LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: “UNA BRÚJULA PARA EL ALMA” (2)

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Para leer otras partes de “Una Brújula para el Alma”:

-Primera Parte.-

Continuación…

Will, pocas personas conocen mi verdadera historia, incluso puedo decirte, que pocas personas de mi historia actual conocen mi verdadero nombre.
Nací en un barrio marginal del sur de España, mis padres, tus abuelos, me pusieron el nombre de un actor de cuyo nombre, podremos prescindir por el momento. Es curioso como el azar escoge el sitio donde uno va a criarse, pues ese emplazamiento hace que la vida sea de una u otra manera. Mi infancia, quizá por nacer y crecer en este barrio, o quizá por méritos propios, fue cuanto menos complicada.
Quiero que te prepares psicológicamente para leer y asimilar lo que estoy a punto de escribir. Mis dedos parecen sentir el peso de la pluma multiplicado por cien, incluso con los años pasados ante aquellos incidentes, mi corazón sigue acelerándose. Ahora ya da igual, sentir el ritmo de mi atrofiado corazón es lo que menos me preocupa.
Cada mañana mis padres me hacían ir a buscar a mi abuela para que comiera con nosotros. Ella vivía tan solo a dos plantas más arriba en nuestro bloque de pisos. Mis padres eran personas que, ni buenas ni malas, siempre me ignoraron. Solo parecían recordar mi existencia cuando tenían algún recado que imponerme. Con nueve años me encaminé a toda prisa al quinto piso, como tantas veces había hecho, para tocar el timbre de la residencia de mi abuela. Ella me abrió la puerta, era una mujer bajita, rechoncha y con cara de mala persona. Una cara que sorprendía por la crueldad perpetua de su expresión.
Yo hacía poco que había cumplido los nueve años, era bajito y algo rellenito, mis orejas de soplillo y mi pelo marrón oscuro, casi negro, me otorgaban un extraño aspecto de “niño bueno”.

Will pudo ver como la siguiente línea había sido tachada por su padre. Dio la vuelta a la hoja para intentar leer el contenido a contra luz, pero el reverso del folio estaba escrito y le fue imposible. Decidió ignorarlo y siguió leyendo:

… Intentaba suavizarlo, pero me he prometido que no iba a edulcorar la realidad. Eres una persona adulta y confío en que lo que estoy a punto de contarte no te traumatizará.
Cuando entré en el piso, mi abuela se dirigió al salón. “Abuela, ¿dónde va? Hay que bajar a comer…” le dije, y ella me hizo un gesto para que la siguiera. Entré en la estancia, una estufa de butano descansaba en medio del salón, y el sofá esquinera de color marrón estaba cubierto por visillos hechos por ella misma. En las paredes podían verse colgados algunos cuadros de caza que siempre me habían parecido de mal gusto. La vieja se sentó en el sillón y, cogiéndome del brazo me puso delante de ella. Lo que escuché a continuación me pareció tan irreal, que tuve que pedirle que me lo repitiera: “He dicho que te desnudes” dijo sécamente. “¿Para qué quiere que me desnude?” Ella me miró con seriedad y tras suspirar impaciente me repitió: “Niño, no tengo todo el día, quítate la ropa.” Me negué con una mezcla de miedo, asco y vergüenza. “¡No pienso quitarme la ropa, abuela!”.
Ella se encendió uno de sus típicos cigarros, a los cuales acostumbraba a quitarle el filtro. Lo encendió, mirándome con una sonrisa perniciosa y tras un: “¿Estás seguro de eso?” y un asentimiento por mi parte. Lanzó su mano hacia mi muñeca a toda velocidad, era asombrósamente veloz aquella vieja bruja. Yo forcejeaba, pero con tan solo nueve años no podía hacer gran cosa. La mujer se quitó el cigarro de la boca y lo empezó a acercar lentamente a mi brazo. Empezaba a notar el calor de la cabeza del pitillo, hasta que mi piel siseó con el contacto de aquel canuto candente. Lancé un alarido de dolor y mi fuerza, por la adrenalina del dolor, hizo que consiguiera liberarme. Caí al suelo y en tan solo unos segundos, en la zona de mi brazo donde mi abuela había colocado el cigarro, brotó una ampolla de un color marrón corrompido.
“¡Quítate la ropa o la próxima vez te pondré el cigarro en tu maldita lengua!” Ladró la vieja. Entre lágrimas y sollozos, me puse en pie y me bajé los pantalones. “Los calzones también chico, y acércate a mi.” Obedecí, presa del pánico y la confusión. No entendía qué estaba pasando, porqué aquella mujer me estaba haciendo aquello. La casa se me volvió turbia de repente, me empecé a marear y pensé que mi cuerpo se quedaría sin lágrimas a aquel ritmo. No me atrevía a moverme y dejé que aquella pesadilla pasara.
“Muy bien chico, ya puedes subirte la ropa. Mañana volverás y lo harás mejor.” Mi corazón se aceleró. ¿Iba a repetirse? “¡No abuela, no pienso volver mañana!” Ella me miró con unos ojos que jamás conseguiré olvidar. Se levantó y tras darme un fuerte bofetón, me llevó, tirándome de la oreja a un cuarto que nunca me había gustado. Sólo tenía una ventana, cuya persiana estaba atascada y no podía abrirse. Mi abuela me lanzó dentro y cerró la puerta a toda prisa. Echó el pestillo que había fuera de la habitación y me dejó medio a oscuras. La persiana, a pesar de que estaba atascada, mantenía una fina línea abierta por la cual entraba la luz. Allí me pasé más de una hora, mirando como un fino haz de luz impactaba directamente en la cara de un muñeco de porcelana cuyo rostro era el de un payaso. Me senté en el suelo, en una esquina de la estrecha habitación, y contemplaba aquellos ojos sin vida mirándome de forma penetrante.
Las esperanza de que mis padres vinieran a por mi se disiparon cuando mi abuela les llamó para decirles que me había invitado a comer, para que la ayudase a hacer algunos recados y que yo había aceptado. “Este niño va a ser muy servicial.” Dijo ella, y me pareció que aquella frase, era más una amenaza dirigida hacia mi, que un alago hacia mis padres.
La puerta se abrió y la luz entró en la habitación cegandome por la falta de costumbre tras una hora casi en penumbras. “¿Vas a volver mañana?” Asentí mientras temblaba. “Muy bien, pero me tienes que pagar el mal rato que me has hecho pasar. Desnudate…” me eché a llorar, le supliqué pero nada de lo que hiciera o dijera iba a cambiar aquello. No por el momento.
Aquella tortura duró cuatro años. Por aquel entonces, yo era aficionado a las mentiras, y mis padres ya me habían cazado en alguna. Así que descarté la posibilidad de contarle a nadie lo que ocurría. ¿Quién iba a creer que aquella anciana que hacía tan bien su papel de “abuela adorable” iba a ser una arpía tal? Me tragué aquella información y me juré que nunca más mentiría, pues el hecho de haberme acostumbrado a ello, me había jugado una mala pasada en un momento crítico.
A los trece años, subí como cada mañana a ver a mi abuela. Mi asco y mi rabia crecían, mi depresión también, mi pena, mi angustia habían crecido todo lo que mi infancia había menguado. Aquella bruja me la había arrebatado. “Quítate la ropa, y nada de numeritos hoy, o volveré a dejar que se consuma el cigarro.” Con aquello se refería a la tortura que llevaba días practicándome. Me dejaba un cigarro encendido entre los dedos índice y corazón, y dejaba que se consumiera. Cuando lo hacía, mi piel se quemaba, y si lo soltaba, mi abuela me azotaba con una toalla mojada. El sadismo de aquella mujer no tenía límites.
Yo había crecido mucho, y había engordado. Por algún extraño motivo, la depresión y la ansiedad me condujeron a los atracones irracionales. “¿No me has oído? Quítate la ropa…” Mi corazón parecía a punto de estallar. “No pienso quitarme nada…” Ella me miró apretando sus labios exentos de dentadura; “¡¿Cómo dices, niñato?!” Se levantó todo lo deprisa que su viejo cuerpo le permitió, lo cual no era precisamente poco. Y se lanzó contra mi, conseguí esquivarla y salí corriendo hacia la cocina. Cerré la puerta y la sujeté con todas mis fuerzas, me puse de espaldas e intenté hacer resistencia con mis gruesas piernas. “¡Abre la puerta!” Me negué y ella hizo más fuerza. Entendí que aquello no duraría mucho, así que empecé a mirar a mi alrededor, pensando en qué hacer. Mis ojos se posaron en un cajón. ¿Qué había ahí? De pronto recordé el contenido. Corrí hacia él con toda la velocidad que me fue posible, dejando que la vieja abriera la puerta y casi cayéndose por la sorpresa de que la madera cediera. Abrí el cajón a toda prisa y saqué un largo cuchillo afilado. “¿Qué piensas hacer, mocoso? Anda, suelta eso, no vas a hacerme daño, te falta valor.” La miré, tenía razón en que no iba a hacerle daño, en ningún momento cogí el cuchillo con aquella intención. Levanté el brazo y acomodé la hoja del cuchillo en mi cuello. “¿Qué demonios estás haciendo, chico?” La miré, por fin había dejado de tenerle miedo. “Si vuelves a tocarme, abuela, te juro por lo que más quiero que me cortaré el cuello aquí mismo, y tendrás que explicar a todo el mundo por qué tu nieto está en el suelo de tu cocina”. Sus ojos se abrieron como platos: “¡Sigues sin tener valor!” Valor no era lo que necesitaba para cumplir mi promesa, sólo necesitaba el cansancio de una infancia horrible, y aquello; lo poseía de sobras. Apreté la hoja un poco más y mi abuela abrió la boca y alzó los brazos para hacerme una seña de que parase. Entendí que había ganado aquel combate, pero me negaba a esperar más tiempo a ganar la guerra. Me acerqué a ella y le dije: “Como ves, me sobra valor para matarme a mi mismo, imagina lo que puedo hacer con una hija de puta como tú. No vuelvas a tocarme…”

Will no podía dejar de llorar, su cuerpo, su corazón, su mente, estaban totalmente encogidos, por un momento se preguntó si su padre le estaba mintiendo, pero entendió que si había escrito aquello con uno de sus últimos esfuerzos, tenía que ser cierto. ¿Qué ganaba mintiendo ahora en algo así? Sintió lástima por él, y enseguida se reprendió por aquel sentimiento. Odiaba sentir lástima, pues nadie se merecía tal deshonor.

Continuará…

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