LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “SÁBADO” (2)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para leer las partes anteriores:

Primera Parte.

Continuación…

El ex-compañero de Ángela era escritor. No había publicado nada aún, pero estaba preparando su primera novela. Cada mañana, madrugaba para ir al Parc de la Ciutadella. Le gustaba escribir mientras los aspersores hacían que el césped oliera a mojado.
Le pedí a la mujer que me entregara una fotografía, pero me dijo que a Diego no le gustaba hacerse fotos y que jamás había conseguido “pillarle” con la cámara. ¿Cómo narices iba a encontrar a alguien sin fotografía? Me enfundé la cartuchera como si fuera un chaleco, dejándola en el costado, me puse la chaqueta negra de piel encima y me dirigí al parque. Una vez allí, me aproximé a la estatua del mamut bajo la cual, se supone que Diego se sentaba a escribir. Nada me cuadraba, ¿por qué iba a sentarse nadie en la tierra teniendo tantos montículos de hierva? Aquello me olía mal, y no era por el agua estancada de aquel lago artificial.
Mientras inspeccionaba la zona vi a un hombre de unos cincuenta años vestido con el uniforme de la brigada de limpieza de Barcelona. Me acerqué a él y le pregunté si recordaba a un hombre de treinta años, de metro setenta y cinco, pelo corto castaño. (La descripción que Ángela me dio podría pertenecer a cualquier varón). Por suerte, tenía el detalle de que se sentaba allí durante dos horas para escribir con su ordenador. El hombre me dijo que llevaba veinte años haciendo aquella zona del parque, y que nunca había visto a nadie sentado bajo el mamut. “Lo lógico sería que se sentara en la hierva” me dijo. Odio las obviedades, más aún cuando yo mismo he pensado en ellas. ¿Qué estaba pasando allí? ¿Ángela me había dado un dato falso? Todo aquello no me ayudaba. Me fui corriendo sin despedirme del hombre que me dijo “de nada” sarcásticamente al no recibir muestra alguna de gratitud. ¿Gracias por qué? ¿Gracias por nada?
Según Ángela, Diego también acostumbraba a ir mucho al Starbucks de Urquinaona, allí se sentaba con una taza de café caliente y seguía escribiendo. Debería haber sido mi siguiente parada, pero aquel caso me daba mala espina. Decidí independizarme de los datos que Ángela me había proporcionado y comencé a investigar por mi mismo. Me puse en contacto con uno de mis confidentes. Un gran mentiroso llamado Luis Borgia. Actualmente vendía cupones de la ONCE en Plaza Cataluña. ¿Que qué tiene eso de malo? Teniendo en cuenta que no Luis no tiene ninguna discapacidad, tiene varias cosas malas.
Llamé a la policía, (un timo es un timo), pero mientras la bofia llegaba le sacaría la información que quería. Él sabía todo lo que pasaba en Barcelona. No me preguntéis como lo hacía, pero lo hacía. Así pues le pregunté por un tal Diego Álvarez y de paso, por Ángela Durán. Borgia sonrió de una manera sospechosa y me dio un tercer nombre: Velasco. ¿Qué narices pasaba aquel sábado? ¿Por qué todo era tan extraño? Luis me dijo que Velasco regentaba un bar en la calle Tallers, un bar que servía como tapadera de un negocio de drogas. ¿Qué tenían que ver Diego y Ángela con un narcotraficante? Me estaba recorriendo toda Barcelona, pero por suerte, las pistas no se alejaban mucho la una de la otra. Mientras me dirigía al bar me preguntaba porqué Luis Borgia había sonreído de una forma tan extraña y sospechosa. Maldito bastardo… me habría encantado ver su cara al descubrir que la policía le enviaba saludos de mi parte.
El teléfono móvil de mi bolsillo empezó a sonar. Odio esos aparatos, detesto estar comunicado. Descolgué, era Ángela preguntándome que tal me estaba yendo. No le podía decir que había decidido buscarme la vida y seguir mi instinto. Algo me decía que no podía fiarme de ella, pero ¿el qué? Le dije que todo iba bien, y que tenía que dejarla para poder seguir mi investigación. Había llegado a Tallers. El bar estaba vigilado por policías infiltrados, vestidos con camisetas de Iron Maiden, para poder mezclarse con el tipo de gente que frecuentaba aquellas calles. Parecía que el tal Velasco era famoso. Saqué de nuevo el teléfono y busqué en Google al personaje. Realmente era una perla de hombre: era el líder de una de las bandas neo-nazis más peligrosas de Barcelona, pederasta y homófobo. ¿Qué hacía Diego mezclado con un tipo como aquel? Pensé que quizá le habría secuestrado por ser homosexual, o algo peor. Tenía que buscar una forma de entrar en el bar, ¿pero como? No podía entrar por la puerta, no quería que la policía me viera por allí. Miré a mi alrededor y recordé que los locales de aquella calle tenían un pequeño patio de luces que conectaba directamente con la azotea.
