LO PROMETIDO ES DEUDA

¡Hola flosers! Como bien os dije hace un mes, ha llegado el momento de dejar este blog. Pero sólo para cambiar de registro y seguir evolucionando.

Quiero daros las gracias por estos fantásticos siete años juntos. Y espero que me acompañéis en mi nueva aventura.

A partir de ahora me podréis encontrar en:

¡Os espero!

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LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “吸血鬼 (Vampiro)” (4, Final)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para leer las anteriores partes:

– Primera parte. –

– Segunda parte. –

– Tercera parte . –

Continuación…

¡Maldita sea!

Iwahara, sentado frente al escritorio de madera de nogal que había en el estudio de su piso, lanzó contra la pared el vaso de cristal del que estaba bebiendo en cuanto colgó el teléfono. Acababan de comunicarle la muerte de la detective Watsuki. El prometido de la mujer había llamado a la policía al haberla encontrado en la bañera con el agua ensangrentada; Watsuki tenía el lateral del cuello cercenado.

¡Ese hijo de puta se ha atrevido a matarla en su propia casa!

Las lágrimas bañaron las mejillas del detective que, desde hacía tiempo, sentía mucho más que amistad por la detective Shinju Watsuki. Se levantó, se dirigió al mueble bar que había al lado de la ventana que ocupaba toda la pared y se sirvió un poco de coñac; sus manos temblorosas hacían que el cuello de la botella tintineara en contacto con el la copa. Un poco de líquido cayó fuera del recipiente y le manchó los pantalones. Como si aquello fuera la gota que colmaba el vaso, lanzó la copa contra el suelo y luego, la botella, corrió la misma suerte.

¡Lo mataré! ¡Juro que lo mataré!

Aquella era una promesa que nacía de su total convencimiento. No importaba cuanto le costase, sin duda, acabaría por matar a aquel asesino. ¿Podría hacerlo? La rabia era una mala consejera en una batalla, eso lo sabía, pero sus sentimientos le nublaban el juicio.

Así que juras matarme, ¿no es así?

La voz sonaba en un eco que invadía la habitación. Iwahara miró a su alrededor, asustado. No había nadie más que él. ¿Se estaba volviendo loco? Por un momento se preguntó si había bebido demasiado.

Detrás de ti…

Cuando el detective se giró, quedó de cara al gran ventanal. Estaba solo. Sintió como el corazón se le aceleraba y; de pronto, vio una silueta flotando fuera de la estancia. Allá, en la intemperie de la noche japonesa, una silueta humana levitaba. Lo siguiente, hizo que las piernas del detective fallasen e Iwahara cayó de espaldas al suelo; la silueta se acercó a la ventana, hasta que finalmente pudo atravesarla. Aquella imagen hizo que un terror con sabor a bilis se instalara en la garganta del detective. Durante un segundo, aquel hombre de mirada muerta, quedó separado en dos mitades por el cristal, por un lado la que seguía en el exterior y por el otro, la que ya miraba a los ojos del detective desde la calidez del estudio.
El hombre tenía los brazos estirados de tal forma, que su cuerpo formaba una flecha que apuntaba al cielo. Cuando el extraño atravesó por completo el cristal, se quedó levitando a escasos centímetros del suelo. Iwahara seguía en el suelo, mirando a aquel extraño hombre de orejas puntiagudas y traje negro y sucio. El detective pudo ver como la boca del individuo estaba rodeada por una mancha rosácea. Sin duda era sangre, esa conclusión fue tan sencilla para Iwahara, como espeluznante. El ser habló y su voz pareció adquirir un aspecto más sólido:

Siento mucho haber irrumpido así. A veces me gusta demasiado la teatralidad…
Quién… ¿quién coño eres?
¿Que quién soy? Si te refieres a cuál es mi nombre, debo confesarte que no lo recuerdo; no obstante, considero que carece de importancia ya que no vivirás lo suficiente como para recordarlo.
¿Que no viviré?
Si te soy sincero, no tengo hambre, tu querida amiga me ha dejado satisfecho. Era realmente deliciosa… pero entiéndeme, no puedo permitir que dos simples mortales, metan sus sucias narices donde no les llaman. Tampoco me apetece tu sangre, la puedo oler, y no es nada apetecible, así que simplemente… te mataré.

