BUEN CONSEJERO, MAL ACONSEJADO

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“No basta con tener un sano juicio,
lo principal es aplicarlo bien.”

René Descartes.
(filósofo y científico francés)-

Diario Positivo, entrada 64.

Por lo general todos aquellos que somos buenos dando consejos a los demás, somos incapaces de seguir los consejos ajenos e incluso los consejos que nosotros damos. Es curioso como yo, sin ir más lejos, muchas veces me encuentro cometiendo errores que os he aconsejado a vosotros que no cometáis. Eso no significa que estos consejos no sean válidos, simplemente todos y cada uno de nosotros actuamos de la misma forma.

Es una costumbre difícil de cambiar, pero nada que merezca la pena es fácil. A veces, cuando alguien me pide un consejo intento escuchar lo que digo, retenerlo para mi. Por decirlo de otro modo: en vez de regalar un consejo, intento compartirlo entre la otra persona y yo mismo. Insisto en que “lo intento” ya que es realmente complicado retener un consejo que nosotros damos.

Lo que no es tan difícil es seguir un consejo ajeno, y aún así, no lo seguimos. ¿Por qué? Mi teoría, es que somos demasiado orgullosos para seguir consejos ajenos. Es decir: “¿Cómo me vas a dar consejos a mi, si soy yo el que suelo darlos? Si acepto un consejo, ya no seré digno de darlos yo”. Pero ese pensamiento es del todo erróneo. Es cuando aceptamos el consejo de otro cuando demostramos que somos lo bastante sabios como para reconocer que nunca seremos lo bastante sabios. En otras palabras: aceptar y seguir un consejo (ajeno o propio) nos da la inteligencia de saber que siempre podemos aprender de otra persona o de nosotros mismos/as.

Visto así, la idea de escuchar con atención todos los consejos que nos dan se vuelve más apetecible. ¡Pero cuidado! No os estoy diciendo que sigáis todos los consejos que os dan, pues no todos los consejos serán buenos. No todos los consejos que recibamos se adaptarán a nuestra necesidad. Abrid la puerta a esos consejos, dejadlos pasar, y luego, seleccionad cual seguir. Os repito, es un proceso complicado, pues cuando nos ponemos a “elegir” muchas veces dejamos la objetividad, y escogemos ese consejo que se adapta a lo que deseamos. Dejad que os ponga un ejemplo:

Imaginad que pedimos consejo a dos personas distintas sobre nuestra duda de dejar el trabajo en el que actualmente estamos.

Uno de ellos nos dirá:

Yo no lo haría, ya que hay mucha crisis y es realmente arriesgado.

El otro, en cambio, nos aconsejará:

¡Deberías dejarlo! Ese trabajo te está haciendo infeliz, y el simple hecho de ir a trabajar supone un suplicio para ti. Déjalo y busca otro trabajo. Quizá no es el mejor momento para quedarse en paro, pero siempre es un buen momento para ser feliz.

Mucha gente seguirá el primer consejo, no porque crean que en él se esconde una gran sabiduría. Simplemente porque ese consejo se aproxima al terror que les causa dejar su trabajo. Es una excusa para seguir siendo infelices, “Sí, lo mejor es que siga aquí, esto es mejor que nada, tienes razón, gracias por tu consejo.” Eso es un error garrafal, ya que lo único que estamos haciendo es rendirnos a nuestro miedo, quedándonos en nuestra zona de confort. ¿Qué ocurrirá si seguimos el segundo consejo? Quizá lo pasemos mal una temporada (quizá), quizá estaremos en paro durante un breve periodo (quizá), pero lo que es seguro al cien por cien, es que si luchamos y seguimos adelante, y no nos rendimos ante esa complicada situación, cuando salgamos de ella nos sentiremos orgullosos, felices, muchísimo más de lo orgullosos y felices que nos habríamos sentido si hubiéramos seguido ese consejo que tanto se adaptaba a nuestros pensamientos.

Sin duda, cuando aprendamos a escuchar los consejos propios y ajenos, y aprendamos a filtrarlos como es debido. Pocos problemas, por no decir ninguno, se nos resistirán. La especie humana es una especie con la maravillosa capacidad de autosuperarse, y a la vez, tenemos ese estigma llamado orgullo que nos impide superarnos aún más. ¿Mi consejo? Esta vez no quiero acabar con ninguno, simplemente quiero preguntaros: ¿cuál es el vuestro?

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