LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “Más raZón que un Zombie” (1)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Inicio…

Cuando Pablo se despidió de sus amigos en la puerta de la discoteca eran las cinco de la mañana. Emprendió la marcha que le llevaría a su casa. La acera se le ladeaba; no estaba borracho, pero el influjo del poco alcohol que había tomado le distorsiona ligeramente los sentidos.
Había pasado una gran noche. Llevaba tiempo esperando aquella noche, la noche en que celebraría su dieciocho cumpleaños. Su amigo Julián había invitado a Luisa Fernanda, una chica peruana de la que Pablo estaba completamente prendado. Lufer, como la gustaba que la llamaran, era una joven bajita, con el pelo ondulado y largo y una nariz larga y afilada que al chico le volvía loco.
Pablo era delgado, a diferencia de Lufer, que era de constitución ancha. La altura del muchacho era de metro ochenta y ella no le llegaba más arriba del pecho. Aquello le daba igual, nunca había sido un joven superficial.
Mientras Pablo paseaba, disfrutando de aquella madrugada fresca que empezaba a dar paso a la mañana, escuchó un ruido proveniente de un callejón oscuro y abandonado. Pablo no sabía si entrar, había visto demasiadas películas. Aunque pensó que aquello no era una película, no estaba en una calle cinematográfica neoyorquina, estaba en Madrid, y estaba ligeramente mareado. El joven fijó su mirada en el angosto y lúgubre callejón. Un lamento animal hizo que Pablo se adentrara en la oscuridad y, cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la falta de luz, el chico vio algo que le horrorizó: un hombre se encontraba de rodillas en el suelo, desgarrando con sus dientes el lomo de un perro callejero.
La imagen dantesca hizo que Pablo estuviera a punto de devolver los chupitos de tequila que había ingerido. Forzó la vista un poco más y pudo distinguir en el roto de la camisa llena de sangre del hombre, una herida en el tríceps tan profunda, que la escasa luz de la luna llena hizo que el joven pudiera distinguir el blanco marfil de un hueso. El hombre engullía y gruñía, y el hedor pútrido que manaba hizo que una una nueva oleada de náuseas golpeara a Pablo.
El chico no tenía claro qué hacer. Creía saber qué era aquel ser, pero la idea que le había asaltado a la cabeza le parecía ridículas. “Claramente los zombies no existen…” pensó. Pablo buscó a su alrededor algo contundente con lo que golpear a aquel monstruo que devoraba al perro abandonado.
En el suelo, cerca de allí, encontró un grueso palo de madera maciza que, en otro tiempo, fue parte de algún mueble (quizá una silla).
Cogió con fuerza el palo y le asestó un duro golpe al hombre en la espalda. Éste lanzó un alarido salvaje y se levantó lentamente. Su espalda estaba encorvada y parecía jorobado. Las manos delgadas, estaban abiertas en una garra que parecía apretar con fuerza el mismo aire. Cuando se giró, Pablo sintió una oleada de terror. La luz de la luna iluminó la cara del hombre. El blanco de sus ojos había tomado un color verdoso enfermizo, y sus pupilas habían desaparecido por completo. Su rostro lleno de heridas que supuraban, era realmente nauseabundo. La mejilla izquierda estaba desprovista de carne y su mandíbula quedaba al descubierto de manera horrible. El pelo corto, completamente sucio y grasiento, caía pesadamente haciendo que la parte alta de su cabeza tomara una forma extraña de seta.
Pablo golpeó una segunda vez, en esta ocasión el palo impacto en la cabeza del zombie, abriéndole una brecha que empezó a sangrar en una cascada de pus. El zombie miró a Pablo con aquellos ojos muertos, y lanzó un suave alarido que le heló la sangre. El joven descargó la madera una tercera vez, pero pareció que el zombie no notó el impacto en su hombro cuando el palo se rompió. El zombie cambió a una expresión furibunda y Pablo sintió miedo.

Perdone… ¿Sería tan amable de dejar de golpearme?

Los ojos de Pablo se abrieron como platos. ¿Cómo era posible? Los zombies no hablaban, Quedó paralizado unos segundos y, por fin, pudo articular una frase que salió en un balbuceo:

Pu… puedes hablar…

Bueno, veo que usted también. Temía que sólo supiera atizar con el dichoso palo. Ahora que sabemos que ambos hablamos… dígame caballero: ¿por qué diantres ha sentido la necesidad de aporrearme?

Eres humano – dijo ignorando la pregunta –… ¿no eres un zombie?

¡Por descontado que no!

Pablo se había equivocado, quiso que la tierra se le tragase.

Lo siento mu…

Yo soy un “No Muerto”.

¿Cómo dices?

Digo que no soy un zombie, soy un No Muerto.

¿Qué diferencia hay – empezó a decir Pablo sin creerse que realmente estuviera formulando aquella pregunta en voz alta –… entre un “zombie” y un “no muerto”?

Me temo que ninguna.