Los ojos de Iwahara se abrieron como platos al escuchar aquella confesión. Él había matado a Watsuki. La rabia le dio la fuerza que el terror le había arrebatado. Se puso de pie y corrió hacia el escritorio, ante la mirada divertida del extraño que le observaba con una curiosidad casi más terrorífica que el hecho de que pudiera atravesar las paredes. La sangre que le manchaba la cara le daba un aspecto salvaje, sus ojos un aspecto psicópata.
Iwahara abrió un cajón y de él sacó su pistola. Martilleó el arma y disparó al hombre. Los cuatro disparos resonaron en la habitación cerrada y, para el asombro del detective, atravesaron al hombre como si de bruma se tratase y, por consiguiente, fueron a dar contra el cristal de la ventana que estalló en mil pedazos. Todo ocurrió a cámara lenta y, por un momento, el hombre armado vio como los cristales saltaban por el aire, reflectando la luz de la lámpara. El rostro de Iwahara se desencajó por el miedo que le invadía. Su corazón amenazaba con salírsele del pecho. El aire gélido entraba por el ventanal roto.

Tú no podrás matarme porque… ¡ya estoy muerto!

El detective corrió hacia la puerta y la abrió para después salir de la habitación. Corrió hacia el salón y se tropezó con el sofá de tres plazas. Bien parecía que Iwahara no conocía su propio piso. El hombre apareció tras un torbellino de humo azulado. No apareció delante del detective, simplemente, apareció en la sala para observar la carrera aterrorizada del hombrecillo. Iwahara se dirigió hacia la puerta de salida, temiendo que el asesino de Watsuki se interpusiera y le matara. Pero aquella idea estaba lejos del tenebroso hombre que dejó que Iwahara se cansara. Cuando el detective hubo salido del piso, el vampiro hizo que su cuerpo perdiera la solidez y, convertido en humo, atravesó el suelo.
Iwahara tardó un par de minutos en bajar los dos pisos que le separaban de la calle. Una vez en el exterior no fue consciente del frío casi invernal que hacía. Sólo deseaba correr y alejarse de allí. Miró a un lado y a otro, intentando decidir hacia donde dirigirse. Si iba hacia la izquierda llegaría a un parque solitario y; sin duda, acabaría muerto en un abrir y cerrar de ojos. Si iba hacia la derecha, se encontraría de bruces con el cuartel de policía, estaba claro hacia donde se dirigiría.
Echó a correr, mirando de vez en cuando a su espalda para asegurarse de que aquel desconocido infernal no le perseguía. Le sorprendía que se hubiera dado por vencido después de la amenaza que le había proferido. Diez minutos de carrera después, podía ver el cuartel de policía. Sus esperanzas, así como su energía, se renovaron y apretó la carrera ante la mirada de algunos peatones que se sorprendían al ver a alguien corriendo a aquellas horas de la noche. Iwahara les ignoraba sabiendo que estaba a salvo. De pronto se vio golpeado por una corriente de aire tan brutal que le lanzó por los aires e hizo que se viera adentrado en un callejón oscuro.
Allí, lejos de las miradas de los peatones que habían visto como el hombre volaba violentamente. El detective Kujo Iwahara se incorporó con gran esfuerzo y quedó sentado en el suelo. Ante él, y a pesar de la oscuridad reinante en el callejón. Pudo ver un círculo de bruma flotando en el aire y, de pronto, como si de un enjambre de abejas se tratase, aquel humo liláceo, se puso en movimiento y cayó en picado hacia el detective. No pudo evitarlo, no tuvo tiempo de nada más que de abrir la boca para lanzar un grito que jamás sonó. La bruma se le metió por la garganta y el hombre sintió como su cuerpo ardía. Se pudo de pie, y su cuerpo, por entero, crujía como si los huesos se le estuvieran rompiendo. Las venas de su cara se le marcaban peligrosamente, las del cuello parecían estar a punto de estallar y su rostro estaba completamente rojo. La saliva le caía por la comisura de los labios. Iwahara, poseído por el vampiro, echó a correr hacia fuera del callejón. Los peatones que habían quedado reunidos en la boca de éste, se tuvieron que apartar para dejar que el hombre poseído siguiera corriendo hasta que, cuando la acera finalizó, saltó en el justo momento para que un autobús que circulaba a su velocidad normal le arroyara.
Las ruedas gimieron cuando el conductor, con la luna delantera cubierta de sangre, pisó con todas sus fuerzas el freno como si, de alguna forma, la fuerza de la pisada tuviera algo que ver con la velocidad de la frenada. Ya era tarde, el detective Iwahara había muerto en el acto.
Los espectadores se agolparon a pie de acera para ver lo que estaba ocurriendo. La bruma lilácea ya había salido del cuerpo del muerto y se había solidificado en medio de la acera, detrás de la multitud cotilla. El vampiro se relamió al ver la cantidad de personas que, con su delicioso perfume a sangre fresca, se presentaban ante él como el delicioso y truculento manjar de aquel al que, durante décadas, habían llamado monstruo. El ejercicio de matar al detective le había abierto el apetito y, haciendo que sus cuatro colmillos se estiraran amenazadoramente, se dispuso a empezar con el festín.

LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “吸血鬼 (Vampiro)” (3)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para ver las anteriores partes:

– Primera Parte. –

– Segunda Parte. –

Continuación…

La noche había caído, Watsuki intentaba desconectar del trabajo en su casa, pero las imágenes de los cadáveres no abandonaban su mente. Se habían tatuado a fuego en sus retinas. Ni siquiera era capaz de disfrutar de la compañía de su prometido, ni de la cena romántica que éste le había preparado. Sólo era capaz de pensar en la grotesca apariencia de los cuerpos y las atroces heridas de sus cuellos y la afirmación que el teniente Iwahara hizo de que estaba seguro de que algo había salido del suelo, hacían que su inquietud creciera.

¿Ya estás pensando en el trabajo?

La voz del joven prometido no era sino cariñosa.

Sí, lo siento, me han asignado un caso que me pone los pelos de punta.
¿De qué se trata?
Sabes que no puedo hablar de una investigación en curso, cariño.
Tenía que intentarlo. ¿Por qué no te das un baño relajante mientras yo recojo todo esto?
Eres un encanto, ¿lo sabías?
Te encargas de recordármelo cada día, ¡ja, ja, ja!

Watsuki se quedó embobada mirándolo, le parecía un hombre arrebatador, y cuando sonreía, a pesar de no tener una dentadura perfecta, hacía que la mujer sintiera como la calidez le invadía. Sin duda había hecho bien en darle el “sí, quiero”, nunca lo dudó, pero cada día confirmaba más y más el amor que por él sentía. Se levantó de la mesa y se dirigió al baño. Antes de entrar, se giró, miró a su pareja por encima del hombro y, con una sonrisa llena de intención le dijo:

Si sigues portándote así de bien, quizá piense en recompensártelo de algún modo.
Entonces tendré que seguir sacrificándome, ¿no?

Ella no contestó, simplemente dejó que su sonrisa se abriera más y se metió en el cuarto de baño. Los dos se amaban y eran felices juntos. Los padres de Watsuki murieron en un accidente cuando ella acababa de ser ascendida en el cuerpo de policía. Aquel ascenso fue agridulce, pero cuando Sora se arrodilló ante ella y le enseñó el anillo de compromiso, sintió como, de alguna forma, la dulzura ganaba a la agriedad.
Cuando la bañera estuvo llena, Watsuki se desnudó y se metió en el agua. Se sentó y dejó que el agua caliente le cubriera los pechos. Echó su cabeza hacia atrás, y la apoyó en el hierro blanco de la bañera. Lanzó un profundo suspiro, sin duda, aquello era lo que necesitaba. Cerró los ojos y respiró hondo, inhalando en cada respiración el agradable perfume del jabón.
Empezó a pensar en el caso. Los cuerpos de los jóvenes, la tumba abierta desde dentro. Sus ojos, incluso con los párpados cerrados, se movían compulsivamente debido a la velocidad de sus pensamientos. Las imágenes se sucedían en su mente a una velocidad abrumadora. Los rostros cadavéricos y deshidratados de dos jóvenes, a pesar de que sólo había visto el de ella. Sin duda, la imaginación estaba haciendo el resto. Los cuellos destrozados de ambos, y un profundo y oscuro agujero en el suelo. Tuvo que abrir los ojos para dejar de ver todo aquello y, cuando lo hizo, sintió como un terror que jamás había sentido, se agolpaba en su pecho. Allí, delante de ella, se encontraba un hombre de cuclillas sobre el borde de la bañera. La miraba con unos ojos que evocaban muerte. Su pelo, perfectamente repeinado hacia atrás, dejaba libre un mechón largo y fino que le caía como una espada por su rostro. Las orejas ligeramente puntiagudas le daban un aspecto no-humano. La nariz afilada cortaba, por la posición de su cabeza, una sonrisa fría y asesina. Vestía un traje completamente negro con manchas de tierra.
Watsuki intentó gritar, pero su voz no salía, no era el terror, físicamente le era imposible emitir ningún sonido.

