LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “EL UNIVERSO EN UNA LÁGRIMA” (4 -FINAL-)

la_máquina_estilográfica

En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para leer las partes anteriores:

-Primera parte.-

-Segunda parte.-

-Tercera parte.-

Continuación…

Cuando los ojos grandes de Sara se abrieron, lo primero que vieron fue el rostro de Ernir delante de ella. Sus ojos zafiro mostraban preocupación en su extraña frialdad expresiva. Sara sintió como su corazón latía con más fuerza. ¿Quién era aquel ser? ¿Por qué le hacía sentir aquellas cosas tan intensas? Llevaba toda su vida soñando con él, y por alguna extraña razón ahora estaban juntos. ¿Estaría soñando? Lo dudaba y no tenía claro si prefería que aquella fuera una fantasía onírica o la maravillosa realidad.

¿Estás bien, mi amor?
Sara…
Perdona, no puedo evitarlo. Estamos conectados desde hace años, desde tu nacimiento. Mis labios tocaron tu frente, mi voz acarició tu oído y me instalé en tus pensamientos. Llevo tanto tiempo esperando a que el universo despertara dentro de ti… entiende que me cueste controlar las emociones.

Sara quedó pensando en aquellas palabras. Su intención era responderle de alguna forma brusca, pero recapacitó; la voz del elfo estaba llena de calidez, de dulzura. La amaba como nadie la había amado jamás.

Ernir… ¿a qué te refieres con que llevas mucho tiempo esperando a que el universo despierte dentro de mi?
Te prometí que te lo contaría todo – suspiró Ernir para buscar la mejor forma de contárselo –, mi mundo se muere. Los elfos estamos en peligro de extinción porque la fuente de la vida se ha secado. Sin la fuente de la vida, Sertmir, mi pueblo, empezará a marchitarse y todos los que vivimos allí, moriremos.
¿Por qué no os marcháis a otro sitio?
Los elfos sólo podemos sobrevivir en las tierras bañadas por la fuente de la vida, y Sertmir es el último lugar bañado por la fuente.
Y ¿por qué Ketleir quiere impedirlo? También es elfo…
Es un elfo oscuro. Su corazón corrupto, su magia negra, hacen que pueda sobrevivir. No necesita la fuente de la vida, pues renunció a su vida y a su alma.
¿Y los demás? ¿Por qué no os hacéis oscuros?
Sara, muchos de nosotros (por suerte, la mayoría) preferimos morir con pureza que vivir con oscuridad.
¿pero qué tengo que ver con eso? Yo no soy elfa…
La profecía dicta que la vida volverá a fluir de las lágrimas de aquella ajena a todo. Y que mi corazón pertenecerá a aquella que vuelva a hacer girar el universo. Hace treinta años nació la salvadora, tus lágrimas, contienen el universo entero. Tus ojos… tus hermosos ojos, no sólo sirven para que mi aliento se detenga, sirve para que todo lo demás se reanude.

Sara se sonrojó. No estaba acostumbrada a que nadie le dijera aquellas cosas. Ernir hablaba con un tono noble pero cercano. Era un príncipe, elegante y refinado, pero a la vez no se elevaba moralmente por encima de ella. Eran iguales a pesar de sus diferencias.

– empezó el elfo –, que no puedes amar a un elfo, que hasta hace poco no sabías que existíamos. Pensabas que éramos mitos. No te culpo, y no me importa, mi amor me hace feliz y si tengo que vivir eternamente con este amor no correspondido… será la inmortalidad más deliciosa de la historia.
Ya te amo…
¿Cómo dices?
Bueno, llevo toda mi vida soñando contigo. Tu rostro, tus ojos. La sensación que tenía en esos sueños era maravillosa. Te tenía presente mientras comía y mientras trabajaba. Cuando me mudé a Nueva York, temía dejar de soñar contigo, como si el cambio de aires fuera a hacer interferencias en esos sueños llenos de pasión contenida. De alguna forma, me enamoré de ti y durante años hemos mantenido una relación en un mundo paralelo que sólo tenía lugar por la noche. Me enamoré de un sueño que ha resultado ser una realidad. Es extraño, y tengo que asimilarlo, pero llevo deseando que fueras de verdad desde que tengo uso de razón.