Andé y giré esquinas hasta que encontré un sitio solitario entre aquellas callejuelas estrellas y oscuras. Busqué una tubería gruesa y tiré de ella para asegurarme de que era resistente. Miré a un lado y a otro y luego miré a lo alto y tras suspirar, empecé a escalar usando la tubería como apoyo. No me gustan las alturas, pero tampoco me gusta que se cachondeen de mi. Tenía que solucionar aquel caso como fuera, empezaba a hartarme. Cuando llegué al tejado me sorprendió ver a un francotirador sentado, descansando, esperando órdenes de su superior. Saqué mi arma de la cartuchera y la sujeté con fuerza por el cañón. Me acerqué muy despacio por su espalda, no me gusta enfrentarme con la ley, pero alguien estaba intentando tomarme el pelo, y quería saber quién. El sigilo se hacía difícil en aquellos tejados envejecidos. Algo crujió bajo mis pies y el francotirador se giró. Ahora debía hacer algo que odiaba: luchar. No me costó demasiado noquearle, francamente, aquel chico era más una cara bonita que una persona combatiente. ¿Que les enseñan en la academia? ¿Quizá a exfoliarse la cara? En medio del tejado se abría un enorme hueco que, como suponía, conectaba todos los pisos de casas de aquel edificio bajo, y, como no, el dichoso bar. No estaba especialmente alto, pero tenía que buscar la forma de bajar sin romperme nada. Miré el precipicio y encontré una nueva tubería, era de agua así que sería la mejor opción. Comencé a bajar, sujetando con las dos manos la tubería, y colocando mis pies en la pared. Haciendo fuerza con las piernas para no caerme. Cuando iba por la mitad, se me resbalaron las manos a causa de un escape minúsculo de agua. Por suerte caí en un montón de cajas de cartón vacías que amortiguaron el golpe. Escuché como alguien advirtió de un ruido en el patio de luces, “un golpe fuerte” dijo.
Me llevé las manos a la cartuchera, pero la pistola no estaba. Se habría caído y no tenía tiempo de buscarla entre las cajas y la basura de aquel lugar que apestaba a podrido. Miré a mi alrededor y vi un puñado de palos de madera. Cogí uno de ellos y me coloqué junto a la puerta que daba al bar. Apoyé mi espalda contra la pared y sujeté con fuerza el palo preparándome para descargarlo contra aquel que se acercase.
De pronto un hombre calvo y grande, de un metro ochenta de altura más o menos, y una constitución más propia de un culturista que de un camarero, salió por la puerta y sin pensármelo le golpeé en la nuca con todas mis fuerzas. La madera se rompió por la humedad y no le hizo más que cosquillas. ¿Nunca os ha pasado que vuestra cara hace una expresión tan exagerada que sois capaces de verla? Mis ojos se abrieron como platos, no podía creerme lo que acababa de ocurrir. El forzudo se giró furioso, me pareció oírle rugir.
Descargó su puño contra mi, pero reaccioné a tiempo y me agaché para esquivarle. Le golpeé en el costado, pero creo que me hice más daño yo en la mano que el que le provoqué a él. Me enzarcé en una nueva pelea, pero esta vez parecía que mi contrincante estaba mejor preparado. ¿Por qué los malos siempre son más resistentes que la policía? ¿Dónde estaría Velasco? ¿Y mi arma? Todo esto lo pensaba mientras ese individuo me asfixiaba y levantaba del suelo como si no pesara nada. Mi mundo empezaba a oscurecerse por la falta de aire, pero he aprendido a luchar en la calle, y esa es la mejor de todas las artes marciales. Le di un puntapié con todas mis fuerzas en la entrepierna. Aquel neandertal sintió el golpe, pero no me soltó, así que le di un fuerte puñetazo en la nuez, causándole la muerte inmediata. Era él o yo.
Podría haberme puesto su ropa para hacerme pasar por alguien del personal. Pero por un lado el color no me sentaba bien y por otro, esto no es una película en la que la ropa le iba bien a todo el mundo sea del tamaño que sea. Busqué mi pistola y la encontré junto a una rata muerta. Tenía claro que jamás iría a aquel bar a tomar algo.
Entré en el bar con la pistola enfundada. Estaba en la cocina y allí no había nadie. ¿Dónde estaba el personal? Nadie llenando las cámaras, nadie preparando las tapas del mediodía. Definitivamente, no iría a aquel bar a tomar algo. Me apoyé en la pared, junto a la puerta que conectaba el bar con la cocina. Eché un vistazo y vi a un hombre de espaldas a mi hablando a gritos con otro que vestía bata blanca. Sin duda no era el cocinero, los cocineros no llevan mascarilla y guantes. Tampoco era médico, sin duda, era uno de los operarios que se encargaban de la coca. Saqué mi arma y salí de la cocina apuntando con el cañón al hombre que gritaba. El operario abrió los ojos sobremanera al verme e hizo que el otro se girara. Vestía chaqueta de cuero marrón y una camiseta horrenda de color chocolate. ¿Quién combina el marrón con el marrón? Tendría que haberle disparado sólo por eso.