No grites — dijo el intruso sin mover sus labios. La voz se proyectaba directamente en la mente de la mujer. — ¿por qué los mortales tenéis esa necesidad de gritar?

Los ojos de Watsuki se abrieron como platos. ¿Había sido él? ¿Él le estaba impidiendo hablar? El hombre empezó a reírse con un tono bajo que sólo conseguía helar la sangre de la detective. Una risa burlona que le daba un aspecto desquiciado a aquel ser. El ser se había metido en sus pensamientos.

Te preguntarás quién soy y qué hago aquí. La primera pregunta deberías reformularla en tu estúpida cabecita. Sería más correcto preguntar qué soy; y la respuesta a esa pregunta, contesta también a la segunda: soy tu verdugo.

Watsuki sintió como el terror le invadía. ¿Su verdugo? ¿A qué venía aquello? ¿Por qué a ella? Aquel ser no era humano, a pesar de que su apariencia, en gran medida, podía parecerlo. Fue entonces cuando la detective lo dedujo, aquel monstruo era el causante de la muerte de los dos jóvenes y, aunque fuera estúpido pensarlo, era él el que había salido de la tumba.

¿Sabes una cosa? No habría dado contigo de no ser por tu olor. Si no hubieras estado en el cementerio, no habría olido tu deliciosa sangre pero ese olor — el ser se relamió —… ese olor ha invadido todo el lugar y me ha traído hasta aquí. Debo estar de suerte, a pesar de que el niñato no sabía todo lo bien que habría deseado, ella sí, su sangre era deliciosa y me temo que la tuya, será un manjar.

Cuando dijo esto, abrió la boca en una sonrisa animal, y Watsuki pudo ver como sus cuatro colmillos se alargaban de una forma inexplicable. Sin duda, aquel hombre había matado a los dos jóvenes, ¿era un vampiro? Ya nada importaba, aquel sería su fin. Miró a la puerta, pensando en Sora. No era posible que escuchara nada, aquel ser estaba hablándole telepáticamente. Watsuki vio como en el rostro de aquel monstruo se dibujaba una mueca de diversión al leer los pensamientos de la detective, y aquella aterradora sonrisa, desapareció en un ataque tan veloz que la mujer no tuvo tiempo ni de asustarse. No sufrió, simplemente, su mundo se convirtió en penumbras.

LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “吸血鬼 (Vampiro)” -2-

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para leer las anteriores partes:

– Primera Parte. –

Continuación…

La tarde era calurosa, el sol ondulaba el aire con su asfixiante fuego y el canto angustioso de las cigarras invadía el lugar.
La policía había recibido el aviso de que los cadáveres de dos estudiantes habían sido encontrados en el cementerio. El detective Kujo Iwahara se encargaba del caso. Había acordonado la zona después de ver los cuerpos. Una compañera pasó por debajo del cordón policial. No vio los cadáveres ya que habían sido tapados por el forense.

¿Qué tenemos Iwahara?
¿No los has visto, Watsuki?

La detective Shinju Watsuki movió la cabeza negativamente. Iwahara suspiró e invitó a su compañera a acercarse. Se puso en cuclillas y sujetó una de las sábanas con la punta de los dedos. Ella, al ver la expresión del detective entendió que lo que estaba a punto de ver, no tenía nada que ver con lo que había visto hasta el momento.
Cuando Iwahara levantó la tela, a pesar de la amplia experiencia de la detective en el departamento de homicidios, no pudo evitar soltar un grito de terror. El cuerpo sin vida era el de una mujer, sin duda. Presentaba un estado avanzado de descomposición. La piel había envejecido y deshidratado adaptándose de forma horripilante al cráneo. Los pómulos afilados, la nariz inexistente, los ojos vaciados, hacían que aquel rostro helara la sangre de la detective.

