. Solía pensar, sobretodo, en sus últimos golpes. Y aquella noche había hecho un trabajo perfecto matando a aquel sicario y a su propio jefe. Éste último, tenía la mala costumbre de comportarse como un padre, y ella no tenía padre, también se había encargado de poder decir esto. Sonrió ante aquel pensamiento feliz, y acto seguido se introdujo un trozo de pizza candente en la boca. Se quemó el labio con el hilo de queso fundido que colgaba de la porción, y sintió un ligero placer ante aquel dolor. Masticó la pizza y la disfrutó mientras veía el final de aquel episodio animado. El sabor de los champiñones le repugnaba, y muchos habrían preferido comprar cualquier otra pizza, pero ella, por alguna razón que nadie entendería, prefería hacerse sufrir, siempre se hacía sufrir, era algo que le hacía sentir excitada.

Continuará…

EL CUENTA-CUENTOS: KILL. (PARTE 1)

(1ª parte)

Palabras a añadir:

Sara: tabique, corteza, grava.

Inicio…

Abrir la puerta con la ganzúa y adentrarse en el piso no le había llevado más de un minuto. Ante él se abría un largo pasillo oscuro que desembocaba en una pequeña estancia iluminada por la luz de un televisor, cuyo volumen estaba lo suficiente alto como para que la víctima no escuchara el martillear de la pistola con silenciador.
Los mocasines italianos pisaban con sigilo el suelo de madera. Avanzaba con cuidado mirando atentamente al parqué ensombrecido, para evitar pisar algo que pudiera delatarle. Aún con la escasa luz, se distinguió la mueca de asco, al ver en el suelo una corteza. Algo que siempre había odiado era la suciedad, su obsesión por el orden afloró en aquel momento.
Siguió adelante, echando un último vistazo a la corteza. Cuando llegó a la estancia, se encontró tras un sillón de cuero situado delante del televisor.
El intruso diferenció el programa que estaban emitiendo. Admiraba a aquel periodista, cada noche le grababa para poder verlo al llegar a casa de su truculento trabajo. Por un segundo pensó que estaba deseando quitarse aquel traje negro de corbata a juego y los guantes de cuero que impedían que sus huellas dactilares quedaran impresas en cualquier sitio.
Alzó la pistola, apuntando directamente a la parte trasera del sillón. Empezó a encararlo, girando a su alrededor, hasta que su víctima, un hombre de sesenta años de edad yacía con la cabeza ligeramente caída sobre su hombro izquierdo. De la frente caía un hilo de sangre que iba a parar sobre el pantalón de pijama del anciano.
El hombre de la pistola, acercó sus dedos hasta la sangre, cuando la tocó, y notó la textura líquida, comprendió que aquel crimen, había ocurrido hacía pocos minutos. Dio un paso atrás alzando la pistola para protegerse de un posible ataque. Bajo la suela de uno de sus zapatos, notó que el suelo cambiaba de textura. Había pisado algo que parecía arena. Se agachó, dejando que su traje caro se arrugase. Dirigió una mano hacia lo que acababa de pisar, y, llevándolo al foco de la luz del televisor, pudo ver que se trataba de grava.
De pronto notó como su cabeza se veía envuelta en lo que parecía una bolsa de plástico. El arma se le escapó de las manos y empezó a forcejear, su atacante era hábil y rápido. Por suerte el hombre disponía de un entrenamiento excelente, y sus nervios se mantenían firmes a pesar de que el aire empezaba a faltarle. Los ojos se le desenfocaban, pero mantuvo la calma lo suficiente como para llevar los dedos a la bolsa que quedaba tirante en la cavidad de su boca. La cabeza empezó a darle vueltas, y notó como sus piernas le fallaban. Clavó los dedos en la bolsa y la desgarró dejando que el aire volviera a colarse por sus pulmones. Un alarido ahogado salió de su garganta, y golpeó con la parte trasera de la cabeza, el pecho de su asaltante.
Consiguió soltarse, y empezó a toser. Notaba a su contrincante de pie tras él. ¿Por qué no le atacaba? Estaba esperando a que el hombre trajeado recuperara el aliento. Su mente repasó el ataque, había sido extremadamente sigiloso, pero de repente recordó que al golpearle con la cabeza en el pecho, notó el tacto blando de dos senos. Levantó la cabeza, siguiendo la linea de sus piernas. Unas botas marrones llenas de gravilla y unos tejanos ajustados metidos por el calzado. Sus caderas bien esculpidas estaban envueltas en un cinturón ancho con tachuelas. Vestía una camiseta de manga corta negra de un grupo de rock. Y sus manos estaban enfundadas en guantes de cuero. No conseguía verle la cara, aún estaba mareado.
La mujer empezó a reír, aquello consiguió hervirle la sangre. Se abalanzó sobre ella, cuando se puso de pie notó que era más alto que la mujer. Le sacaba una cabeza de altura. Lanzó su puño sobre la cara borrosa de su adversaria, ella le esquivó sin problemas, dejando que el brazo del hombre silvase junto a su oído. Luego, en pocas milésimas de segundo, la mujer asestó un golpe seco en el tabique nasal del hombre, cuya cara se vio bañada en sangre.
Cayó de espaldas al suelo, ella se agachó a coger la pistola. La sopesó, y encaró el cañón hacia el hombre con la nariz rota. Éste alzó la mano, pidiendo que no disparase. Su voz sonó grave, y a la vez ahogada por la falta de aire.

