LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “UNA BRÚJULA PARA EL ALMA” (FINAL)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para leer las anteriores partes:

– Primera Parte –

– Segunda Parte –

– Tercera Parte –

Continuación…

Will se encontraba fuera de sí. Jamás habría imaginado que su padre, esa persona que nunca le había prestado atención, hubiera vivido todas aquellas experiencias. La carta que se estaba leyendo parecía más una novela dramática que algo que alguien pudiera creer que ha sucedido de verdad.

Mi estancia en el correccional no duró mucho. Mi abogado – un buen hombre que ya había cumplido la cincuentena por aquel entonces –, siguió investigando lo que a ambos nos parecía un caso extraño. De pronto, recibí su visita y me dijo, provocando que empezara a sollozar, que mi denunciante había fingido las lesiones. “Pero, tenía un informe médico…” le dije, a lo que me explicó que su tío era el jefe de no sé qué departamento de un hospital de Barcelona.
Sentí que todo se desmoronaba a mi alrededor. Había sido condenado por un informe falso, porque los que se encargaban de juzgarme investigaron menos que mi abogado. Ese día tomé la decisión de que no moriría en aquel país.
Cuando quedé libre, el juez le quitó la licencia al médico que había falsificado el informe, prohibiéndole volver a ejercer la medicina. Al sobrino le pusieron una multa y me preguntaron si quería presentar cargos. Según ellos podría haber recibido una indemnización millonaria. Cuando me negué, el juez me repitió que la suma sería muy elevada. Volví a negar con la cabeza, no necesitaba el dinero, a no ser que el dinero pudiera devolverme el tiempo pasado en aquel lugar y pudiera hacer que volviera al instante en el que mis amigos de la banda corrieron a decirme que alguien se había metido con ellos.
Antes de marcharme de la sala, el juez se acercó a mi – según dijo mi abogado, es un hecho que no suele ocurrir –, me dio una palmada en el hombro y me dijo: “lo siento hijo…”. Deseé pegarle, gritarle e insultarle, deseé – aunque me pese decirlo –, matarlo con mis propias manos. Me limité a bajar la cabeza, reprimiendo unas lágrimas que me negaba a que aquel hombre viera.
Cuando llegué a casa me comporté como los últimos días en el correccional, me encerraba en mi cuarto y me sentaba en la cama, me negaba a comer, pues la comida me recordaba a la pelea que lo inició todo. Me negaba a ducharme, pues el contacto con el agua me paralizaba. Y mi agresividad hacia mi padre había crecido. Aquella experiencia ha sido la que más me ha marcado, durante gran parte de mi vida no he conseguido llevarme bien con ningún otro hombre, ni si quiera con mi hijo.

Aquella última afirmación hizo que Will se echara a llorar. ¿Le recordaba lo ocurrido en el correccional? Se sintió sucio y sintió por un momento toda la angustia que había causado a su padre sin si quiera saberlo.

Pasé un largo mes encerrado en mi habitación, y mi madre se limitaba a gritarme, a decirme que lo que estaba haciendo era de locos y que “no toleraré ese comportamiento en mi casa”. Sentía tantos deseos de alejarme, de irme de aquel lugar, de no volver a ver a aquellas personas. Mi odio, mi aburrimiento y mi asco hacia aquellas personas absurdas y molestas creció hasta que ya no pudo desaparecer. Nunca he perdonado a mis padres y, entre tú y yo, nunca ha sido un odio que me pese.
Pasado un mes me di cuenta, realmente no sé por qué, de que aquello había durado mucho. No me refiero a aquel enclaustramiento voluntario, en general mis malas decisiones, mis problemas, habían durado mucho. Y me di cuenta que aquella última experiencia había sido culpa mía, y de nadie más. Yo decidí ingresar en aquella banda, decidí sentarme en aquel sillón destrozado y colocado en el descampado. Yo decidí hacer de la violencia mi único lema y aquello solo podía acabar de una forma.
Me levanté de la cama y me metí en el cuarto de baño. Me encerré y miré a la bañera como si intentase convencerme de que no pasaba nada. Abrí el grifo y me metí dentro de la bañera. Cuando el agua me tocó la piel, sentí como en mi cabeza se agolpaban miles de imágenes que me perturbaban y amenazaban con paralizarme. Las piernas se me aflojaron y empecé a marearme. Pero algo dentro de mi me gritó “¡basta ya!” y con un gran esfuerzo aparté las imágenes de mi mente. Aquello era agradable, Will. El agua caliente me revitalizaba, el olor del jabón hacía que mi paz se volviera infinita. Sentí no haber hecho aquello mucho antes, pero supongo que lo hice cuando tocó hacerlo. Cuando acabé de ducharme, las imágenes tortuosas habían desaparecido, mi respiración era profunda y mi imagen en el espejo, a pesar de antojárseme extraña, me hizo recordar que no era la persona que había intentado fingir ser. Aquel día decidí que no quería ser una víctima más de aquel barrio.
Me vestí y salí a la calle con la clara intención de dejar todo aquello. Corrí como nunca antes había corrido, y me presenté ante la gente a la que yo tenía que responder. Mis “jefes” por así decirlo, y les dije que no volvería a trabajar para ellos, que quería que me dejasen tranquilo. En piso, repleto de personas que harían helar la sangre hasta al más valiente, fui conducido a una de las habitaciones que se usaban como despacho. Cuando le expliqué al Mandamás lo que deseaba aceptó aunque dijeron que tenía que pagar un precio. “Lo que sea, tengo dinero de sobras, es todo vuestro” les dije. Pero ellos no querían dinero, no lo necesitaban. Uno de los hombres que habían en la habitación me cogió por los brazos. Me doblaba en tamaño y edad, y mis intentos de librarme de aquella mole fueron inútiles. Me obligaron a extender las manos encima de la mesa, pegando las palmas a la madera. Cuando intentaba cerrarla, uno de los hombres me golpeaba con fuerza el costado.
El que había sido mi jefe hasta el momento se levantó de la silla y se acercó a un armario del que sacó un bate de beisbol. “El dinero está bien, pero yo prefiero asegurarme de que no vas a decir nada a nadie…” le juré que no lo haría, que podía confiar en mi, pero la confianza no existe en ese mundo. Se acercó a mi y tras alzar el bate sobre su cabeza, lo descargó encima de mis manos. Repitió la acción y noté como cada uno de mis huesos crujía.