No lo entiendo… pensaba que se trataba de un homicidio.
Sí…
Pe… pero esa persona lleva tiempo muerta.
No lo creo.
¡¿Cómo?! ¿No ves el estado en el que se encuentra?
Lo sé, lo sé, pero la documentación de ambos indica que se trata de Nozomi Ohba y Natsuki Akamatsu. Ambos estudiantes del instituto Edogawa, lo hemos investigado. Salieron anoche y no volvieron a sus casas.
¿Y cómo puede estar tan descompuesta?
No tengo ni idea, eso tendrá que decírnoslo el forense. De todas formas, hay algo más, acércate.

Iwahara hizo una seña para que Watsuki se aproximara por el lado contrario. Cuando lo hizo, sintió como el estómago se le revolvía. El cuello de la chica había sido mordido con una violencia tal, que la carne había sido arrancada.

¿Qué ha ocurrido?
El forense dice que le han arrancado la arteria carótida.
¡¡¿¿Qué??!! ¡¡¿¿Cómo es posible??!!
Pero no es eso lo que me escama. El chico también tiene la misma herida y, sin embargo, mira el suelo a tu alrededor. ¿No te resulta extraño que, con semejantes heridas, no haya ni rastro de sangre? ¿Qué ocurrió aquí? – volvió a tapar el cadáver y se levantó –. Por otro lado, está el agujero en el suelo.
Sí, lo he visto nada más llegar pero, he supuesto que se trataba de alguna gamberrada.
Pudiera ser, sí. Quizá los dos estudiantes vinieron aquí para abrir alguna tumba. Estos niños ricos no saben con qué entretenerse. No obstante, fíjate bien en la tierra, Watsuki.

La detective hizo lo que Iwahara le pidió. Examinó la tierra con atención, pues sabía que si su compañero le había pedido que lo hiciera, tenía una buena razón. No tardó en darse cuenta de lo que Iwahara había notado, sus ojos se abrieron como platos cuando sentenció:

¡El agujero se ha abierto desde dentro!
Así es…
No estarás insinuando que algo ha salido de la tumba, ¿no?
Claro que no estoy insinuando eso.
Menos mal, si lo hicieras pensaría que estás lo…
Estoy afirmando que algo ha salido de la tumba. Sólo me falta saber qué ha sido…

LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “吸血鬼 (Vampiro)” -1-

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Inicio…

La luz de la luna se filtraba a través de una bruma espesa dando a aquel cementerio un mortecino fulgor pálido. Las lápidas de mármol y piedra custodiaban el descanso eterno de aquellos que, en otros tiempos, perdieron la vida. Como única banda sonora, el canto incansable de decenas de grillos que habitaban los árboles del cementerio. Dicho canto reinante en la quietud del cementerio, fue bruscamentente interrumpido. Una chica de no más de dieciséis años, metro setenta, vestida con un uniforme escolar compuesto por camisa blanca con pajarita, falda gris, calcetines altos de color negro y unos brillantes zapatos de charol, iba agarrada de un joven de pelo rapado y mirada lasciva. El labio superior del muchacho estaba salpicado con un ridículo bigote que no terminaba de crecer. Ella temblaba de miedo, él caminaba como si creyera ser el amo del universo. No conocía el miedo, pero eso no tardaría en cambiar.

¡Vámonos Nozomi, no me gusta este sitio!

No seas miedosa Natsuki, ¿qué crees que va a pasar? Estos tíos ya están muertos.

Aún así, no me gusta estar aquí. Hazlo por mi, Nozomi, sé buen chico.

Me dijiste que compartirías mis aficiones, ¿no es así? Bien, pues una de mis aficiones es montármelo con monadas como tú en sitios como este.

Los ojos de Natsuki se abrieron asombrados, pensaba que Nozomi era distinto. Era su amigo, aquel al que siempre ayudaba cuando los matones del instituto golpeaban a la hora del recreo. Eso era cuando ambos eran pequeños, ahora habían crecido y, las hormonas del chico, habían olvidado todo lo que Natsuki había hecho por él. Por un momento, la chica pensó que debería haber dejado que Kaoru y Ren siguieran golpeándole, es lo menos que se merecía aquel ser repulsivo. “¿montárselo con monadas?” pensó la joven. Ella sabía que las otras chicas se burlaban de él. Era su amigo, al menos hasta ese preciso instante, el instante en que Nozomi había dejado claras cuales eran sus intenciones.

