LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “UNA BRÚJULA PARA EL ALMA” (3)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para leer las anteriores partes:

Primera parte.

Segunda parte.

Continuación…

He vivido demasiadas cosas, no digo que sean malas, simplemente digo que son cosas. Cosas que por alguna razón me tocaron vivir.
Durante años, a pesar de librarme de las manos de mi abuela, viví en un estado de depresión perenne. Fantaseaba con cosas que, de haberlas explicado, habrían horrorizado a cualquier persona. Me sorprendía a mi mismo mirando a la ventana con el pensamiento de: “qué fácil sería saltar y olvidarme de todo…” Cuando cocinaba, cosa que empecé a hacer a muy temprana edad y que cuya práctica me satisfacía profundamente, me encontraba mirando la hoja de un cuchillo y preguntándome si dolería mucho perder desangrarse. Lo sé hijo, es duro leer esto, pero quiero explicártelo de una forma objetiva, sin parecer autocompasivo. Quizá te preguntes qué impidió que intentara quitarme la vida, y tristemente, la respuesta es “nada”. Atenté contra mi propia vida en multitud de ocasiones y, por fortuna, todas ellas fracasaron.
Quisiera decirte que las próximas líneas serán más reconfortantes, que la tortura a la que estoy sometiendo a tu mente y tu corazón termina aquí. Pero la realidad es que, incluso ahora, lo que estoy a punto de contarte es lo más complicado que te contaré jamás.
Debido a las cosas que viví, crecí con una idea errónea de la vida. Pensé que, para no sufrir, lo mejor era hacer sufrir a los demás. Morder antes de ser mordido. Mi carácter se endureció, y mi violencia creció a un nivel que me aterroriza al recordarlo. La siguiente etapa de mi vida tuvo lugar entre bandas callejeras. Una de las cuales, podría decirse que estaba liderada por mi. En aquel entonces empezaron a llamarme por un apodo que no viene al caso y cuyo nombramiento es, actualmente, innecesario. Era un chico valiente, que había aprendido a defenderse, y que, como ya he mencionado, disponía de unas reservas de violencia que parecían infiinitas.
En el barrio donde nací, allá en el sur de España, las calles estaban divididas por sectores, cada sector pertenecía a una banda y la mía, que se extendía como un ejército invasor, era una de las más famosas. Yo tenía catorce años, y mi complexión se había expandido tanto como mis años. Mi tamaño no correspondía con esa edad, mi sobrepeso era notable aunque ello no me restaba respeto.
La policía de aquella zona no nos molestaba, incluso cuando pasaban patrullando con su flamante coche y me miraban a los ojos, sentado en aquel sofá de cuero rojo raído que alguien había lanzado a la basura y que mi banda había rescatado y llevado al centro de un descampado que servía las veces de centro de reunión. En algunas ocasiones, los policías lanzaban una leve inclinación de cabeza a modo de saludo. Era evidente que los que estaban por encima mío, traficantes de droga y/o armas, sabían como mantener contentos a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado de aquella zona.
Aquella noche recibimos el aviso de que un grupo de snobs se estaban metiendo con un miembro de nuestra banda. Nosotros eramos un grupo de barriobajeros, cuyos atuendos se correspondían a dicha etiqueta. No llevábamos pantalones elegantes, ni jerseys llamativos anudados al cuello. Y las gafas de sol, las usábamos para llevarlas en los ojos y no como una diadema “cool”.
La ofensa no se podía tolerar, mucho menos a alguien que ni si quiera era del barrio. Así que me levanté del sofá raído y fui con mis compañeros al lugar donde aquella gente estaba riéndose de uno de mis amigos. Cuando llegamos vimos como uno de esos snobs estaba pateando el estómago de uno de los miembros de mi banda, que estaban tirados en el suelo. “¡Dejarlo!” Dije lanzándome a la carrera seguido por una docena de chicos enfadados y armados con navajas y pistolas.
Se nos quedaron mirando, en principio eran superiores a nosotros en número, pero al ver la carrera encolerizada que dirigíamos hacia ellos, algunos de aquellos agresores salieron corriendo haciendo que la cantidad de snobs disminuyera hasta ser uno más que nosotros. Chocamos contra elllos, yo lancé mi pierna para arrasar con el que estaba pateando al chico. Lo tiré al suelo y él se levantó y, curiosamente, lo primero que hizo fue sacudirse las rodillas para limpiarse el polvo del pantalón. “Pijo…” pensé. Era un chico de unos dieciocho años y aquello me enfureció aún más. Mi amigo solo tenía quince años y, aunque seguramente, conociéndole, fue el el que empezase, aquel abusón había cometido el error de golpear a alguien menor que él. Ahora, a pesar de que yo también era menor, le tocaría responder ante mi.
Cuando intentó golpearme, lancé mi puño contra el suyo con toda la intención. Su mano crujió y se vio obligado a sacudirla como acto reflejo. Luego le golpeé con la rodilla en la boca del estómago y cuando se dobló al expulsar todo el aire de sus pulmones, aproveché para tirarlo al suelo con un puñetazo en la mejilla.
Mis amigos me miraban sorprendidos, aunque ellos también habían ganado a sus contrincantes, todos jadeaban y sudaban por el esfuerzo mientras yo, me mantenía sereno, de pie junto a aquel patético personaje. Miré a mi amigo tirado en el suelo, no podía dejar de toser y cuando afiné la vista pude ver que en el suelo, junto a su boca, había un pequeño charco de sangre. Mis ojos se abrieron como platos y sentí como el calor subía por mi pecho. Mi primera reacción, mi primer pensamiento, fue el de pisar con fuerza la cabeza de aquel mal nacido, pero en vez de eso, entendí el error que supondría así que simplemente le levanté del suelo tirando de sus cabellos y le ordené que se largara de allí antes de que les dijera a alguno de los chicos que me eran leales que se encargaran de poner en práctica mis fantasías.