¿Quién eres tú?

La chica se acercó a la luz de la televisión. Era de rasgos asiáticos, tan hermosa que en otro momento le habría dejado sin aliento. Su pelo marrón ondulado le caía en una preciosa cascada sobre sus hombros. Y sus labios finos y rosados eran la imagen viva de la perdición.

Soy tu versión mejorada…

Tras decir esto, la pistola lanzó un proyectil que atravesó mano y frente. Adoraba su trabajo. Se acercó al anciano y cogió una corteza del bol que descansaba sobre su regazo. Miró al hombre sonriendo.

¿Estás muy metido en el papel?

El hombre levantó la cabeza, y miró a la mujer. Dejó el bol en el suelo, y se levantó del sillón. Su altura, al enderezarse, era mayor de lo que aparentaba sentado. Movió el cuello, y los huesos empezaron a crugirle.

Has tardado mucho, me estaba destrozando las cervicales.
Siempre te estás quejando Harris, está muerto, es lo que importa.
¡No se trata de eso! – dijo Harris mientras se agachaba a mirar de cerca la frente perforada del idividuo – ¡Tendrías que haberle matado en cuanto has tenido la ocasión!
Tienes razón, no hay que desperdiciar las ocasiones claras.

Harris levantó la mirada, y vió, con sus ojos abiertos como platos, los ojos rasgados de aquella asesina implacable, fue lo último que pudo ver. Su sangre se unió a la sangre de la primera víctima de la mujer que cogió una segunda corteza del bol que había en el suelo y la hizo crujir entre sus dientes.
Sonrió ante aquel trabajo, lanzó la pistola encima de los dos cadáveres, y tras coger su chaqueta del colgador que había junto a la pared, abandonó la casa por el angosto pasillo.

Continuará…

EL CUENTA-CUENTOS: CALÉ. (PARTE 4 – FINAL -)

Para leer la primera parte de “Calé” pulsad aquí.

Para la segunda, aquí.

Y para leer la tercera parte de “Calé” pulsad aquí.