Nozomi, yo me marcho a casa. Mi padre estará preocupado – puso como excusa –, él no sabe que estoy aquí.

Lo sé, te has preocupado mucho de que nadie sepa que venías conmigo. ¿Crees que no entiendo lo que sucede? No seas tímida Natsuki, sé que me deseas. ¿Por qué te ibas a preocupar tanto por mi, si no fuera así?

¿Esás loco? Me estás asustando.

Natsuki hizo el intento de salir corriendo pero Nozomi se lo impidió cogiéndola con fuerza por la cadera. A pesar de haber sido apalizado por la mayoría de alumnos, aquel chico tenía más fuerza que Natsuki.
Ella le dio una bofetada y, con el anillo de su mano, hizo que el labio del chico sangrara. A pesar del corte, Nozomi no perdió los estribos, sólo se relamió la sangre y sonrió.

Vamos, vamos, ya no necesitas hacerte la dura. Los dos sabemos que deseas esto.

Nozomi inmovilizó a la chica y la tiró encima de la arena. Ella forcejeaba pero él la tenía sujeta de las muñecas. Natsuki sintió el aliento de Nozomi en su cuello y las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas. Nozomi soltó una de las muñecas de la chica y empezó a bajar la mando lentamente por el pecho de Natzuki. Él sintió como la excitación hacía que sus sienes latieran. Ella sintió ganas de vomitar. Poco a poco bajó él por sus caderas y ella, sacando fuerzas de donde pensaba que no le quedaban gritó a pleno pulmón pidiendo ayuda.

Estamos solos preciosa, tú y yo, aquí nadie podrá escucharte.

Cuando dijo esto, un ruido extraño empezó a invadir el lugar. Nozomi se detuvo mirando a su alrededor. ¿Qué era aquello? Provenía de una de las tumbas. Parecía un lamento, un gimoteo humano. El suelo empezó a temblar y crujir. Natsuki notó cómo Nozomi dejaba de hacer fuerza contra ella mientras miraba al lugar donde provenía el sonido. La tierra cerca de ellos empezó a removerse.

¿Qué narices es eso? ¿Un topo?

Nozomi se levantó de encima de Natsuki, se acercó a la tierra que se movía lentamente, como si algo intentara salir de debajo de la tierra. El chico se inclinó hacia delante para mirar de cerca aquel movimiento cadencioso. De pronto, una pálida mano de largas uñas salió a la superficie haciendo que Nozomi se cayera del susto golpeándose el trasero contra el suelo. El color de su tez desapareció y Nazuki lanzó un grito horrorizado.
La mano se posó en la tierra ejerciendo la fuerza necesaria para que el resto del cuerpo pudiera desenterrarse. Salió primero el brazo, enfundado en un traje negro lleno de tierra. La cabeza quedó al aire libre, el pelo era largo, negro, despeinado y sucio por el desentierro. Las orejas ligeramente puntiagudas y los ojos rasgados tenían unas diminutas y frías pupilas. Un fino mechón de pelo caía por el rostro de aquel hombre que acababa de salir de una tumba. Nozomi estaba paralizado, aquel rostro de cejas perfiladas y nariz aguileña, de finos labios y sonrisa pérfida, le resultaba aterrador.

Hacéis demasiado ruido.

La voz era áspera, ruda y hacía que la sangre de los jóvenes se helara. Terminó de salir del suelo, quedó de pie, con las piernas tambaleantes por el esfuerzo de salir de la tumba. Nozomi sintió como todo su cuerpo temblaba, su corazón latía desbocado y supo que, aunque lo intentara, no conseguiría ponerse en pie.
El individuo levantó la cabeza y husmeó el aire con un gesto animal que conseguía ser tan aterrador como el resto de sus movimientos.

Hacía tiempo que no notaba ese olor – el hombre miró a Natsuki y luego a Nozomi y se relamió –… el olor de la sangre.