Will leía las líneas con la boca abierta. Imaginaba a su padre en aquel ambiente y creía cada una de las cosas que ponía. Conocía a su padre, a pesar de que jamás le había prestado atención. Pero su forma de hablar, las pocas veces que lo hacía, denotaban una vida pasada llena de experiencias. Él siempre se había preguntado qué le hacía ser así, y por fin se le estaba respondiendo a aquella pregunta.

… Poco después, se presentaron en mi casa dos policías buscándome. Entregaron a mis padres una citación al juzgado de menores. Mis padres se enfadaron conmigo, aunque no me importaba demasiado, tus abuelos se enfadaban por cualquier cosa. Hiciera lo que hiciera se enfadaban. Podría haber salvado a un cachorro de debajo de un coche, que habrían encontrado un motivo para que aquel acto fuera motivo de controversia. Con lo cual, vivía como a mi me parecía correcto. Si hiciera lo que hiciera, iban a mosquearse, ¿por qué no causar el mosqueo con algo que me hiciera feliz?
El juicio era por la pelea con los snobs, y mi denunciante era aquel al que vencí. Cuando le vi entrar en el juzgado sentí que todo se desmoronaba. Como si de una película se tratara, entró a la sala con un collarin, un brazo entablillado y en silla de ruedas con la pierna extendida y escalollada. Pensé con ironía en la fuerza que debían tener mis puños si con tres simples golpes, (uno en el puño, otro en el estómago y otro en la mejilla) había conseguido lisiar de aquella manera al chaval. Yo sabía que aquello era fingido pero tenía en su poder un informe médico que aseguraba que tenía fracturas en cuello, húmero y rótula así como una fisura en las costillas.
Ante las pruebas presentadas, el juez me declaró culpable y me condenó a cuatro años en un correccional de menores. Will, debes entender que, a pesar de lo que la gente piensa, un correccional no es como un internado. Allí van esos delincuentes que aún no tienen edad para ir a la cárcel. Mis padres lloraron y a la vez me miraban con odio, como si aquella condena hubiera manchado el “buen nombre” de nuestra familia. Un buen nombre que jamás había existido.
Cuando entré en el correccional, pensé que lo más inteligente sería comportarme como en la calle. Dejar claro desde el principio que nadie podría menospreciarme y que habría que respetarme o sufrir las consecuencias.
El primer día, cuando ya me senté en la cafetería, después de hacer cola para que nos dieran unas asquerosas gachas y una manzana ácida y llena de polvo, alguien se me acercó y cogió la pieza de fruta. “Tu no la necesitas, gordo, tienes reservas de sobra”. Allí estaba la oportunidad de hacerme respetar. No me molesté en iniciar una batalla dialéctica en la que le pidiera pacientemente que me devolviera la manzana. Directamente le golpeé con el codo en su entrepierna y cuando se inclinó por el dolor me levanté de mi sitio con la fuerza suficiente como para golpearle en la barbilla con mi hombro. Después lo lancé al suelo y tras ponerme encima de él inmovilizándole los brazos con mis espinillas, empecé a golpearle. Su boca quedó desnuda, desprovista de dientes y mi rostro que estaba iluminado por la violencia, se había cubierto con su sangre.
