LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: Una Brújula para el Alma. -1-

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En “La Máquina Estilográfica” encontraréis una historia mensual dividida en cuatro partes (una parte por semana).

Inicio…

Cuando Will entró en la casa sintió una profunda desazón. El recibidor por el que tantas veces había corrido de pequeño, huyendo del calor sofocante del jardín, ese recibidor que solía oler a la sabrosa tarta de manzana de su madre, ahora estaba invadido por un asfixiante olor a nada.
Incluso la luz que entraba por la puerta, a pesar de ser del mismo sol, adquiría un tono pálido que a Will angustiaba profundamente. Quizá aquello era solo debido al día que había pasado. El viaje a Missouri había sido largo, y dejar su ajetreada agenda en Nueva York, cancelando citas y posponiendo planes, le había costado más de un enfado. Cuando recibió la llamada de la señora Rogers, amiga de la familia, esperaba que fuera un nuevo intento de la mujer entrometida para que Will volviera a casa con el argumento de: “tu padre te echa de menos”. Pero aquella llamada era distinta, su padre había muerto de un ataque al corazón.
La madre de Will, Laura, murió varios años antes, era una buena mujer, positiva y luchadora incluso cuando el cáncer presentaba su más cruenta batalla. Cuando la mujer murió, Will tenía veinte años, y ya estaba dejando una gran marca en la facultad de derecho de la universidad de Harvard, en la que su inteligencia y su emprendimiento le habían valido la aprobación de sus profesores.
La relación de Will con su padre nunca había sido muy estrecha. El hombre era un famoso escritor de novelas del género de fantasía, y parecían importarle más los personajes que creaba en sus páginas, que su propio hijo. Will recordaba con dolor las veces en que, siendo un niño, se acercaba a su padre para recibir una muestra de cariño. Corría siempre a su despacho – pues era extraño ver al escritor en otro sitio que no fuera el despacho, escribiendo en su máquina de escribir. Con un vaso de Whisky con hielo que mojaba, por la condensación, el escritorio de caoba –. Al principio, su padre se limitaba a pedirle que le dejara escribir. Tiempo después, cuando una tarde volvió corriendo del colegio para contarle a su padre que había ganado un concurso de literatura, con una historia que llevaba más de dos años escribiendo, Will se quedó de una pieza al ver en el pomo de la puerta del despacho un cartel que rezaba: “Por favor, no me molestéis bajo ninguna circunstancia.” Aquello le molestó tanto que arrojó a la basura el diploma enmarcado y el cristal que protegía el papel se desquebrajó.
En el entierro, se sintió incómodo más que dolido. Incómodo por las mentiras que no dejaban de decirse sobre la figura de su padre. Algunos le llamaban cosas como “torrente de generosidad” otros se deshacían en elogios y felicitaban a Will por tener la suerte de ser hijo de un hombre como aquel. Hubo un discurso que a Will dejó con sentimientos encontrados. Fue el de la famosa escritora Elisabeth Cook, cuya amistad con su padre había sido intermitente pero realmente firme. La mujer, con un fuerte sentimiento de pena dijo poco, pero en su escueto discurso, Will sintió algo extraño en el fondo de su corazón:

“Seguramente, si Peter estuviera vivo haría las cosas de forma distinta en muchos sentidos, era un gran hombre, pero no sabía demostrarlo. Un hombre que se arrepentía del crimen más grande que nadie podía cometer: perder el cariño de un hijo por no dar el cariño de un padre.”

