LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “LA ESMERALDA OSCURA” (2)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para ver las partes anteriores:

– Primera parte. –

Continuación…

La noche estrellada era realmente hermosa y la joven Yatana, a la que muchos llamaban Sham debido a que la chica no dejaba de escuchar una canción llamada “Shamandalie”, se encontraba sentada en una gran roca, mirando al firmamento y sintiendo que algo malo estaba a punto de ocurrir. Sus ojos grises y su pelo rojo le daban el toque final a una belleza difícil de describir. Vestida de negro de pies a cabeza, con una camiseta algo raída y unos pantalones cuyos muslos estaban llenos de agujeros estrategicamente situados. A su lado, el joven Larrot, de pelo corto, rizado y color pajizo, ojos marrones llenos de esperanza y expresión pueril, la miraba embelesado. Ella era todo cuanto deseaba y necesitaba. La amaba tanto que, en ocasiones, los latidos de su corazón parecían amenazar con atravesarle el pecho.

Está a punto de caer una buena, Larrot.
¿Qué dices Yatana? ¿Cómo puedes pensar que va a llover con el cielo tan bello que nos envuelve?
No me llames Yatana, idiota, sabes que lo detesto. Y no me refiero a lluvia precisamente.
¿Entonces?
Se avecinan problemas. Puedo sentirlos…
¡Oh, ya estamos! Siempre con tus “sensaciones”.
Nunca me he equivocado. ¿Es eso mentira? La vez que predije que el hijo del gordo Terwin estaba en peligro nadie me hizo caso, aquella misma noche ese inútil de Hertar casi se ahoga en el río.
Era cuestión de tiempo que Hertar sufriera algún daño, nunca deja de hacer el salvaje. Creo que no hay predicción más poco merecedora de mérito en la tierra que esa.

Sham se levantó de un salto.

¿Por qué somos amigos, Larrot? Tú nunca me crees, ni me apoyas.
Yatana, no hablas en serio. Te apoyo en todo lo que puedo apoyarte. En cambio no consigo apoyarte en esas majaderías.
¿¡Majaderías!? Me marcho a casa, no tengo tiempo de discutir contigo, eres un niño estúpido – Sham empezó a marcharse y de pronto se detuvo para girarse –, y si vuelves a llamarme Yatana te las verás conmigo.

Sham era una chica fuerte, y a sus dieciséis años algo en ella cambió. Su padre, el sastre Preor, acababa de volver de la ciudad, más allá de la comarca, le había traído un precioso colgante con una piedra negra que brillaba como un espejo en penumbras. La chica se puso el collar al rededor del cuello de inmediato. La piedra colgaba a la altura de su pecho aún sin desarrollar. Padre e hija se sentaron a tomar un cuenco de sidra caliente y empezaron a hablar de lo vivido en aquellos dos meses de separación. Estaban acostumbrados a pasar temporadas sin verse, el taller de Preor tenía éxito y le encargaban trajes de todas partes. Por ello siempre tenía que viajar. Por suerte, habían ganado suficiente dinero para comprar una de esas naves familiares que anuncian en los medios. Era realmente flamante. Sus aeropropulsores relucían incluso a la luz de la luna. Su cabina era realmente cómoda, con asientos de cuero marrón. Y el maletero era lo suficiente espacioso como para que el Sastre pudiera guardar gran parte de su taller en él. Aquel día, Sham fue a pasear con su padre por el río cuando la mente de la chica fue atravesada por un sentimiento aterrador.

Padre, no debemos ir por ahí…
¿Por qué no? Siempre paseamos por aquí…
Hoy no, por favor padre, os suplico que cambiemos de dirección.

El padre no le hizo caso. Pensó que aquello era sólo un capricho de cría consentida. Adoraba a su hija, pero le gustaba impartir su disciplina. Preor continuó andando y se introdujo en un bosque de rocas grandes que le llevaban siempre a la orilla del río. De pronto, de entre las rocas, apareció un hombre que vivía en la calle. En su mano empuñaba una larga daga con un agujero en la hoja.

Dame lo que tienes viejo.

Preor miró a su hija y sintió miedo por ella. En otro instante habría plantado cara a aquel individuo, una daga no era arma suficiente para derrotarlo, pero aquel día tenía que cuidar de su hija.

No tengo más que la ropa que llevo puesta, amigo. He salido a pasear con mi hija.
¡No juegues conmigo!
No lo hago. Es esa la verdad. Si tuviera algo que darte, créeme que te lo daría para salvar a mi hija.
¿Y eso? – el hombre señaló a la cría con la punta de la daga –, esa piedra que tiene la mocosa parece cara.
Oh, una simple baratija que le compré a una vieja en un pueblo.

El hombre supo que Preor mentía, se rió con rabia ante aquella osadía, y luego se dirigió a la niña. Preor sintió como todo su cuerpo se tensaba. Cuando el hombre pasó por al lado suyo solo dijo “no deberías haberme mentido” y acto seguido, en un movimiento de su brazo tan rápido que sólo él percibió haberlo realizado, el atracador cortó el cuello de Preor que cayó al suelo fulminado.
Sham abrió sus hermosos ojos de par en par y sintió como un fuego invisible crecía en su interior. De pronto, la piedra negra se iluminó con un blanco fulgor, y los ojos de Sham se tornaron negros por completo. El atracador se asustó ante aquel extraño suceso. ¿Qué estaba ocurriendo? Nadie, ni si quiera Sham consiguió entenderlo. Su cuerpo comenzó a imitar la luz cegadora del colgante y de repente, toda aquella luz se concentró en una onda expansiva que salió disparada desde el lugar donde la chica brillaba. El suelo se agrietaba y levantaba con el paso de la onda expansiva y en un segundo o quizá en menos tiempo, el asesino de su padre, y Preor desaparecieron desintegrados y Sham, cayó desmayada al suelo. Ese día, todo cambió para la hija del sastre. Yatana había muerto, y Sham, cuyo significado había sido hasta entonces un mero apodo, tomó posesión de toda su realidad.

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