LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “EL UNIVERSO EN UNA LÁGRIMA” (3)

la_máquina_estilográfica

En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para leer las partes anteriores:

– Primera parte. –

– Segunda parte. –

Continuación…

Los sentimientos de los elfos desprendían un olor peculiar, o quizá sería más correcto decir que el cuerpo de los elfos desprende olores en cada uno de sus sentimientos. Olores imperceptibles para los humanos, pero el elfo oscuro husmeaba el aire neoyorquino y sus ojos negros desprovistos de pupila empezaron a brillar con una excitación sádica. Su sonrisa pérfida mostraba unos colmillos afilados amenazadoramente. Su piel tomaba un color canela y parecía estar cubierta de cicatrices. La cara afilada, llena de esas grietas protuberantes, era tan hermosa como la del príncipe, y aquella maldad le otorgaba un atractivo frío y arrebatador. Su pelo blanco reluciente, brillaba bajo la luz de la luna llena. Ketleir abrió las fosas nasales de su afilada nariz que apuntaba hacia el cielo y, aspirando profundamente, pudo notar el contraste de olores de la ciudad y de aquel callejón en el que se encontraba. Su concentración le permitió ignorar el olor a orina y el de la polución reinante y en cambio volcó su sentido en el olor dulce y afrutado del amor.
Ketleir siguió el halo de perfume que se elevaba cruzando las finas columnas de vapor que manaban de las alcantarillas. Al elfo le pareció absurdo que alguien con su clase y de la clase de Ernir, seres divinos, ¡dioses entre mortales! Tuvieran que andar por aquellas sucias y bárbaras tierras. Ketleir miró hacia una ventana en la que se proyectaban leves sombras en movimiento. Eran dos figuras, pudo ignorar una de ellas, pero la otra, podría haberla reconocido incluso con los ojos cerrados. Aquella silueta alargada, sin duda, era su antiguo amigo. El elfo oscuro empezó a susurrar unas palabras en su idioma natal mientras miraba al suelo y bajo sus pies, empezó a girar el aire en un pequeño torbellino que le comenzó a alzar en el aire.
Ernir notó como el viento cambiaba de dirección y la energía de Ketleir se alzaba a tan pocos metros de distancia que le resultaría difícil escapar. Le extendió la mano a Sara que percibió la angustia y algo parecido al terror en el rostro del intruso y supo que debía dejar sus dudas aparcadas. Tomó la mano del elfo y le sorprendió la frialdad del tacto; la piel de Ernir parecía un témpano de hielo. Sintió el impulso de apartarla por la sorpresa, pero se contuvo. El ser le sonrió al entender que se había controlado para no perder un tiempo valioso.

Está aquí, y ahora debes hacerme caso.

Sara asintió a pesar de que no tenía ni idea de lo que significaba aceptar aquella condición.

¿Tienes miedo a las alturas, Sara?

No…

Es un alivio…

Y eso, ¿por qué?

Cuando Sara hizo aquella pregunta, la cabeza de Ketleir había llegado a la altura de la ventana. Parecía como si el elfo hubiera ascendido en un elevador invisible. Ernir miró a su enemigo, y luego miró a su amor que tenía los ojos abiertos como platos. Entonces la humana notó algo extraño en la habitación, el aire se movía, o quizá era ella, no podía asegurarlo. Pero vio como el pelo de Ernir y el suyo propio empezaban a flotar y a moverse enérgicamente y después, con un fuerte tirón que el elfo hizo de su mano, la arrastró hacia la ventana y ambos saltaron a una velocidad que Sara casi no pudo ver como Ernir golpeaba a Ketleir con su puño y lo lanzaba con violencia a un contenedor de basura que había en el callejón. Sara y su compañero alzaron el vuelo surcando el cielo de Nueva York. Si no hubiera sido por la estupefacción de la humana, y su terror al hecho de que volaba cogida tan sólo de la mano de un extraño hombre; podría haberse maravillado con la belleza de aquel paisaje. Nueva York se encontraba iluminada con aquel contraste de edificios negros y puntos luminosos de amarillos y naranjas. El agua que rodeaba a la ciudad se tenía de pequeños fulgores reflejados y la luna llena era enorme, la más grande que Sara hubiera visto jamás.

¿¡Estás bien!?

El fuerte torrente de aire que golpeaba contra ellos al desplazarse les obligaba a alzar la voz. Y los ojos de la mujer se mantenían cerrados por la fuerza del viento.

¡No puedo abrir los ojos!

¡Tranquila cielo, enseguida desciendo! ¿¡Estás bien!?

¡Sí, pero no vuelvas a llamarme “cielo”, me llamo Sara!

Ernir sonrió ante aquel comentario. Incluso en una situación como aquella, seguía manteniendo su carácter intacto. No tenía miedo, y si lo tenía, no lo mostraba. Acababa de ver un elfo oscuro y había sido arrastrada por una ventana. Volaba a varios metros de altura, a pesar de que no podía verlo por su falta de costumbre a aquella velocidad, y aún así, se mostraba imperturbable.