Se abalanzó como un relámpago sobre el chico que no tuvo tiempo de reaccionar. Solo le dio tiempo a una cosa, ver los relucientes colmillos del misterioso hombre y luego, sintió como se clavaban en su cuello. Nozomi empezó a forcejear, pero no tardó en quedar inmóvil, el hombre de la tumba había clavado sus colmillos en la arteria carótida del chico y la sangre le llenó la boca en un éxtasis de sabor.
Natsuki se horrorizó ante aquel espectáculo. No podía moverse, el terror la invadía. El hombre se levantó y estiró corvando su espalda dejando su cara ensangrentada a la luz de la luna, un rugido animal desgarró la garganta del hombre acompañando el movimiento de su torso. Luego, sin perder esa posición, giró la cabeza mirando a Natsuki por encima del hombro.

No me gusta el sabor de los chicos…

Natsuki se llevó las manos a la boca reprimiendo un grito de espanto.

… en cambio, el de las chicas…

El hombre sonrió, y aquella sonrisa, aquella aterradora sonrisa cubierta de sangre, fue lo último que Natsuki vio.

LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “LA ESMERALDA OSCURA” (4 -FINAL-)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para leer las partes anteriores:

– Primera Parte. –

– Segunda Parte. –

– Tercera Parte. –

Continuación…

Sham no quería volver a casa aquella noche, no tenía ganas de estar encerrada. El firmamento estaba tan hermoso que sentía la magnitud del universo desde aquella roca en la que se había sentado. El mundo, había aprendido, era un lugar hermoso en el que vivir. Tocó el colgante y sintió el calor que manaba de éste. Cuando lo hacía se sentía a salvo, sus dedos, seguidos de su mano y su brazo se entumecían ante aquel contacto, sin embargo, le gustaba la sensación.

“Sham…”

La chica miró a su alrededor,buscando a quien había dicho su nombre. No encontró a nadie, estaba sola en la noche.

“Sham…”

– ¿Quién eres?

“Mi nombre es Lorna, princesa del pueblo de Layid.”

Sham se mantuvo en silencio. No podía explicar el porqué, pero sabía que lo que acababa de escuchar era cierto y, de alguna forma, no se sintió extrañada.

“Siento tu aceptación. Sin duda La Esmeralda Oscura ha caído en buenas manos.”

– La Esmeralda Oscura…

La muchacha bajó la cabeza y miró el colgante instintivamente. Todo había cambiado desde que la tomó por primera vez.

“Escucha Sham, sólo escucha. Estoy presa en una nave que se aproxima a la Tierra. Un ejército liderado por el dictador Yadax pretende hacerse con la esmeralda. No se lo vamos a permitir, pero necesitamos tu ayuda.”

– ¿Qué puedo hacer yo? Sólo soy una niña.

“Somos lo que creemos ser Sham. Alguien, un día, te dijo que no podías hacer algo y desde entonces, crees que no puedes hacer nada. No vivas la vida en las palabras de otros, escucha tu propia voz.”

Lorna la había comprendido como nadie lo había hecho nunca.

– ¿En qué puedo ayudar?

“La Esmeralda Oscura te ha otorgado un poder que te convierte en el único ser capaz de detener a Yadax. Siento la brusquedad de mis palabras, créeme que si hubiera tiempo no lo haría de esta forma.”

– Hace tiempo que noto que este colgante me ha cambiado, pero no sé dominarlo.

“Tranquila, cuando la nave aterrice, se formará un motín y me ayudarán a escapar. Entonces nos uniremos a ti y nos dirigirás en la batalla más importante del universo.”

– ¿¡Dirigiros yo!? ¡Una cosa es que “seamos lo que creamos ser” y otra es que yo pueda dirigir a un ejército! Lo siento, princesa, pero no es posible.

“¿No estás cansada de quedarte al margen? ¿No estás cansada de la duda de si serás capaz? Hay algo de lo que sí sé que estás cansada y es de que te traten como a una niña. Bien, ahora es el momento de conseguirlo, para mi no eres una niña, eres la portadora de la Esmeralda Oscura, compórtate como tal y lucha.”

Sham se sintió avergonzada. Lorna había establecido un vínculo con ella y podía leerla como a un libro abierto. Entonces tomó una decisión, la de liberarse de todos los temores. El universo, había descubierto ella hacía ya un tiempo, le deparaba algo grande y ¿qué había más grande que aquello?

– Está bien, ¿cuánto tiempo tengo para prepararme? ¿Cuando llegarán las naves?