(4ª y última parte)

Palabras a añadir:

(no hay palabras a añadir)

Continuación…

Antón no pudo evitar sentirse culpable al darse cuenta de que era más feliz desde que se alejó de su familia. Pedro era su pareja desde hacía ya dos meses, desde aquella comida en “Sopa de Letras”.
Solía preguntarse si el corazón, desacostumbrado a ser feliz, podría sentir algún tipo de dolor al albergar entonces tanto gozo. Se preguntaba si existían las agujetas emocionales, y a la vez, si era así, estaba deseando sentirlas. Todo su ser cantaba, todos sus sentidos bailaban presa voluntaria del hechizo enamorado.
Añoraba a su familia, pues tenía muy arraigado el sentimiento gitano de que la familia era lo más importante. Pero cuando hacía aquella reflexión, no podía evitar sentir náuseas al darse cuenta de que su propia familia le había desterrado simplemente por ser gay. ¿No era aquella una cruel contradicción?
Aquella mañana había quedado con Arantxa para tomar un café. Antón estaba esperando en una cafetería en la que ya le conocían. El camarero, al cual se le notaba que era homosexual, solía piropearle. Algo que al principio incomodaba al joven calé, que no estaba acostumbrado, pero que poco a poco, servía como inyección de autoestima.

¡Antón!

El chico se giró y se sorprendió al ver a su espalda un ex-compañero de clase. En su pecho se alojó un nudo de incomodidad.

Hola…
¡Chacho! – dijo con su fuerte acento gitano – ¿Qué haces aquí?

Antón no tenía ganas de hablar con él, y deseaba que no se sentara, así que se levantó de la silla para que no interpretase que era libre de ocupar una silla que no le pertenecía. Aquel fue uno de tantos que se metió con él por “ser diferente” y odiaba esa manía que caracterizaba a la gente en general, de olvidar las malas pasadas, y hacer como si una amistad inquebrantable les uniese.

Vivo aquí…
¡A ver si quedamos, compadre, y nos vamos de fiesta! ¿Aún eres parguela?

La sangre de Antón empezó a hervir, estuvo a punto de responderle de alguna forma que no era típica de él, cuando de repente, a la espalda del intruso, vio como Arantxa venía con Pedro. El gitano insolente seguía esperando una respuesta. Y cuando los seres queridos de Antón estuvieron a su altura, éste se acercó a Pedro y le besó con una mezcla de ternura y deseo que hizo que el estómago de aquel descerebrado se revolviese. Pedro no tenía ni idea de a qué venía aquello, pero no se preocupó de interrumpir aquel beso para preguntárselo. Los labios de su pareja solían besar como si el sol no fuera a salir de nuevo, como si de aquel beso dependiera la salvación del mundo.
Cuando el beso se terminó, muy a pesar de la pareja, Antón miró a su ex-compañero, y con una sonrisa sonrojada, se limitó a decir:

Más que nunca…

El individuo se marchó, jurando y renegando. Pero aquello ya no ofendía a Antón, su homosexualidad había vencido en la guerra contra la discriminación. Era feliz por primera vez en su vida, y si alguien quería llamarle “parguela” por ser quien era, sin duda, aquella palabra dejaba de ser un insulto, para pasar a ser un sinónimo de la única etiqueta que le pertenecía: un hombre libre.

-Fin-

Nota: las palabras que dejéis en esta última parte, serán utilizadas para el inicio de la nueva historia la semana que viene. Para evitar condicionaros, me reservaré el género del nuevo “Cuenta-Cuentos”.

EL CUENTA-CUENTOS: CALÉ. (PARTE 3)

Para leer la primera parte de Calé, pulsad aquí.

Y para la segunda parte aquí.

(3ª parte)

Palabras a añadir:

(no hay palabras a añadir)

El verano bañaba la belleza colosal de Andalucía, sus calles adoquinadas brillaban con el fulgor agradable del astro rey. Antón paseaba, como tantas mañanas, mientras leía una novela que Arantxa le había dejado. Había desarrollado aquella costumbre, le gustaba leer mientras andaba, sobretodo si su cara era acariciada por el aroma del mar.
Mientras se encontraba adentrado en el mundo ficticio del libro que sostenía abierto a la altura de su ombligo, disfrutando de los dilemas de Dorian Gray, y su amor enfermizo hacia sí mismo, alguien se chocó contra él, haciendo que la novela cayera al suelo. Antón gruñó al perder la página por la que iba, se agachó rápidamente a coger el libro, y cuando se levantó para mirar a la persona que se estaba disculpando, su rostro cambió a un semblante alegre, ante él, con cara de sorpresa por el encuentro, estaba Pedro, con su cara agradable, y sus ojos profundos.

