LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “SÁBADO” (3)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para leer las anteriores partes:

– Primera parte. –

– Segunda parte. –

Continuación…

El tal Marcos Timshell vivía en la zona alta de Barcelona. Me resultaba curioso que Velasco conociera a alguien en ese lugar. Entré en el portal donde vivía el tipo. Vivía en un tercer piso así que empecé a subir las escaleras, me gusta dejar el ascensor libre por si alguna persona mayor o alguien que no pueda subir escalones lo necesita. Golpeé la puerta suavemente, ya sabéis… los timbres… abrió una bella mujer de unos cincuenta años bien conservada y realmente atractiva. Tras decirle que era un buen amigo del señor Timshell me dejó entrar. El piso era un loft muy lujoso, y decorado con un gusto exquisito. En el recibidor un cuadro de esos que parecen haber sido pintados por un crío de cinco años, pero que cuesta miles de euros lucía imponente. La mujer que me había abierto la puerta me pidió que le siguiera y allí estaba él, sentado en el sofá viendo una serie de abogados en un canal autonómico.
La mujer era la criada de este hombre. Sin duda, era un hombre con mucho dinero. Marcos Timshell se levantó con expresión extrañada al verme entrar. La mujer entendió que le había mentido y me miró. Extendí mi mano para estrechársela al individuo y me presenté como Marquez, sin más. La criada se retiró y nos dejó solos. Timshell era un hombre de unos cincuenta y séis años, de constitución ancha. Era calvo por la parte de la coronilla pero tenía pelo en las sienes y en la nuca. Sus ojos de un azul arrebatador se escondían tras unas gafas de pasta cuadradas. Medía alrededor de un metro setenta. Él me preguntó en qué podía ayudarme y le dije que venía de parte de Velasco. Pareció no inmutarse y me respondió con un simple: “entiendo…” era curioso, ya que yo no entendía nada, no tenía claro si todos eran superdotados menos yo. Miré a mi alrededor y todo el piso estaba decorado con cuadros famosos que, por supuesto, debían ser copias ya que, a pesar de que no entiendo demasiado de arte, aquellos cuadros estaban expuestos en distintos museos. ¿Quién era aquel hombre?

Siento decirte, muchacho, que estoy retirado.

Lamento escuchar eso, Velasco me comentó que es usted el mejor.

Velasco es un bocazas, no te creas todo lo que dice. Igualmente, con mi último cliente gané el dinero suficiente como para no necesitar más.

Seguía sin entender nada. Y ya me había hartado de aquel teatro. Le pregunté por Diego Álvarez y me dijo que no conocía a nadie con ese nombre. Claramente mentía, a diferencia de cuando nombré a Velasco, los ojos de Timshell se abrieron más de la cuenta una milésima de segundo. Ya me estaba cansando de todo aquello, estaba harto y tenía hambre (no soy muy simpático cuando tengo hambre). Le pregunté si estaba seguro de aquella respuesta, y ante su asentimiento, le cogí por la nuca y, presionando con mis dedos, le obligué a andar hasta el lavabo y allí, después de golpearle en la mejilla y hacer que se pusiera de rodillas empecé a sumergirle la cabeza en el retrete. No conseguí nada. Sin duda aquel tipo no soltaría prenda. Marcos consiguió librarse de mis manos e intentó huir de mi pero el suelo estaba mojado y resbaló, dándose un golpe mortal en la cabeza con el inodoro. ¡Odio que mis sospechosos mueran! Cerré la puerta y empecé a investigar en aquel piso. Vi como la mujer corría y se encerraba en una habitación donde, seguramente, habría un teléfono con el que llamar a la policía.
Encontré el despacho de aquel fiambre y entré en busca de alguna prueba. Delante de la puerta había un gran escritorio negro, elegante y tras él, en la pared vi un montón de diplomas. Me acerqué y me sentí desconcertado del todo. Timshell era cirujano estético. ¿Qué narices estaba pasando? Me senté en la silla de cuero, mirando aquellos diplomas y no sabía qué pensar ni cuál sería mi siguiente paso.

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