Noté un fuerte golpe en mi espalda y me tuve que quitar de encima de mi rival. Cuando me giré vi a un guardia que sostenía su porra en la mano y me miraba con una mezcla de odio, terror y repugnancia. “¡Llevaos a ese a la enfermería!” ladró el guardia. Cuando se llevaban a rastras al chico, me miró con los ojos todo lo abiertos que las hinchazones permitían, y me dijo, de forma casi imposible de entender, que algún día me arrepentiría de aquello.
Pasó una semana antes de que aquella frase cobrara forma. Hijo mío, las siguientes líneas son, posiblemente, las más duras que he escrito nunca, aunque quizá, te suenen de algo. Aquella mañana, tras unos días incomunicado por haber provocado una pelea y mandado a un “preso” a la enfermería, me dirigí a las duchas como siempre. No me gustaba desnudarme en público, a pesar de mi seguridad y mi violencia, mi cuerpo me acomplejaba sobradamente. Solía ducharme a toda prisa para que la vergüenza durase menos. Pero aquel día, mientras dejaba que el agua se deslizara por mi cabeza, noté como alguien me empujaba contra la pared agarrándome por la nuca. Me golpeé contra la pared de la ducha y sentí que dos personas me cogían por los brazos y otras dos por las piernas. Pude contar a cuatro personas que me inmovilizaban y las dos que me sujetaban las piernas estiraron hacia ellos hasta que mis extremidades se abrieron formando una “Y” invertida. Una voz a mi espalda me dejó claro que me había equivocado al contar. Reconocí al instante al quinto personaje, las palabras salían de forma torpe por su boca exenta de dientes. “Te dije que te arrepentirías de lo que hiciste, bola de sebo”. Giré la cabeza y vi que los cinco estaban completamente desnudos. “¿¡Qué vais a hacer!?” grité, “Enseñarte quien manda, chaval…” dijo uno de los que me inmovilizaba. Ante aquella afirmación, y tras recordar a mi abuela, empecé a forcejear con más fuerza, la adrenalina hizo que a aquella gente le costara sostenerme, pero eran mayores que yo, y más fuertes.
El mellado se acercó a mi oído por detrás y me dijo: “Voy a disfrutar de ti, te aconsejo que disfrutes tú también…” Y tras lamerme obscenamente la mejilla, hizo que todo mi mundo retumbara ante la fuerza de su penetración. He pensado mucho en aquella mañana, uno de los pensamientos y preguntas que más me vienen a la cabeza es cuánto duró aquella violación. Sabía que la intención era que los cinco me usaran, pero la fortuna, si es que existía alguna fortuna en aquello, hizo que la voz de un guardia avisara de que el agua caliente se había terminado. Mis agresores se asustaron y tras golpearme los cinco, salieron corriendo dejándome allí tirado, llorando, empapándome con un agua caliente que de repente y sin más aviso, se volvió gélida. No me importaba, no sentía nada más que el dolor y la vergüenza. Quería morirme, o matarles a ellos, sólo quería dejar de ser yo de una vez por todas.

Continuará…

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