Ernir se acercó a Sara y acarició con el reverso de su mano la mejilla de la chica de una forma tan suave que ella sintió como el vello se le erizaba. El elfo posó la mano en la mejilla de su amada y sin prisas, disfrutando de cada segundo y cada centímetro, se acercó poco a poco hasta que los labios de ambos se unieron en un beso mágico. Sara notó el tacto frío de la boca de Ernir, pero incluso en aquella frialdad, encontró un sentimiento lleno de matices. Sus ojos se cerraron y deseó que aquel beso durara eternamente. Los labios se acariciaban, y las lenguas se abrazaban felices por conocerse.

Espero no interrumpir…

Los enamorados dejaron de besarse y dirigieron sus miradas hasta el punto donde había sonado la voz. Allí, una columna de bruma azul eléctrica se acumulaba y empezaba a solidificarse componiendo una figura. Poco a poco, los brazos, las piernas y aquella cabeza con orejas puntiagudas de Ketleir se formaron. Sara no había visto aquel fenómeno todavía, y, a pesar de que pensaba que ya nada podría sorprenderla, aquello era una excepción. No podía creerse que los elfos pudieran convertirse en humo, que pudieran viajar arrastrados por el viento.

¿Pensabas que ibas a poder despistarme, Ernir? Esperaba mataros antes de que llegáseis aquí, pero me contentaré con hacerlo ahora.
¡Ketleir, déjame salvar nuestra tierra!
¿Nuestra tierra? Ese agujero lleno de cobardes no es mi tierra. Soy un nómada de los mundos mágicos. ¿¡Que te permita salvarlo!? ¿Y qué hacen los elfos en Sertmir mientras tú estás en este sucio mundo de mortales? ¡Que se salven ellos! ¿No te das cuenta? Únete a mi y conquistaremos los siete mundos.
Sabes que eso no ocurrirá jamás.
Lo sé – dijo Ketleir extendiendo el brazo. La mano del elfo oscuro empezó a brillar y la magia élfica hizo que en la palma de la mano estallara un fulgor de luz que se convirtió en una espectacular espada cuya hoja era recta, rectangular sin punta y de aleación élfica de color negro –… pero no cambia nada, con tu ayuda o sin ella, invadiré Sertmir y corromperé los espíritus de todos tus amados elfos. Mi ejército arrasará el mundo, y recordará a la horda de orcos que atacó la tierra media.

Ernir imitó a Ketleir extendiendo su brazo, y al igual que su enemigo, hizo que en la palma de su mano apareciera una espada. El arma de Ernir brillaba con belleza, era elegante y de un color plateado que parecía un espejo. A simple vista parecía que aquella espada no pudiera rivalizar con la brutalidad del arma del elfo oscuro.

No quiero matarte Ketleir, por la amistad que nos ha unido durante tantos años. Pero si amenazas a mi pueblo, acabaré con tu miserable vida corrupta.

Ketleir no respondió, y se lanzó al combate blandiendo la espada. Sara se sorprendió con la velocidad del elfo oscuro. Ernir alzó su espada poniéndola en horizontal para detener la acometida de su rival. El sonido de las hojas al chocar resonó en aquel lugar con un eco estremecedor. Ketleir lanzó una serie de estocadas contra Ernir que detenía todas sin esfuerzo. La pose del elfo oscuro dejaba clara su naturaleza brusca y bárbara, mientras el príncipe se mantenía recto y no perdía su elegancia en ningún momento. De pronto, Ernir cambió el ritmo de aquel ataque y tras esquivar una brutal descarga de Ketleir, golpeó con la empuñadura el rostro del elfo oscuro. La mijilla de Ketleir empezó a sangrar con in icor azulado.

