LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “EL UNIVERSO EN UNA LÁGRIMA” (2)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para leer las partes anteriores:

Primera parte.

Continuación…

El otoño había llegado a Nueva York con sus matices mágicos. Los árboles de Central Park se teñían de un color ocre que otorgaba a aquel paisaje una belleza difícil de describir. Sentada bajo un árbol, Sara dibujaba en su cuaderno, distrayéndose de vez en cuando con los niños que jugaban a pelota. Tenía treinta años y había cumplido su sueño de vivir en la gran manzana. De cría soñaba con pasear por Times Square y asistir a un musical en Broadway.
Se había convertido en una mujer atractiva de ojos marrones que se bañaban en verde cuando el sol se reflejaba en ellos. Su pelo oscuro y liso enmarcaba una cara larga de nariz respingona que le otorgaba una dulzura inusitada. Sus labios eran finos y hermosos, y nunca se los pintaba pues recordaba el comentario de un amigo que le dijo que la natural era la forma pura de la belleza. Compaginaba el sueño de vivir en Nueva York con su otra pasión, el maquillaje. Su objetivo era montar un estudio, pero para ello, necesitaba seguir trabajando duro. Tenía buenas ideas, y acostumbraba a sentarse en aquel mítico parque a crear diseños nuevos y rompedores.
Un leve trueno le sacó de su ensimismamiento y comprendió que era el momento de regresar a casa. Compartía piso con una chica llena de vitalidad. Era afroamericana y a menudo, Sara practicaba con ella sus nuevos diseños. Sara conoció a Shantal en un chat internacional antes de viajar de Barcelona a Nueva York para dejar su vida atrás. El rostro de Shantal era hermoso en su totalidad. Sus ojos grandes, redondos y negros con espesas pestañas solo eran el comienzo. Su nariz, característica de sus raíces étnicas le otorgaban personalidad, y sus gruesos y perfilados labios eran deseados por cualquier hombre que los mirase. El color de su piel era de un tono chocolate lleno de sensualidad, sensualidad que acompañaba su cuerpo grueso y lleno de curvas exuberantes. Sara quería con locura a su amiga por la personalidad arrolladora que poseía. Era desenfadada, sincera y no le importaba lo que los demás pensaran. Era un buen contraste con la actitud decaída que Sara tenía cuando llegó a la ciudad hacía un año. Pero sin duda, el optimismo se contagiaba, y Shantal había sembrado la semilla de aquella actitud suya en su compañera de piso.
Mientras volvía a casa, cerca de la Grand Central Station, un piso pequeño pero que ella adoraba como todo lo que había en aquella ciudad. Y, después de todo, no estaba demasiado tiempo en casa, así que le daba igual el tamaño. Tenía dos habitaciones, que eran justo las que necesitaban, y el salón, a pesar de que no cabían demasiados muebles, tenía el tamaño necesario para reunirse con los amigos para hacer sus amadas cenas japonesas. “¿Qué tendrá preparado hoy la loca de Shantal?” pensaba, llamaba cariñosamente “loca” a su amiga, pues siempre la decía que en una época llena de negatividad, ella parecía una loca a ojos de los demás. La primera vez que le dijo aquello, Shantal le comentó que entonces “loca” era un maravilloso halago. Cada viernes, la chica preparaba la cena, era una norma exquisita que tenían en aquella casa. Al menos un día a la semana se juntaban ambas amigas solas para comentar la semana. No se veían demasiado, Sara estaba muy ocupada maquillando en sesiones para darse a conocer, y Shantal estudiaba historia del arte y trabajaba como camarera en un restaurante de Harlem para pagarse la carrera. Al principio, cuando empezaron a hacer aquellas cenas, cada una preparaba un plato típico de su tierra natal. Pero pronto llegó el momento en el que pedían aquellos platos que tanto les había gustado a la una de la otra. Sara le pedía a Shantal sus deliciosos Mac and cheese, unos macarrones con queso que a Sara la volvían loca. Shantal, por su lado, le pedía a Sara sus originales albóndigas con cocacola. La primera vez que la chica las hizo, su compañera de piso puso una cara de desconfianza, pero cuando las probó se enamoró automáticamente de aquel sabor. No era una receta suya, un amigo de Barcelona se las había enseñado a hacer porque, al igual que a Shantal, la encantaban.
Pronto llegó al portal del bloque de pisos donde vivía. Le encantaba, sin duda, merecía la pena vivir allí por ver cada día aquella fachada. Subió las escaleras, pues no le gustaba ocupar el ascensor. En el último piso vivía un hombre que iba en silla de ruedas y le gustaba saber que no sería ella la que le impediría usar el elevador. Ella vivía en el cuarto piso y ya estaba acostumbrada a subir aquella escalera de caracol con escalones color lavanda asestada de ventanas que filtraban la luz dorada del otoño. Todo en aquel lugar era motivo de inspiración. Un mes antes había diseñado un maquillaje inspirado en, precisamente, aquella luz. La diseñadora que la contrató quedó maravillada con la frescura de aquella chica catalana.
Cuando sacó las llaves del bolso para abrir la puerta, ésta se abrió de golpe y Shantal la cogió del brazo gritando y riendo sin parar. Sara, que estaba acostumbrada a que su amiga la sorprendiera con aquellos ataques de alegría se dejó arrastrar al interior del piso. Shantal llevó a Sara al salón y la empujó para que cayera sentada en uno de los pufs marroquíes que habían comprado ya que no podían meter sillones en aquella adorable caja de zapatos. Shantal daba saltitos y sacudía las manos emocionada. Sara se limitó a mirarla sonriente, dejándola que se expresase libremente. Su amiga tenía veintisiete años y a pesar de ser una chica realmente madura, su espíritu era joven y se resistía a crecer.