¿Que si Will se sentía orgulloso de ser hijo de quién era? Cualquier persona se sentiría orgullosa de ser hija de Peter Norrish, el mayor escritor de fantasía de los últimos años. El simple hecho de ver en la calle a gente portar el último libro de su padre, le llenaba de gozo. Pero se preguntaba de qué servía ser hijo de un escritor que ni siquiera se molestó en ayudarle a escribir su vida.
Will entró en la cocina, llena de ollas impolutas. Con los mismos armarios en los que él había rebuscado el tarro de las galletas que hacía su madre. Hacía veintidós años que no visitaba aquella casa. Los mismos que hacía que no veía a su padre. Las lágrimas se agolparon en sus ojos, y tras apretar los párpados éstas cayeron regando sus mejillas. “Tu orgullo no te dejó verle morir.” Se dijo.
Sacudió la cabeza y volvió sobre sus pasos. Empezó a subir la escalera de madera enmoquetada. Seguía haciendo el mismo ruido, aquello le había costado más de un tropiezo cuando llegaba a altas horas de la noche e intentaba subir a su cuarto sin que sus padres se enteraran de su retraso. Will sonrió con nostalgia al pensar en aquello. Él, el gran abogado de Nueva York, el que había ganado, a sus cuarenta y ocho años, la friolera de quinientos juicios, había sido un chico como cualquier otro, con sus borracheras y sus escapadas, con sus castigos y sus huídas. Will acarició la barandilla de pino mientras subía las escaleras. Abrió la puerta de la que fue su habitación, todo estaba igual. Las gorras de beisbol, firmadas por sus ídolos, descansaban en las estanterías tal y como él las había puesto. Le dolió recordar que en ninguna de las veces que había conseguido el autógrafo de un jugador, había sido acompañado por su padre. Aquello se lo tenía que agradecer al señor Sexer, el padre de uno de sus mejores amigos de la infancia.
El dolor le obligó a salir de su habitación y siguió andando por el pasillo abandonado hasta el cuarto de sus padres. Se detuvo unos segundos ante la puerta, con la mano posada en el pomo. Hacía tantos años que no entraba allí, que casi se sentía como un intruso violando la intimidad de los que habitaban o habían habitado aquella casa. Cerró los ojos, y tras suspirar profundamente, giró la muñeca y notó el “clic” de la puerta al abrirse. Will abrió por completo la puerta y quedó en el umbral contemplando la cama de matrimonio. Encima, a los pies, había una caja de cartón, con el lateral donde ponía “Para Will” enfocando a la puerta. Volvió a suspirar y, como si tuvieran que obligarlo con un empujón, entró pesadamente en la estancia. El olor de su padre invadía la habitación, no era un olor desagradable, era el de su colonia. Will se odió por no recordar el nombre, ¿qué le diferenciaba de su padre si no era capaz ni de recordar su colonia favorita? “No soy como él, él pudo saber de mi, pero no quiso.” Dijo interiormente, como si intentara auto-convencerse de que aquello era cierto. Se sentó al borde de la cama y empezó a mirar lo que había en el interior de la caja. Lo que más destacaba era una carpeta de color marrón cuyo interior era tan grueso que la carpeta quedaba abierta y las gomas que la sujetaban estaban tensas. Will decidió vaciar la caja, cosa por cosa, antes de ponerse a mirar cada una con atención. Así que reprimió sus ganas de abrir la carpeta, la posó en el edredón y volvió a la caja. Había una pequeña caja rectangular de plástico negro, la sacó y esta vez dejó que su curiosidad abriera la caja. En ella se había una pluma estilográfica, Will la reconoció, era aquella de la que su padre siempre presumía, su primera pluma, con la que escribió el manuscrito de “La verdad de lo incierto.” su primer best seller.
Will se llevó la pluma a los labios, sin saber bien el porqué hacía aquello. Volvió a meterla en su estuche y lo cerró para dejarlo al lado de la carpeta. En el interior de la caja habían fotos de sus padres, y cromos de beisbol, algunos de ellos eran valiosos, otros estaban en mal estado. Y por fin, sacó el último elemento de la caja, un sobre alargado cuyo grueso contenido Will desenfundó y desplegó para ponerse a leer las tres páginas:

Querido Will,

He pensado tantas veces en cómo empezar esta carta, la he roto o quemado tantas veces que no sabría decirte cuantas veces lo he hecho. Es curioso que me cueste tan poco escribir novelas, pero que cuando se trata de abrir mi corazón las palabras parezcan huir.
Creo que la mejor forma de empezar es con un “lo siento” así que, Will, hijo mío, lo siento. Siento no haber sido tu padre y no te culpo por no estar aquí. Aunque no lo creas te conozco, y sé lo suficiente de ti como para poder pedirte que no te sientas culpable. Cada uno se labra su destino, y mi destino, ganado a pulso, ha sido el de morir sólo. Ahora lo sé, y ahora entiendo todo lo que he hecho mal.
Tengo tres regalos que hacerte, quizá es tarde para dártelos, pero supongo que las cosas llegan cuando tienen que llegar. Uno de esos regalos es mi primera pluma. Me he tomado la libertad de usarla antes de dejarla en la caja. Desde hace tiempo intuyo que mi final se acerca y me parecía una idea poética que lo último que escribo, sea con la herramienta que me permitió escribir mi primera historia.
Quizá soy demasiado teatral, y esto no era necesario, pero necesitaba cerrar el círculo. La carpeta es uno de los regalos, pero te pido por favor, que no la abras hasta terminar esta carta. Mi tercer regalo es un consejo. Lo sé, sé que llego tarde, que los consejos no sirven de nada ya. Que la vida que tienes, tus éxitos, tus logros, los has conseguido sólo, sin ayuda de nadie. Has tenido que criarte tú mismo, porque tu padre era un escritor avaricioso con aires de grandeza. Y ese ha sido mi peor crimen, perder tu cariño.
A pesar de tus éxitos, veo que te estás encaminando, quizá sin darte cuenta, al peor camino que imagines, el mismo que he tomado yo. No somos tan distintos Will, ambos hemos luchado por vencer en esa disciplina que amamos, hemos llegado a lo más alto, porque nuestro carácter ambicioso así nos lo ha permitido. No hemos dejado que nada ni nadie nos entretenga, hemos hecho que cualquier distracción desaparezca. Tú has decidido vivir sin amor, pues crees, y seguro que no me equivoco, que el amor sería la peor de las distracciones. Una mujer te distraería de esa meta que tanto ansías. Y cuando piensas en ser padre te preguntas si serías igual que yo. Siento decírtelo, porque seguramente es una de las peores ofensas para ti, pero ya eres como yo, Will.
Por eso escribo esta carta, y disculpa si es demasiado larga, pero es algo que no puedo evitar. Como te decía, quiero darte un consejo, pero dicho consejo llega en forma de confesión. Quiero que entiendas porqué me comportaba como me comportaba contigo o con tu madre. Sobra decir que esta carta no está escrita con la pretensión de conseguir tu perdón. Merezco tu rencor, pues incluso yo, ahora que he abierto los ojos – por desgracia tarde –, siento odio hacia mi mismo.
Quiero que sepas, que a pesar de no haberos hecho caso a ti o a tu madre, nunca he querido a nada ni a nadie tanto como a vosotros dos. Mi gran orgullo es poder decir que soy tu padre, mi gran tortura es no haberte dicho nunca lo mucho que te quiero. Así que permíteme un inciso antes de empezar a contarte mi historia. Dicho inciso es necesario para decir esas dos palabras cuya ausencia te ha causado tanto dolor: te quiero hijo mío, con toda la fuerza de mi corazón.

Will sintió como el nudo que se había alojado en su garganta desde que leyera “Querido Will.” Se aflojaba y dejaba que un sollozo emocionado saliera sin problemas de su boca. Las lagrimas brotaron libremente. Por fin había recibido esa muestra de cariño que siempre había anhelado de su padre. Había tardado más de cuarenta años, y a pesar de haber tenido que esperar a leerlo en una carta, Will pudo responder a aquel “te quiero” con un “yo también a ti, papá…”

Continuará…

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