¿Entonces?

Es que “zombie” me parece ofensivo. Demasiadas afirmaciones hacen referencia negativa a esa palabra. Y verá usted: de la misma forma que no llamaría a un sudamericano “sudaca” delante de él (y espero que tampoco a sus espaldas), veo altamente innecesario llamarme “zombie”, ¿no le parece?

¿Supongo?

Le veo confuso, señor. ¿Le ha ocurrido algo fuera de lo normal hoy? De entrada no es normal ir aporreando a la gente, así que, sin duda, ha debido tener un día realmente duro…

Te golpeé porque pensé que eras un zom… un “no muerto”.

Pues le aseguro que eso me confunde aún más. No será uno de esos cabezas rapadas que golpean a los demás sólo por ser diferentes, ¿no?

¿Eh? ¡Oh, no, no! No soy un cabeza rapada. Pero además vi cómo te comías al perro.

¡Oh, cielo santo! ¡No me diga que el animal es suyo! ¡Lo siento de veras!

Nunca lo había visto…

Entonces, debo insistir en mi pregunta, aún a riesgo de poder parecer pesado… ¿qué motivo le ha impulsado a golpearme?

En realidad, no tenía motivo, creo…

¡Santo Dios! ¿Desde cuando es lícito golpear a una persona por la espalda mientras come? ¡Y sin una razón de peso! Perdone que se lo diga, caballero, pero esta sociedad está perdiendo todos los valores. ¡Dios mío, el mundo se desmorona!

Lo… lo siento. No me esperaba que pudiera hablar…

¿El hecho de no saber si puedo hablar le excusa? Vaya, los mudos deben tenerle a usted verdadero terror…

Pablo no podía dar crédito. Se sentía avergonzado de su actitud para/con el zombie. ¿Qué estaba ocurriendo? Sería algún tipo de alucinación. Se preguntó si alguien le habría echado algún tipo de droga en la bebida.

¿Eres creyente? – preguntó Pablo intentando salir de aquella situación – he notado que ha nombrado un par de veces el nombre de Dios.

Oh, no, es sólo una expresión, yo no soy creyente.

Claro, qué estupidez… ¿cómo va a ser creyente un zombie?

En realidad mi ateísmo no tiene nada que ver con mi mortaldad. De veras, tiene usted una fijación preocupante por los zombies. Debería hablar con algún especialista, quizá sufrió un trauma de pequeño. ¿Sabe si ha sido atacado por algún zombie?

Era increíble la velocidad con la que metía la pata compulsivamente.

Te pido disculpas.

No se preocupe. No soy rencoroso.

Pablo quedó pensativo un momento.

¿Le ronda algo por la cabeza?

Bueno sí, pero no quiero seguir metiendo la pata.

Pruébelo, ya no tiene nada que perder. Además, no nos conocemos de nada, así que no creo que volvamos a vernos.

¿Cómo es posible que un muerto viviente hable de la forma en que tú hablas? En las películas dais miedo.

Oh, el cine… ¿me permite un consejo? No haga caso a todo lo que ve en el cine. Según la industria cinematográfica, somos cadáveres que comen cerebros.

¿No coméis cerebros?

¿Sabe usted lo difícil que es matar a una persona, romper su cráneo y comerse su cerebro? No es como comer cangrejo… además personalmente soy “animalívoro”

¿Animalívoro?

Exacto, sólo como animales, los humanos se me repiten…

Esto es tan irreal…

Respire hondo amigo… le veo descolocado.

¿Y le parece algo raro? ¡Estoy hablando con un zombie! Acabo de salir de la discoteca, y me encuentro en un callejón oscuro, hablando con un cadáver, (no se ofenda). ¡Incluso pedirle a un zombie que no se ofenda me parece de locos!

Siéntese o acabará cayendo de bruces contra el suelo.

El zombie ayudó a Pablo a sentarse en el suelo. Luego se sentó junto a él de forma lenta y cadenciosa. De pronto, una rata salió de un agujero en la pared y el zombie la cogió al vuelo y empezó a comérsela. Pablo sintió que se le revolvía el estómago. El zombie le miró y miró a la rata. Se limpió la sangre fresca que le rodeaba la boca y su cara cambió a una expresión avergonzada.

Lo siento mucho, de veras. Mis modales y mi tacto parecen tan oxidados como mis articulaciones… ¿quiere un poco?

Eh… no, no quiero rata.

Buena idea, la rabia no es una enfermedad agradable. Pero es lo maravilloso de estar muerto. Puedo comer toneladas de estos animales, jamás enfermaré.

Es un poco asqueroso, ¿no?

¿¡Asqueroso!? Eso es imperdonable… dígame, señor, ¿ha probado alguna vez el sushi? ¿El carpaccio?

Sí…

¿Y en qué se diferencia comer ternera o pescado crudo a comer rata cruda? ¡Usted tiene muchísimos prejuicios! Deben de pesarle mucho…

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