Will recordó los constantes dolores de su padre cuando escribía demasiado. Siempre se quejaba de sus manos, sobretodo cuando se acercaba la fecha de entrega de una novela y su ritmo era más constante y frenético.

No pude utilizar las manos durante un largo año, pero aquello sirvió para que mi vida cambiara. Durante años tuve que defenderme de personas que creían que me había vuelto blando. Tenía que impedir que me atacasen, pues en un barrio como ese, si eres débil no duras mucho, y yo tenía que durar, hijo, necesitaba sobrevivir para salir de ahí y convertirme en un hombre de éxito.
He querido contarte esto como una breve introducción a mi vida, para que empezaras a conocerme y entendieras que si quizá fui duro contigo, fue consecuencia de lo que he aprendido a hacer. Mi comportamiento es un reflejo de lo que me ha enseñado la vida, y he pasado gran parte de ésta luchando contra un enemigo invisible. Ahora que me marchito, me doy cuenta de que no te he abrazado nunca y eso es mucho peor que la conciencia de que voy a morir. No voy a volver a pedirte perdón, porque lo que he hecho, no tiene vuelta atrás, y prefiero terminar la carta centrándome en cosas más importantes.
Ahora me gustaría que cogieras la carpeta y la abrieras, leyendo las dos primeras páginas de lo que encontrarás dentro. Luego, por favor, vuelve a estas líneas.

Will cogió la carpeta y destensó las gomas que las mantenía cerradas. Dentro encontró una gran cantidad de hojas apiladas, la primera página estaba tapada con una hoja de papel transparente que servía para protegerla del polvo y el tiempo. Apartó la fina hoja y leyó:

Una Brújula Para el Alma

Bajo el título había un nombre que Will no reconoció, un tal Martín Corominas Puig. Pasó la página y pudo leer: “Esta novela está dedicada a mi hijo Will, espero que en estas páginas puedas encontrar a ese padre que nunca tuviste.” Los ojos de Will se abrieron de la impresión. Recordó el inicio de la carta, donde su padre había dicho que “poca gente conoce mi nombre real”. Martín Corominas era el nombre que aquel niño que pronto dejó de serlo, olvidó en un barrio que le arrebató la infancia.

Siento no haberte dicho nunca nada de esto, espero que entiendas que contarle estas cosas a tu hijo es complicado. Quiero pedirte dos favores, aunque no tengo derecho a ello. Por un lado me gustaría que publicaras ese libro, bajo ese nombre, ya está registrado así que no debes preocuparte por nada. Por último me gustaría que tú escribieras la introducción de esta novela. Leela, con calma, tómate el tiempo que necesites, y escribe en consecuencia. Sé que puedes, sé que tienes talento desde que leí aquel relato que hizo que ganaras el premio que, de forma absurda, ignoré en su día.
Para acabar, hijo mío, quiero que entiendas que no deseo dar lástima a nadie. Verás que las páginas de este libro están llenas de vivencias duras pero narradas de forma que simplemente sean contadas. No quiero ser autocompasivo, simplemente quiero que la gente sepa quien fui de verdad. No voy a ocultar nada, es mi autobiografía, sincera y clara. Hablo de todo lo que has leído en la carta, pero también hablo de mi negligente paternidad, porque todo ello soy yo.
El título es muy simple. Cuando hube terminado de escribirlo, me di cuenta de que mis vivencias podían ayudar a otras personas a evitar cosas parecidas o incluso superarlas si ya se habían visto inmersos. Descubrí que esa novela, es una brújula para que las almas como la mía, puedan vivir una vida llena de fuerza de voluntad y superación.
Hace años me hicieron una entrevista para una revista de cómics. Una de las preguntas fue: “Si tuviera que definir su vida con un cómic… ¿Cual sería?” yo respondí que mi vida sería Sin City, de Frank Miller, por su temática negra. Entonces la entrevistadora me preguntó: “Y si pudiera cambiarla, ¿qué cómic elegiría?” Y mi respuesta sincera fue: “ninguno. Pienso que mis vivencias conforman un solo ser, que soy yo. El pasado solo puede dañar al recuerdo, pues el presente les queda lejos. Si superamos nuestros estigmas y no vivimos alimentándolos constantemente, podremos vivir una vida maravillosa…” Es por eso, Will, que quiero pedirte una última cosa: no dejes que el pasado sea el que planifique tu presente, coge el timón de tu vida y surca los mares de la felicidad. No desperdicies ni un segundo, no seas como tu padre, pues ahora me doy cuenta de que un parecido como ese, es un insulto para alguien tan puro y mágico como tú. Haz de la vida tu mejor amiga, y haz que el mundo sea tu escenario.

Te querrá siempre, papá.

-Fin-

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