Siempre has sido demasiado impetuoso, Ketleir. Luchas como un salvaje, y como un salvaje piensas que la fuerza es tu mejor aliada.
¡No me des lecciones!

Atacó de nuevo a Ernir, que le esquivó y le golpeó el vientre con la rodilla. El elfo oscuro quedó de rodillas en el suelo tosiendo e intentando respirar. El golpe del príncipe había sido violento y el aire se le escapó por completo de los pulmones.

No te doy lecciones, Ketleir. Ya no… te he dado muchas oportunidades. Te he permitido volver a ver la luz demasiadas veces, y todas ellas las has rechazado. Has amenazado a mi pueblo y lo peor de todo, has amenazado a la mujer que amo.

Ernir posó la hoja de su espada en el cuello de Ketleir. Éste miró a la humana que contemplaba la escena horrorizada.

¿Vas a matarme con tu humana mirando? ¿Vas a ser un asesino a ojos de tu amada mortal?

Ernir miró a Sara con ojos aterrados. Tenía razón, si mataba a Ketleir delante de ella sería un asesino. No podía permitirse ese lujo, no podía perder el respeto de Sara. Sus ojos lo miraban y Ernir se preguntó qué estaría pensando.

¡Te vas a convertir en un asesino delante de tu amada!

Ernir apartó la espada y Ketleir se levantó de un salto y golpeó brutalmente el rostro del príncipe con un puñetazo que le lanzó a suelo. Del labio de Ernir empezó a manar un hilo de sangre roja.

¡Heroes! ¿Por qué sois tan predecibles? Deberías haberme matado, porque ahora, tu querida humana va a sufrir las consecuencias de tu decisión.

Entonces, Ketleir se volvió bruma, se mantuvo suspendido en el aire y ante el rostro aterrado de Ernir, se lanzó en dirección a la humana. Sara abrió la boca asustada y el humo élfico aprovechó para introducirse dentro de ella. El cuerpo de la mortal empezó a brillar y sus ojos se volvieron negros perdiendo el marrón verdoso de sus pupilas.
La mujer se levantó y empezó a andar de una forma masculina y tosca. Sonreía con frialdad y su rostro lleno de dulzura había mutado a una crueldad aterradora. Las palabras de Ketleir salieron de los labios y la voz de Sara:

¿Ves, Ernir? Tendrías que haberme matado.

Cuando estuvo cerca del elfo, le dio un punta pie en la barbilla. Al hacerlo, Ketleir sintió una punzada de dolor en la cabeza y tuvo que llevarse las manos a la cabeza. Se sacudió para librarse del dolor.

Pobre, pobre, Ernir… apalizado por el amor de su vida – Sara se agachó y recogió la espada negra –. Tranquilo, esta tortura acabará pronto.

Alzó el arma por encima de su cabeza. Ernir cerró los ojos. No podía atacar a Ketleir mientras estuviera dentro del cuerpo de Sara. Prefería morir que atacar a aquella imagen. Había fracasado, su misión había fracasado. Se disculpó con todo su pueblo y con Sara, por haberla metido en aquello. Ketleir le mataría a él, y luego mataría a su amada Sara.
Aquel pensamiento, la imagen del elfo oscuro arrebatándole la vida a Sara, hizo que su corazón se desquebrajara. Ketleir descargó la espada contra la cabeza de Ernir, pero se detuvo a pocos centímetros. El elfo alzó la mirada y vio el filo de la hoja negra a escasos centímetros de su rostro. La espada temblaba y el rostro de Sara estaba rojo del esfuerzo que Ketleir estaba ejerciendo para bajar el arma. Las sienes de la mujer estaban ocupadas por venas latentes y el tabique de su diminuta nariz se arrugaba por la fuerza que su cuerpo estaba haciendo.

