LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “SÁBADO” (1)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

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Todo comenzó aquella odiosa mañana de otoño. Era sábado. ¿Que cómo lo recuerdo? Quizá lo recuerdo por los gritos repelentes de los niños que jugaban en la calle disfrutando de su día de fiesta, quizá fuera la mañana más bonita que había visto nunca o quizá sea por aquella resaca; el sabor pastoso que te queda tras un viernes de excesivo alcohol. Sea como sea, recuerdo que era sábado.
Me llamo Marquez. Sí, lo sé, es un apellido, pero nunca me ha gustado la broma macabra que mis padres eligieron como nombre y siempre he sido demasiado perezoso como para cambiármelo, así que podéis llamarme Marquez, o simplemente: no llamarme; eso es cosa vuestra. Como os decía, así me llamo, y soy detective. No soy un buen detective, eso es cierto. Pero aquel fin de semana resolví el caso más sencillo y desquiciante de mi carrera. Y, para mi desgracia, me gané esta odiosa fama que los periódicos sensacionalistas me han atribuido – atajo de… –.
No soy uno de esos detectives de novela negra barata que viven amargados. A pesar de lo que pueda parecer, soy un tipo alegre, pero lo que a mi me alegra, quizá no sea lo mismo que alegra a los demás. Me es indiferente. No quiero alejarme del tema principal, quiero contar la historia de aquel día. Nadie os obliga a escucharme, pero si lo hacéis… por favor, no interrumpáis, detesto a la gente que me interrumpe, a no ser que sea para ofrecerme una cerveza bien fría. ¿Pensabais que bebía whisky? Os he dicho que esta no es una mala novela negra.
Mi oficina se encuentra en un viejo edificio del centro de Barcelona. En un quinto piso sin ascensor. Me gusta, tiene una estrecha escalera de caracol que sólo sube la gente que realmente necesita mis servicios. Es un buen repelente de clientes absurdos y ricos obesos que quieren que siga a sus mujeres. No soy esa clase de detective, tengo estilo y principios y, para mi entender, si alguien necesita a un detective porque no se fía de su pareja, el caso está resuelto desde el principio. Mi tiempo es demasiado valioso, y quizá este pensamiento no me haga rico pero, joder… es mi vida.
Mi despacho es pequeño, no tengo ni siquiera secretaria. La tuve, una chica pelirroja a la que cacé manteniendo relaciones sexuales con su novio en mi mesa. ¿Para qué demonios tiene ella una mesa? Odio que toquen mis cosas.
El despacho es una única estancia con dos mesas. La de mi ex-secretaria y la mía. Ambas son color caoba, y la mesa de ella está repleta de papeles y periódicos atrasados. En algún lugar, debajo de ese descontrol papelero, debe haber un teléfono. En realidad no sabría decirlo con seguridad, nunca he sido amante de estar localizado. En la pared una única ventana con las “fastuosas” vistas de las ramblas. Figuras humanas y artistas callejeros se mezclan con los rateros, los guiris y las prostitutas. ¿Qué narices hago en esta ciudad?
En la esquina solía haber un perchero, pero mi ex-secretaria me lo lanzó cuando la despedí sin darle ni un centavo. Que hubiera exigido que le hiciera un contrato…
El sitio es tan pequeño, que escucho los pasos de la gente que sube por la escalera de caracol. Las paredes son finas, y eso ayuda bastante a mi capacidad auditiva. Aquella mañana escuché los pasos cadenciosos de unos tacones de aguja. Podría deciros que por la fuerza de la pisada y el sonido; supe el número que calzaba, pero no nos engañemos: no soy Sherlock Holmes. Lo que sí supe, a ciencia cierta, es que se trataba de una mujer atractiva, ¿por qué? Bueno… ¿habéis visto alguna señora de ochenta años calzando esos tacones? Tuve un mal presentimiento, a pesar de que no creo en esas mierdas.
Noté como la mujer, tras la puerta, intentaba hacer que sonara el timbre. Cuando vio que era una tarea imposible, golpeó la puerta. Siempre he detestado ese desquiciante “ding, dong” que me perforaba el cerebro. Con la voz ronca por la resaca, hice que la desconocida entrase en un despacho que casi nunca está cerrado. ¿Quién va a robarme? Y sobretodo: ¿el qué? Si mi madre me viera, seguramente diría que lo único que pueden robarme, es mi penosa forma de vida, y en ese caso debería dejar al ladrón actuar libremente. Perdonad por este momento melancólico, ya vuelvo a la historia.
Mi mesa estaba colocado estratégicamente de manera que, al abrirse la puerta, el escritorio quedara tapado por ésta. De esa manera, tenía tiempo de estudiar a mi nueva visita antes de que ella me viera. Así pues, la puerta se abrió con un chirrido más típico de las mansiones encantadas que del despacho de un detective sin prestigio. Sonreí, siempre que escucho ese ruido lo hago, es más exasperante que el sonido del timbre. Me recosté sobre la silla de cuero (falso) del Ikea y vi como entraba en la estancia la mujer más despampanante que hubiera visto nunca. Di un vistazo rápido empezando por esos zapatos negros de tacón de aguja. Sus piernas, fuertes por la costumbre de usar ese tipo de calzados, eran largas y hermosas. Vestía un vestido negro con filigranas de color blanco crudo hasta las rodillas. No iba escotada, y su cuello estaba tapado por un precioso pañuelo de color beige que combinaba a la perfección con las filigranas del vestido. Tenía el pelo largo, ondulado y castaño y, sobre su cabeza, lucía una pamela negra con una cinta horizontal blanca. Sin duda, era una mujer guapa; sus ojos grandes, perfectamente perfilados eran de color castaño y estaban enmarcados por unas gafas redondas de pasta. Su nariz era respingona y sus labios, pintados con un simple y transparente gloss eran carnosos.
La desconocida miró a la mesa que había frente a la puerta, llena de papeles. Al no ver a nadie movió nerviosa la cabeza estudiando el sitio, ni si quiera había visto mi mesa, mientras yo ya podía describirla a ella de memoria. Por fin posó sus ojos en los míos. Aquella mirada podría hacer que casi cualquier hombre quedara prendado de ella.

Debe de ser el detective Marquez.

Dijo con una voz profunda que chocaba viniendo de una mujer. Yo le dije que “debía serlo” como contestación y ella sonrió al entender que no me gustaban las frases absurdas y obvias. ¿Quién narices iba a ser si no? Se presentó como Ángela Durán, me gustan los nombres normales. Su compañero de piso había desaparecido hacía un mes. La policía no había dado con él y, por alguna extraña razón que no lograba entender, pensó que yo era el último recurso.
A pesar de que venía a pedirme ayuda con un amigo desaparecido, Ángela no dejaba de intentar coquetear conmigo. Se sentó en mi mesa haciendo que el vestido se estrechara entorno a su trasero y se bajó ligeramente las gafas para mirarme sobre ellas. No soy ese tipo de hombres que se sienten atraídos por mujeres, ya me entendéis. Al ver que sus insinuaciones no surtían efecto siguió hablándome del caso de su compañero. Su nombre: Diego Álvarez. Me dijo lo que medía, incluso me dijo que era homosexual (seguramente para que aceptara el caso). En realidad no me hacía falta ningún estímulo extra, dejar en evidencia a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado era más que suficiente.

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