LO PROMETIDO ES DEUDA

¡Hola flosers! Como bien os dije hace un mes, ha llegado el momento de dejar este blog. Pero sólo para cambiar de registro y seguir evolucionando.

Quiero daros las gracias por estos fantásticos siete años juntos. Y espero que me acompañéis en mi nueva aventura.

A partir de ahora me podréis encontrar en:

¡Os espero!

LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “LA ESMERALDA OSCURA” (4 -FINAL-)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para leer las partes anteriores:

– Primera Parte. –

– Segunda Parte. –

– Tercera Parte. –

Continuación…

Sham no quería volver a casa aquella noche, no tenía ganas de estar encerrada. El firmamento estaba tan hermoso que sentía la magnitud del universo desde aquella roca en la que se había sentado. El mundo, había aprendido, era un lugar hermoso en el que vivir. Tocó el colgante y sintió el calor que manaba de éste. Cuando lo hacía se sentía a salvo, sus dedos, seguidos de su mano y su brazo se entumecían ante aquel contacto, sin embargo, le gustaba la sensación.

“Sham…”

La chica miró a su alrededor,buscando a quien había dicho su nombre. No encontró a nadie, estaba sola en la noche.

“Sham…”

– ¿Quién eres?

“Mi nombre es Lorna, princesa del pueblo de Layid.”

Sham se mantuvo en silencio. No podía explicar el porqué, pero sabía que lo que acababa de escuchar era cierto y, de alguna forma, no se sintió extrañada.

“Siento tu aceptación. Sin duda La Esmeralda Oscura ha caído en buenas manos.”

– La Esmeralda Oscura…

La muchacha bajó la cabeza y miró el colgante instintivamente. Todo había cambiado desde que la tomó por primera vez.

“Escucha Sham, sólo escucha. Estoy presa en una nave que se aproxima a la Tierra. Un ejército liderado por el dictador Yadax pretende hacerse con la esmeralda. No se lo vamos a permitir, pero necesitamos tu ayuda.”

– ¿Qué puedo hacer yo? Sólo soy una niña.

“Somos lo que creemos ser Sham. Alguien, un día, te dijo que no podías hacer algo y desde entonces, crees que no puedes hacer nada. No vivas la vida en las palabras de otros, escucha tu propia voz.”

Lorna la había comprendido como nadie lo había hecho nunca.

– ¿En qué puedo ayudar?

“La Esmeralda Oscura te ha otorgado un poder que te convierte en el único ser capaz de detener a Yadax. Siento la brusquedad de mis palabras, créeme que si hubiera tiempo no lo haría de esta forma.”

– Hace tiempo que noto que este colgante me ha cambiado, pero no sé dominarlo.

“Tranquila, cuando la nave aterrice, se formará un motín y me ayudarán a escapar. Entonces nos uniremos a ti y nos dirigirás en la batalla más importante del universo.”

– ¿¡Dirigiros yo!? ¡Una cosa es que “seamos lo que creamos ser” y otra es que yo pueda dirigir a un ejército! Lo siento, princesa, pero no es posible.

“¿No estás cansada de quedarte al margen? ¿No estás cansada de la duda de si serás capaz? Hay algo de lo que sí sé que estás cansada y es de que te traten como a una niña. Bien, ahora es el momento de conseguirlo, para mi no eres una niña, eres la portadora de la Esmeralda Oscura, compórtate como tal y lucha.”

Sham se sintió avergonzada. Lorna había establecido un vínculo con ella y podía leerla como a un libro abierto. Entonces tomó una decisión, la de liberarse de todos los temores. El universo, había descubierto ella hacía ya un tiempo, le deparaba algo grande y ¿qué había más grande que aquello?

– Está bien, ¿cuánto tiempo tengo para prepararme? ¿Cuando llegarán las naves?

“Mira al cielo…”

Sham alzó la vista y su rostro se desencajó. Allí, donde minutos antes había estado contemplando las estrellas, pudo ver un centenar de naves con forma de lágrima. El metal brillaba bañada por la luz de la luna y los propulsores se encendían en aquel descenso interminable. El corazón de Sham latía furiosamente, aquel era un espectáculo aterrador y, de alguna forma, sentía una morbosa admiración por lo que estaba viendo. Las naves habían llegado a la Tierra, la guerra estaba a punto de iniciarse, ¿Podrían los humanos vencer a los alienígenas? Sham no conocía la respuesta a esta pregunta, pero sí que sabía una cosa: si moría, lo haría luchando.

LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “SÁBADO” (4 -FINAL-)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para leer las partes anteriores:

– Primera parte. –

– Segunda parte. –

– Tercera parte. –

Continuación…

Me puse a buscar en su escritorio. Habían carpetas con nombres. Busqué entre ellas, pero nada me llamaba la atención. En el suelo, junto al escritorio, se encontraba la cartera del doctor. Necesitaba un código para abrirla y yo lo tenía. El código era una navaja que usé para hacer palanca y destrozarla. Allí había otra carpeta con las iniciales “D.A.” la abrí y vi fotos de un hombre con la piel llena de líneas discontinuas. Estaba a punto de someterse a una operación. Leí el informe que Timshell adjuntaba en la carpeta. La operación era de cambio de sexo era para Diego Álvarez. Pude leer el informe ya que por suerte estaba escrito por ordenador.
Al leer el tipo de la operación no pude evitar volver a las fotos. Aquellos ojos… “D.A”… mi cara se desencajó al entender lo que estaba ocurriendo. Cerré la carpeta y salí corriendo de aquel lugar antes de que llegara la policía. ¿¡Cómo había estado tan ciego!? Me había engañado desde el principio. Ángela Durán, “A.D.” sin duda, aquellos ojos eran difíciles de ocultar incluso con una operación. Ángela era Diego. Diego, esa persona desaparecida, había estado en mi despacho, insinuándose a mi. El cambio de sexo había sido un éxito, sin duda, la única torpeza había sido cambiar el orden de las iniciales y, a pesar de esa torpeza, había conseguido engañarme. Pero, ¿por qué?
Cuando salí del edificio, saqué el móvil e investigué en Google. Era demasiado extraño, Diego era Ángela, y tenía algo que ver con Velasco y el doctor… A pesar de que mi móvil era bastante rápido, aquella búsqueda se me antojó eterna. Los resultados de la búsqueda eran inconclusos, demasiadas entradas. Pulsé sobre la pestaña de “noticias” y empecé a ojear. Allí, entre algunas de las noticias más absurdas y aburridas que había en la red, encontré un titular: “Desaparece el asesino en serie Diego Álvarez”. Abrí la noticia y mis ojos se abrieron como platos; Diego Álvarez había asesinado a varias personas. Sus víctimas eran policías que habían declarado abiertamente su homosexualidad.
De pronto, mi mundo se desvaneció al recibir un potente golpe en la nuca. Cuando desperté tenía la cabeza tapada con algún saco mugriento y estaba esposado. Escuché la voz de Ángela y, entonces entendí aquel extraño tono que percibí el primer día.

¿Cómo has llegado a Timshell tan rápido?

Supuse que hizo una seña a alguien que se sentaba a mi lado, porque me golpeó con el codo en las costillas y me destapó la cabeza. Cuando mis pupilas se acostumbraron a la luz miré a Ángela o a Diego, o como demonios fuera. Era realmente atractiva. Siempre me había parecido curioso que algunas transexuales fueran más femeninas y atractivas que muchas mujeres. A mi lado un guardaespaldas calvo y enorme me miraba con cara de psicópata. Estábamos dentro de una limusina, eso estaba claro.

Te presento a Miroslav.
¿En serio? – miré al gorila – ¿eres un guardaespaldas ruso y te llamas Miroslav?

Pareció no entender el chiste, ya que me golpeó con su puño en la cara. A pesar de estar sentados, aquel puñetazo hizo que me marease.

Que mal genio… – dije, haciendo uso de la norma principal de cualquier detective privado: nunca dejes de usar el sarcasmo –, amigo, tienes que controlar tu ira, te saldrá una úlcera.

Estuvo a punto de golpearme, y de pronto Ángela sacó una pistola a tal velocidad que ni la vi y disparó a mi agresor en el brazo. Él empezó a gimotear y yo casi me lo hago encima.

No me gusta que mis trabajadores piensen por sí mismos. No debería pegar a mis amigos sin mi permiso.
Oh, ¿somos amigos?
Bueno, he investigado un poco sobre ti, y sé que no tienes demasiados amigos.
Cierto. Verás, suelo cortar la relación cuando me secuestran y me ponen un saco en la cabeza.
Bromista hasta el final… ¿no te das cuenta de que eso es un mal cliché? El detective satírico.
Puede. Dime una cosa, ¿cómo un asesino en serie, puede permitirse una limusina?
No soy un asesino en serie. Puedes creértelo o no, pero no he matado a nadie en mi vida. Soy traficante, y de eso soy culpable. Pero no soy un asesino.
Ahá… deberían canonizarte.
No lo pretendo. Si algún día me cogen por lo que he hecho, cumpliré condena. Pero nunca pagaré los platos rotos de otra persona – en aquello estaba de acuerdo con ella –. Quería ver cuanto tardabas en descubrir mi secreto.
¿Por qué te operaste?
Todo el mundo busca a Diego Álvarez. La policía nacional e internacional. Pero ¿quién pensaría que ahora Diego Álvarez es Ángel Durán?
Demasiado sacrificio para escapar… ¿y yo qué tengo que ver?
Quiero que investigues quién intenta cargarme el muerto.
¿¡Trabajar para un criminal!?
¿Te lo impide tu código moral? No quiero que trabajes para un narcotraficante, quiero que trabajes para una persona inocente de asesinato al que intentan inculpar.

Aquello tenía sentido, me lo pensé un momento. Ella dijo que me pagaría bien, eso era lo de menos. Acepté el caso y ella me quitó las esposas.

Tengo una pregunta que hacerte Ángela.

¿Cuál es?
No eres como otra transexual que se opera porque siente que su sexualidad no se corresponde con lo que realmente es. Quiero decir, no es que sientas que eres mujer. ¿Verdad?
¡Soy un hombre! ¿Entiendes lo que te digo? ¡Un hombre!
Me alegra que me digas eso.
¿Por qué?
Porque no me gusta golpear a mujeres.

Entonces le di un codazo en la nariz al gorila calvo y a ella un puñetazo en la boca con todas mis fuerzas y le quité el arma, le apunté a la cabeza y le dejé claro que no me gusta que me engañen, me esposen, me tapen la cara y me golpeen. Y, la facilidad con la que le quité el arma me dejó claro que Diego Álvarez era inocente del cargo de homicidio múltiple. Así es como me gané la fama que tengo. Y así es como acabó aquel fatídico sábado.

-FIN.-