¿Qué… ocurre? No… puedo.
¡no le matarás!” – la voz de Sara sonó con un eco suave – “¡no lo permitiré!
¿Cómo… lo has… hecho?
¡No matarás a Ernir!

Ernir miraba la escena asombrado. Sara había sido capaz de mantener su voluntad. Había resistido la posesión. Ketleir había ocupado su cuerpo, pero no había podido ocupar su consciencia.
La espada seguía temblando por el esfuerzo evidente que estaba haciendo Ketleir por tocar a Ernir con la hoja afilada del arma negra. El príncipe elfo se levantó tranquilamente y la mirada de Ketleir a través de los ojos de Sara le seguían.

Me das pena, Ketleir. Acostumbras a juzgar a todo el mundo. “Los cobardes de nuestra raza” y “los sucios mortales” ¿Sabes lo mejor de todo? Que siempre te equivocas.

Ernir le quitó el arma de las manos ayudado por la consciencia de Sara que aflojó sus manos. Cuando se hizo con ella la tiró al suelo oyendo el ruido metálico al impactar en la superficie pétrea. Sara empezó a reír, pero aquella risa pérfida no correspondía a la dulce voz de la mujer.

¿En serio crees que necesito un arma? ¡Soy Ketleir, rey de los elfos oscuros! Y juro por mi honor que te destruiré, de una u otra forma.

Sara empezó a brillar de una forma amenazadora. Su cuerpo emitía un fulgor blanquinoso.

¡Despídete de tu amada!
¡Ernir, quema!

Y de pronto un fuerte estallido invadió el lugar y lanzó por los aires al príncipe elfo que dio de bruces contra el suelo después de salir despedido a más de seis metros. Perdió la consciencia unos instantes, y cuando la recobró, abrió los ojos de golpe y sólo pudo pensar en Sara. Le daba igual todo lo demás, sólo le importaba lo que le habría ocurrido a Sara. Su corazón sintió una angustia ensordecedora que le obstruía la garganta. Se levantó a toda prisa y empezó a mirar a su al rededor con la cara desencajada. Allá donde mirara veía el desierto subterráneo.
Los potentes oídos de Ernir percibieron un leve sonido, un susurro débil. “Ernir…” era la voz de Sara. El elfo empezó a correr en la dirección correcta y vio que la voz de su amada provenía del profundo cráter. Ernir quedó en el borde del profundo agujero y pudo ver a Sara tumbada boca arriba en el centro. Bajó corriendo con el pecho desbocado y se deslizó sobre sus rodillas para quedar junto a su amada. Tenía el rostro lleno de heridas que sangraban profusamente. La ropa de la humana estaba completamente ensangrentada.

Ernir…
Mi amor…

Sara tosió y su rostro se contorsionó en una mueca de dolor.

Lo siento mucho Sara. No debería haberte traído, nunca debería haber venido a ti.
Habrías muerto…
Prefiero mi muerte a la tuya.

A Sara le costaba respirar y hablaba con dificultad.

Si no hubieras venido… no te habría conocido.
Quizá eso no habría sido tan horrible. Habrías vivido, habrías encontrado el amor y tu vida estaría a salvo.
Ernir… he podido encontrar el amor en multitud de ocasiones – hizo una pausa para toser –… pero recordaba un sueño… un amor real y a la vez ficticio… tú presencia, aún en sueños hacía que todos los demás hombres quedaran eclipsados. – sus ojos empezaron a humedecerse – y mi vida nunca habría estado a salvo, sin conocer la sensación de encontrarte. Gracias por venir, príncipe Ernir…