¡Shantal! – dijo Sara riéndose – ¿Me vas a contar qué te pasa?
¡He aprobado, he aprobado!

Shantal había hecho los exámenes finales de historia del arte.

¡Felicidades!
¡Soy licenciada, cielo, licenciada!

Y volvió a dar saltitos y a emitir gritos agudos. Hasta que se dejó caer en el puf marroquí que había al lado de su amiga. Respiraba profundamente debido al esfuerzo.

¿Se lo has dicho a Will?

Shantal no respondió y Sara entendió que había hecho una pregunta que no debía.

Shantal, ¿todo bien?
El muy cerdo se ha liado con su ex.
Lo siento mucho cariño.
¿Sabes lo que te digo? Que le jodan, hoy es nuestra noche y quiero que celebremos mi licenciatura.

Sara admiraba a Shantal. Su actitud. Había visto a mucha gente que usaba el optimismo como máscara para ocultar su desdicha, pero ella no, aquella mujer era optimista de verdad. Se levantó y corrió a la cocina.

¡Tengo una sorpresa!

Sara no se había percatado hasta aquel momento de que todo el piso olía a los mac and cheese de Chantal. Sus ojos se cerraron y no pudo ni quiso evitar un suspiro de placer.

¡Ya huelo tu sorpresa! – gritó Sara para que su amiga le escuchara – ¡huele genial!
Oh, no es esa. Es algo que sé que te encanta…

Shantal salió de la cocina pidiéndole a su amiga que cerrara los ojos. La catalana le hizo caso y la afroamericana le dejó un plato en el regazo y cuando Sara abrió los ojos vio un pedazo de tarta de zanahoria.

¡Shantal! ¿Lo has hecho tú?
Sé lo que te gusta, y aunque no deberías comer nada ahora, ¡qué narices! Pruébala.