El hombre sin gusto me preguntó quién era, y yo, con toda la educación que mi madre supo darme, le contesté que era el que le estaba apuntando a la frente con una pistola. Y le pregunté si quería comprobar mi D.N.I. El operario hizo amago de salir corriendo, pero mi mano se movió más rápida que él y le apunté a la cabeza para hacerle entender que no era buena idea irse sin una despedida. Volví a dirigir la pistola a de la chaqueta de cuero y le dije que, ya que yo me había presentado, estaría bien que él hiciera lo propio. Se llamaba “Cobra” aunque dudo que su madre tuviera incluso peor gusto que la mía. Me fijé en su cuello y de la camiseta salía el tatuaje de una cobra, até cabos y deduje el porqué de su “ingenioso” mote. Ademá de original, era el encargado de aquel tugurio, la mano derecha de Velasco.
Hice un trato muy justo con él: si me llevaba con su jefe, yo no le hacía un piercing en el cerebro. Le gustó la oferta y me llevó al almacén. Era pequeño y estaba vacío, excepto por las estanterías. Mi nuevo amigo sujetó una de las estanterías y tiró de ella, haciendo que la pared se abriera. ¿Quién diseñaba las guaridas de los malos? La pared falsa dejaba a la vista una escalera de cemento. Dejé que el encargado subiera delante mío y cuando llegamos al final de aquella escalera de diez escalones. Aquel malnacido se había hecho un despacho insonorizado. En las paredes colgaban banderas rojas con la esvástica negra dentro de un círculo blanco. Velasco escribía algo sentado en su escritorio situado justo delante de una pared decorada con el retrato de Franco. El narco era un hombre de unos cuarenta años, pelo de punta, rubio, con perilla y realmente atractivo. Sin alzar la vista, reprendió a su encargado que le molestara mientras estaba ocupado. El hombre temblaba, y no contestó, pero cuando martilleé la pistola, el jefe de todo aquello levantó la mirada. Vi como intentaba llevar la mano bajo la mesa. Quizá para pulsar algún botón de alarma o quizá para coger una pistola. El caso es que ya estaba más que cansado de todo aquello, así que dejé inconsciente al encargado y corrí hacia Velasco. Golpeé con fuerza el borde del escritorio arrastrándolo hacia Velasco que quedó atrapado entre la pared y la mesa. Le puse la pistola en la frente y le exigí que me respondiera a unas preguntas sobre Diego Álvarez y Ángela Durán. No quiso responderme, lo cual me pareció extremadamente desconsiderado teniendo en cuenta las molestias que me había tomado.
No pensaba dispararle, pero me pareció un hombre preocupado por su estética y pensé que a su cara le faltaba algo. ¡Claro! La nariz. Quizá con un golpe seco con la culata de la pistola se la torcería un poco. La golpeé hasta que se la rompí y empezó a sangrar. Le pregunté una vez más qué sabía de Diego y Ángela. Aquel desgraciado era duro de pelar, estaba acostumbrado a policías que se excedían en los interrogatorios. Pero yo no era policía, y, a diferencia de ellos, yo no tenía límites. Vi que en el escritorio había un pote que había caído cuando moví la mesa. En él quedaba unas grandes tijeras. Le di un fuerte puñetazo y cuando puso su mano sobre la mesa aproveché para clavarle las tijeras. Le sujeté la boca para que el grito no sonara más de la cuenta. Volví a martillear el arma y le apunté de nuevo. Velasco ya había comprobado que yo no pensaba detenerle, y que me faltaba un maldito tornillo, así que me dio un nombre: Marcos Timshell. Aquel nombre me sonaba, pero ¿de qué? Le golpeé de nuevo para conseguir la dirección del nuevo personaje. Eran las doce de la mañana y estaba cansado. Miré a Velasco y me di cuenta de que quizá me había pasado un poco, ya no era atractivo. Aunque pensándolo mejor, me di cuenta de que no se merecía compasión. Él no se la había tenido a ninguno de los niños que violó, ni tampoco a los homosexuales que aporreó. Me dirigí corriendo al patio de luces y volví a subir al tejado por aquella tubería resbaladiza. Cuando me alejé del lugar llamé de nuevo a la policía y le dije que había escuchado disparos dentro del bar. Cosa que no era cierta, pero que haría que aquellos inútiles entraran de una vez por todas y detuvieran a aquel maldito desgraciado.

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