A Ernir se le saltaron las lágrimas y cayeron en la mejilla de su amada que se había empezado a bañar con lágrimas propias. El líquido de ambos se unieron y empezaron a caer al suelo. Cuando las lágrimas de los dos hicieron contacto con la tierra, ésta empezó a temblar. Ernir miró a un lado y a otro, y no comprendió que pasaba, volvió a mirar a Sara cuyos ojos se habían cerrado y su respiración detenido. Ernir estalló en un llanto desconsolado y se abrazó a su querida Sara. No podía aceptar ni creer que se hubiera marchado. A pesar de lo que le había dicho la humana, seguía sintiéndose culpable por lo que le había ocurrido.
El temblor se hizo más intenso y de repente, el suelo estalló liberando una serie de columnas de agua al rededor de los enamorados. El agua empezó a caer en una lluvia agradable y Ernir levantó a Sara del suelo. El cráter empezó a llenarse ante el asombro del príncipe. No tardó el agua en cubrirle hasta la cintura y dejó a Sara flotando en la superficie mientras él la acompañaba ascendiendo poco a poco con el nivel del agua hasta que el cráter se hubo llenado por completo.

Lo has conseguido mi amor.

Ernir sintió profundamente que Sara no viviera para ver cumplida aquella misión. El desierto subterráneo empezó a brillar y del suelo agrietado por el calor comenzó a brotar la hierba. El lugar se bañó de verde y luz. Los árboles crecieron gracias a la magia, y poco a poco, aquel núcleo desprovisto de vida, se volvió un edén subterráneo.

Es hermoso…

El cuerpo de Sara se iluminó y empezó a perder su consistencia hasta que desapareció en un brillo contenido pero cegador. Y en el aire, justo encima de él, un punto de luz apareció agrandándose hasta crear una circunferencia del tamaño de una naranja. Y pronto la figura de Sara apareció en una imagen etérea. Vestía un vestido de una tela parecida a la seda. La ropa brillaba al igual que toda su figura.

Ernir, no te sientas mal…
No entiendo nada.
Yo ahora lo entiendo todo. El universo no se encontraba en mis lágrimas, si no en las lágrimas de ambos, en nuestro amor. La fuente de la vida se ha llenado y yo viviré en ella para toda la eternidad.
No quiero que nuestro amor perdure así.
El amor no es físico Ernir, aunque no podamos tocarnos, nuestro amor viajará con nosotros allá dónde vayamos. Prométeme una cosa: vive la vida por mi.
Te lo juro mi amor.

Acto seguido, Sara desapareció como si jamás hubiera existido. Ernir escuchó una tos grave y entrecortada cerca de allí. Salió del agua y se aproximó al lugar del que provino el ruido. Sobre la hierba, Ketleir sangraba abundantemente, y se debatía entre la vida y la muerte. Su rostro lleno de cecatrices estaba cubierto de la sangre azulada característica de los elfos oscuros.

Sigues vivo…
No… no por mucho tiempo.
Incluso ahora, no te deseo la muerte.
Sigues… sigues siendo débil Ernir… no deberías… no deberías perdonarme la vida.
No te equivoques, Ketleir. Lo que has hecho es imperdonable. Has atentado contra nuestra raza, y has matado a la mujer que amaba. No te deseo la muerte, pero tampoco pienso ayudar a que vivas. Cada uno se labra su destino, y el tuyo es abandonar el mundo. Mira a tu al rededor viejo amigo – Ernir sonrió con tristeza –. Te has empeñado en corromper a nuestra raza y has olvidado por qué somos seres puros. Este lugar, su belleza y la belleza de las razas de los siete mundos. Despreciabas a los humanos, y ha sido una humana la que te ha vencido. Te compadezco Ketleir, crees que eres el rey de los elfos oscuros, pero ser el rey de una raza inexistente es como no ser nada. Muere con ese convencimiento, el convencimiento de no ser nada.

Ernir le dio la espalda y empezó a alejarse.

¿¡Y tú qué eres, Ernir!? ¿¡El príncipe de los elfos!?
No… yo simplemente soy libre. ¿Y tú? ¿Lo eres?

-Fin-

Os recuerdo que este relato es el premio de Sara Armenteros, tras ganar el concurso que publiqué el mes pasado en mi página de Facebook. Espero que te haya gustado.

Anuncios

¡Coméntame!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s