Estaba deliciosa. A Shantal se le daba muy bien la cocina. Llevaba cocinando desde los nueve años. Y hasta el momento, Sara no había probado nada cocinado por ella que no le hubiera parecido exquisito. Pero la tarta de zanahoria parecía de otro mundo.
La noche pasó entre risas, comida y copas de vino. Brindaron por la licenciatura de Shantal y por, según palabras textuales de la chica: “¡los cerdos que se acuestan con sus ex!”. La velada había sido inolvidable, como todas las que pasaba con Shantal. Cuando se fue a dormir, tras recoger y limpiar los platos, dejó a Shantal disfrutando de su última copa de vino y un nuevo pedazo de tarta.
Entró en su cuarto, estrecho, con una cama de metro cincuenta y una ventana que acostumbraba a abrir para que la brisa se filtrara y le ayudara a dormir más cómodamente. No tardó en quedarse dormida, y aquella noche, como casi todas las noches desde su infancia, soñó con el extraño personaje. En el sueño, una gota caía en un charco que empezaba a ondularse con un fulgor mágico. Y en medio de las ondas, un ser alto y estilizado, con los ojos sin pupilas, el pelo largo y unas orejas puntiagudas. Con su ropa majestuosa y una cara esculpida en belleza, aparecía como si levitase por encima de la superficie acuática. Extendía su mano y Sara sentía como se aproximaba a ella. Su expresión calmada de pronto se volvía dura y empezaba a gritar pero ella no escuchaba nada, sólo le veía mover los labios en una mudez desesperante. Entonces él empezaba a zarandearle y a mover los labios pero, en aquella ocasión, Sara podía leer en aquel movimiento su propio nombre. Aquella noche, sin embargo, algo cambiaba en el sueño que había repetido durante años, la voz del extraño hombre se volvió sonora y sentía como exclamaba su nombre. “¡Sara!” Escuchaba, y volvía a repetirse una y otra vez.

– ¡Sara, despierta, corres peligro!

La joven despertó en el piso, y vio la cara del hombre de sus sueños justo delante de ella de pie junto a la cama. Saltó de un respingo y se quedó sentada con la espalda apoyada en el cabecero de la cama, se tapaba instintivamente con la sábana, como si temiera que el intruso viera su torso, a pesar de estar cubierto por una camiseta. Respiraba con agitación al ver a aquel ser allí. ¿Cómo era posible?

¿Quién eres? ¿Qué quieres?
No hay tiempo, Sara, tienes que venir conmigo.
¿¡Quién eres!?

Él suspiró, y al entender que no conseguiría sacarla de allí, decidió ceder:

Mi nombre es Ernir, soy el príncipe de los elfos.
¿De qué manicomio te has escapado? ¿Cómo has entrado aquí? Ahora me dirás que te has teletransportado…
En realidad, he subido por la escalera de incendios – dijo Ernir señalando a la ventana –, es peligroso dormir con la ventana abierta. Podría colarse algún psicópata.

Sara miró al teléfono móvil que descansaba en la mesilla de noche.

Vamos, Sara, si fuera un asesino, no te dejaría llamar a la policía delante de mi. No hay tiempo para esto, sabes que es cierto, llevas soñando conmigo desde que tienes uso de razón, e incluso antes de tenerla, ya lo hacías, sólo que no lo recuerdas.

Sara sabía que aquello era cierto. Pero no entendía lo que ocurría. ¿Cómo iba a creer que estaba hablando con un príncipe élfico en su piso de Nueva York? Aunque no conocía a mucha gente cuyos ojos fueran totalmente azules, o sus orejas parecieran puntas de flecha. Y aquel pelo, incluso aquel pelo era sobrehumano.

¿Qué quieres de mi?
Protegerte, y llevar el universo a la fuente de la luz.
¿El universo?
El universo que se esconde en tus lágrimas. Por favor, si quieres que te lo explique, si quieres que tu amiga no sufra, ven conmigo.

Ernir extendió su mano. Y Sara la miró. No sabía qué hacer. Por algún motivo creía al intruso, pero ¿ir con él? No era fácil.

Dime ¿por qué debería de sufrir Shantal?
Ketleir…
¿Qué es Ketleir?
Ketleir es… era mi amigo. Pero pronto la oscuridad le dominó, y… Sara, te explicaré todo, pero esto es urgente. Tenemos que irnos, ahora.

Sara no pensaba aceptar sin que le diera explicaciones, pero pensó en Shantal, y en que la amenaza parecía real. No sabía cuanto había de cierto en todo aquello, pero por lo que estaba viendo, un elfo oscuro se dirigía hacia allí, y su amiga corría peligro.

De acuerdo… pero prométeme que Shantal no correrá peligro.
Puedes estar tranquila – dijo Ernir aliviado porque la humana aceptara – Ketleir nos seguirá a nosotros. Quiere impedir que el universo llegue a la fuente de la luz. Tú y yo correremos peligro, tu amiga estará a salvo, y te prometo por mi honor, que tú también lo estarás.

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