¡¡¡Eeeeernir!!! – la voz grave, como de ultratumba fue lo único que alteró a la chica. Sonaba como un rugido furioso. Sara intentó ver que ocurría pero sus párpados seguían pegados por el viento. A pesar de aquella incapacidad, entendió que se trataba del ser maligno que había visto hacía poco –, ¡¡¡Eeeeernir!!!

El príncipe elfo atrajo a Sara hacia él, rodeando su cintura con su cuerpo y la mujer notó el fuerte torso de Ernir. Lo abrazó, pues entendió que aquella era la mejor forma de estar a salvo. Le resultó curioso sentir que, a pesar del tacto frío de su piel, Ernir emitía una calidez extrema. En el refugio del torso del elfo, Sara pudo abrir los ojos y ver que estaban paralelos al suelo y que a los pies de Ernir, a una distancia cada vez menor, Ketleir volaba con los brazos pegados a sus costados.

¡¡¡No pienso permitir que lleves el universo a la fuente!!! ¡¡¡Te mataré a ti y a esa furcia humana, si es necesario!!!

Sara sintió deseos de golpear a aquel ser nauseabundo. ¿Quién era él para insultarla? Pero entendió que aquella batalla se le escapaba de las manos.

¿¡No vas a parar, Ernir!? ¿¡No vas a entregarme a la mortal!? ¡¡De acuerdo, entonces tendré que deteneros yo mismo!!

Ketleir flexionó el brazo y abrió levemente el puño encorvando los dedos en una garra. Sara vio, o le pareció ver, como en la palma de su mano, atrapado entre sus dedos, se acumulaba una pequeña bola de energía. Entonces, el elfo oscuro extendió el brazo brúscamente en dirección a ellos y la bola salió disparada con furia. Sara gritó a Ernir para que tuviera cuidado, pero el príncipe ya había esperado aquel ataque. Torció el cuerpo para girar a la derecha y la bola de energía pasó rozándoles. Entonces, Sara vio en su mente una imagen suya sujetándose con más fuerza a Ernir y, sin saber por qué, imitó a su imagen mental. Ernir hizo que Sara se situara a su espalda, y ésta rodeó el pecho del elfo con sus brazos mientras sus piernas se convertían en un cinturón al rededor de las caderas del príncipe mágico. Entonces Ernir se detuvo en seco extendiendo sus brazos y se quedó parado en el aire. Sus manos empezaron a verse rodeadas por pequeños tornados y todo fue tan rápido que a Ketleir no le dio tiempo a reaccionar. Ernir lanzó contra su enemigo varios torrentes de aire, apuntándole con la mano derecha, las fuertes corrientes impactaron en él y lo desestabilizó. Entonces Ernir juntó las manos y Sara, por encima de los hombros del elfo, pudo ver como un fuerte tornado horizontal surcaba el espacio entre ellos y Ketleir.
El elfo oscuro fue arrastrado por la corriente giratoria y Ernir aprovechó para retomar la marcha con más velocidad aprovechando el despiste de su enemigo. Sara volvió a cerrar los ojos víctima de la rapidez del vuelo, pero notó como descendían por la presión que se agolpaba en su frente. La sangre se acumulaba en su cabeza por la posición en la que se encontraba. Sintió como se mareaba, sus ojos le ardían y le latían las sienes, y cada vez notaba el mundo más lejos, los sonidos llegaban a ella de forma casi onírica. Tenía miedo de desmayarse, pero no podía hacer mucho por evitarlo.
Con un último esfuerzo, Sara consiguió abrir los ojos y sintió un profundo terror al ver como se acercaban al suelo peligrosamente. Quiso gritar, quiso soltarse de aquel majadero que no hacía más que ponerla en peligro. Miró la cara de Ernir y su expresión era pétrea. Entonces, entendió que aquel era el fin, se resignó pues, a diferencia del elfo, ella no podía volar, y no podía salvarse. Cerró los ojos con fuerza, como si intentase amortiguar el golpe, pero aquel golpe nunca llegó. Sara volvió a abrir los ojos y vio como atravesaba el suelo, era extraño, difícil de explicar, simplemente veía el asfalto por dentro, como si estuviera en él, ¡como si fuera parte de él! Más tarde pudo ver la tierra de la misma forma, y llegaron a las cloacas, cuyas paredes también atravesaron. Sus ojos se cerraron de nuevo, pero esta vez, fue la desconexión de su consciencia la que le obligó a hacerlo.
Sara no pudo ver como, con su forma gaseosa, fueron más allá de los túneles del metro, y cómo, en lo más profundo de la tierra, allá donde los mitos hablan de un núcleo ardiendo, se encontraba el lugar más extraño que nadie hubiera visto jamás. El verdadero núcleo de la tierra, un submundo reducido, un pequeño planeta dentro del planeta. Un desierto de piedra que en el que no se sentía ni calor ni frío. Ernir posó con suavidad a Sara en la tierra que había frente a un profundo cráter y la miró con dulzura. Era hermosa, y por fin estaban a punto de cumplir la profecía, el universo de sus lágrimas volvería a la fuente de la vida.

Anuncios

¡Coméntame!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s