“Mira al cielo…”

Sham alzó la vista y su rostro se desencajó. Allí, donde minutos antes había estado contemplando las estrellas, pudo ver un centenar de naves con forma de lágrima. El metal brillaba bañada por la luz de la luna y los propulsores se encendían en aquel descenso interminable. El corazón de Sham latía furiosamente, aquel era un espectáculo aterrador y, de alguna forma, sentía una morbosa admiración por lo que estaba viendo. Las naves habían llegado a la Tierra, la guerra estaba a punto de iniciarse, ¿Podrían los humanos vencer a los alienígenas? Sham no conocía la respuesta a esta pregunta, pero sí que sabía una cosa: si moría, lo haría luchando.

LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “LA ESMERALDA OSCURA” (3)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para leer las partes anteriores:

– Primera parte. –

– Segunda Parte. –

Continuación…

Cuando la princesa Lorna fue escoltada hasta su celda, sintió como uno de los padetanienses creaba un vínculo mental con ella. Lorna permitió el acceso de aquel ser bajito de cabeza palpitante ya que percibió bondad en aquella intrusión.

“Deje de resistirse princesa”

Ella quedó sorprendida ante aquella petición, no era una orden, Lorna notó la súplica de aquella telepatía.

“No nos hemos aliado a Yadax”

“Entonces, ¿por qué le estáis ayudando? ¿Por qué le revelasteis mis pensamientos?”

“Necesitábamos que Yadax, con su ejército, nos trajera hasta aquí… sólo él tiene la fuerza y los medios para hacer este viaje.”

“No entiendo…”

“Yadax es el más poderoso de los seis planetas. Golbaf, Riepal, Cibrion y Padetan hemos sido invadidos por su ejército, y vuestro pueblo, Layid, no tardará en sufrir el mismo destino, princesa Lorna.”

“Sigo sin entenderlo.”

“La Esmeralda Oscura, contiene un poder destructivo que, de caer en manos de Yadax, podría significar el fin del universo que conocemos. Su tiranía se extendería como una plaga. Sin embargo, si el poder de la piedra cae en las manos correctas, cosa que ya ha sucedido, nos daría una oportunidad de derrotar a ese dictador salido de los fuegos de Parsax.”

“¿Es esta una búsqueda de la persona que tiene La Esmeralda Oscura?”

“Al principio era una búsqueda de la esmeralda, pero cuando atravesamos el agujero de gusano, nuestros poderes padetanienses, detectaron una perturbación en la energía vital. Ese planeta al que mandasteis La Esmeralda Oscura, contiene unos seres de lo más pintorescos, princesa. Algunos serían capaces de destruir su propio planeta y otros, por suerte, estarían dispuestos a dar su vida por salvar al animal más insignificante de cuantos vivan.”

La princesa entró en la celda oscura y se sentó en el suelo metálico sin mirar al ser que la custodiaba y que mantenía una conversación telepática con ella. Todo lo que le estaba contando le parecía asombroso. Lo creía, no obstante, le asombraba que hubiera enviado La Esmeralda Oscura a un lugar como aquel.

“No debéis preocuparos, princesa. La Esmeralda está en buenas manos.”

Lorna abrió los ojos con sorpresa al sentir aquellas declaraciones.

“Una joven terrícola con genio, valor y llena de bondad…”

“Pero por mucho valor que tenga, ¿cómo va a luchar contra Yadax?”

“Con nuestra ayuda. La terrícola ha asimilado el poder de La Esmeralda Oscura de alguna forma que no alcanzo a comprender.

Esta confesión sorprendió a Lorna, pues pocas cosas existían que un padetaniense no comprendiera. El ser prosiguió:

“Y nosotros, con vuestra ayuda, podremos sumarnos a la batalla. Vos sabéis qe en Pedatan no hay guerreros, pero nuestros poderes, a pesar de que jamás se han usado en la lucha, pueden ser de gran beneficio.”

“Eres un ser valiente padetaniense, desde luego que puedes contar con mi ayuda. Haría lo que hiciera falta para destruir a Yadax y mantener la paz universal. Pero dime, amigo mío, ¿cuál es tu nombre?”

El ser sonrió interiormente de tal forma que, a través del vínculo mental, Lorna pudo percibir.

“Mi nombre es Pexiray, rey de Pedatan. Y os aseguro, princesa, que cuando vuelva con los míos me conocerán como uno de los guerreros que liberaron a los seis planetas.”