¡Perdona!
No – Antón titubeaba e intentaba que su voz se escuchara más que su corazón –… tranquilo. ¿Qué haces aquí?
¿Aquí? Estás al lado de mi casa – respondió Pedro riendo mientras Antón miraba sorprendido a su al rededor –. La pregunta es ¿qué haces tú aquí?

Antón le confesó que no se había dado cuenta de que había andado hasta allí. Y le pareció curioso, como un capricho del destino, que desde su ensimismamiento, hubiera terminado allí, y hubiera topado precisamente con él.

¿Has comido, Anton?
No, pero ¿no ibas a algún sitio?
Bueno, iba a comprar unas cosas, si quieres me puedes acompañar y luego comemos.

La alegría se acomodó en el pecho de Antón, la idea de acompañar a Pedro a comprar y luego poder comer con él, mirándole a los ojos le llenaba de gozo.
El hambre se apoderó de ambos, y decidieron dejar las compras para después de comer. Pedro conocía la pasión recién adquirida de Antón por la literatura. Así que optó por llevarle a un restaurante llamado “Sopa de Letras”. El joven gitano quedó completamente maravillado, era un local amplio, cuyas paredes estaban cubiertas por portadas enmarcadas de libros de todo tipo. A su izquierda pudo ver la portada de un “Quijote”, era quizá la portada más maravillosa que él hubiera visto jamás. Se apuntó en una nota mental, que debería leer aquel mítico libro. También vio la de “Matar a un Ruiseñor”, y no pudo evitar fijarse en la portada de un libro que se llamaba “Mein Kampf”. Le preguntó a Pedro qué libro era aquel.

Es un libro que escribió Adolf Hitler, el título significa “Mi Lucha” en alemán.
¿Y por qué tienen expuesta la portada de un libro tan horrible? – Antón estaba horrorizado –, ¡Es asqueroso!

Pedro sonrió y posó la mano sobre el hombro del chico alterado.

Verás, a pesar de lo horrible de aquel hombre, hay que reconocer una cosa – hizo una pausa para meditar si lo que estaba apunto de decir podía sonar mal –… fue importante para la historia. No me mal interpretes, detesto lo que hizo, pero todo lo que ocurre, bueno o malo, compone nuestro presente.

Antón pensó en aquellas palabras, sin duda Pedro era una persona realmente culta, y sintió como su corazón se deshacía al oírle hablar.

¿Y tú lo has leído?
¿Yo? No, la verdad es que no. Lo he pensado varias veces, pero no sé si tengo estómago para leerme un libro escrito por Hitler, sobre el nacionalsocialismo.

Un camarero se acercó a ellos para preguntarles cuantas personas serían para comer. Pedro levantó la mano indicando que serían dos y el trabajador les hizo un ademán para que le acompañaran. Antón no dejaba de mirar a su alrededor, en las paredes habían pintadas frases que sin duda pertenecían a grandes obras. Pudo leer el “ser o no ser” y también en una columna, leyó el poema de Antonio Machado “La Saeta”.

¿Quién me presta una escalera,
para subir al madero,
para quitale los clavos
a Jesús el Nazareno?

¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
si no al que anduvo en la mar!

Antón sintió como un nudo se alojaba en su garganta, aquel poema le trajo recuerdos angustiosos de sus familiares. Se sentó, frente a Pedro, con la mirada fija en la copa que descansaba sobre la mesa.

¿Estás bien?

Antón no respondió hasta que escuchó la pregunta pos segunda vez. Levantó la vista para mirar a su acompañante y la sonrisa de Pedro le arrancó todas las angustias, jamás había conocido a nadie que tuviera aquel maravilloso poder.

Continuará…