LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “EL UNIVERSO EN UNA LÁGRIMA” (1)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

NOTA: la protagonista de esta historia está basada en Sara Armenteros, ganadora del concurso que publiqué hace dos semanas en mi página de Facebook.

Inicio…

El príncipe elfo convertido en bruma se deslizó por debajo de la puerta del paritorio. Se materializó delante de los médicos y la madre que hacía esfuerzos para dar a luz. Nadie lo veía, pues los humanos adultos no podían percibir a las criaturas mágicas. Su falta de fe les había arrebatado esa facultad. De no ser así, habrían podido ver el rostro más hermoso que la naturaleza hubiera esculpido, su pelo largo y espeso le caía en una melena blanca que le llegaba hasta los riñones. Sus orejas puntiagudas eran hermosas en su extrañeza y sus ojos, exentos de pupilas tenían un tono azul zafiro, aquel color era la seña de identidad de su familia.

¡Respira querida, respira! ¡Lo estás haciendo muy bien!

El elfo miraba al hombre que acababa de hablar. Era joven y bajo su nariz descansaba un poblado bigote castaño que le otorgaba una edad que no le correspondía. La boca del príncipe se curvó en una sonrisa al sentir la pasión del hombre. Cualquier otra persona solo vería un marido nervioso por el nacimiento de su primera hija, pero él, Ernir, último príncipe de la raza de los elfos, hijo de Regvar, veía el amor y la ilusión que el humano desprendía por cada uno de los poros de su piel. Aquel amor anonadaba a Ernir que torcía la cabeza en un ademán de pura atención.
Se mantenía junto a la pared, observando aquel espectáculo natural. Se apartaba de las enfermeras cuando intentaban pasar, a pesar de que cualquier humano que entrara en contacto con él, le atravesaría como atraviesan el aire que respiran. No le gustaba cuando eso pasaba, le hacía sentir extraño, como un fantasma que en realidad no estuviera ahí. Aquellos pensamientos le habían llevado a protagonizar discusiones con su padre. Pero a sus escasos quinientos años, era un joven lleno de principios.

Un último esfuerzo.

Ernir miró a la madre que apretó con todas sus fuerzas. La mujer era hermosa incluso en la rojez de su esfuerzo. El pelo mojado por el sudor era de un tono castaño oscuro. Ernir quedó prendado por aquella mujer, pero su misión era distinta, no estaba allí por ella, a pesar de lo preciosa que le parecía.
La doctora cogió a la bebé que no lloraba y la llevó a una pequeña camilla para atenderla. Ernir se dirigió hacia ellas y miró con atención la escena. La doctora no hablaba, pero al elfo no le hacía falta que lo hiciera. Se introdujo en sus pensamientos y pudo escuchar todo lo que pasaba por su cabeza: “Tienes que respirar pequeña, ¡respira! ¡No me hagas esto!” Ernir miró al bebé, y luego miró a la doctora que le aplicaba oxígeno mientras le masajeaba suavemente el pecho. Los ojos de la mujer estaban desencajados, y, aún con la mascarilla, Ernir pudo ver el dolor que estaba sintiendo.
La madre de la niña le preguntaba a su marido si todo iba bien, y él transmitía la desazón a la doctora que seguía trabajando en hacer que la pequeña respirase. El hombre del bigote empezaba a desesperarse y Ernir se vio obligado a fundirse con sus pensamientos. Con un leve movimiento mental hizo que el hombre se serenase y obligándolo a girarse hacia su mujer hizo que le dijera:

Todo está bien, cariño.

Después abandonó la mente del padre y se giró hacia el bebé. Acercó sus fríos y finos labios a la frente de la niña y la besó suavemente.

Vive amor mío, pues está escrito que serás la dueña de mi destino. Haremos que mi raza vuelva a ser joven, y juro que mi amor por ti será inmortal. Esperaré hasta que tus lágrimas contengan el universo y entonces regresaré a tu lado. No lo olvides nunca, espérame y prometo que jamás habrá existido un amor como el nuestro.

Tras este susurro, se separó de la niña que rompió a llorar haciendo que la doctora soltase un suspiro de alivio. Ernir miró a la mujer con una sonrisa. Su amigo Ketleir decía que los humanos eran seres inferiores carentes de emociones. Salvajes que cazaban por diversión y que se mataban entre ellos. Pero allí, en aquella sala, podía percibir la realidad de la humanidad. La bondad de aquellas personas lo emocionaba, su naturaleza empática hacía que sintiera cada una de sus emociones amplificadas. Se alegraba de haber viajado hasta la tierra mortal para conocer a la dueña de su destino.
La doctora acercó a la niña a sus nerviosos padres que la cogieron con la fragilidad del que sostiene entre sus manos a una delicada mariposa. Los padres sonreían y se miraban el uno al otro lanzando miradas llenas de amor hacia su hija. La amaban, igual que él. Se prendó de la niña y sintió como su corazón latía en un galope. Con su mente pidió a la madre que dijera el nombre del bebé en alto, y ella, como si hubiera salido espontáneo dijo:

Bienvenida al mundo, Sara…

Aquel era el nombre del amor, el único que él conocería desde ese momento hasta el día de su muerte. Y hasta ese mismo momento, juraba hacer feliz a la joven Sara, y protegerla de cualquier amenaza que pudiera existir. Sara… jamás el nombre del amor había sido tan hermoso.

Continuará…

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