LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: ESVÁSTICA. (FINAL)

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Para leer las anteriores partes:

-Primera parte.-

-Segunda parte.-

-Tercera parte.-

Continuación…

Un tercer trueno hizo que el corazón de Gabriel se estremeciera. Ya se habían deslizado por debajo de la litera todos sus compañeros. El hombre pensó durante unos segundos si debería seguirles o quedarse en el barracón. Si Emil… o mejor dicho; cuando Emil viera a los judíos, y comprobara que Gabriel no había intentado escapar, ¿le perdonaría la vida? Sin duda, aquello daba igual. Gabriel corrió a la ventana, sentía rabia e impotencia por la actitud de sus compañeros.
Sus ojos se abrieron como platos al distinguir en la negra noche la silueta de los hombres que intentaban darse a la fuga. Corrían con el cuerpo encorvado para poder pasar desapercibidos. A Gabriel, aquello siempre le había parecido absurdo. Los hombres se metieron entre dos barracones para esquivar el foco de luz que cruzaba Auschwitz iluminando el suelo que brillaba por el agua de la lluvia. Gabriel lanzó un grito ahogado pensando que aquel sería el final del éxodo. Pudo ver al joven de la nariz afilada con la espalda pegada a la pared de uno de los barracones, aguantando la respiración y con los párpados apretados, como si con aquello fuera a conseguir hacerse invisible. El foco pasó de largo, y aún con la oscuridad Gabriel vio como el joven suspiró aliviado.
El joven hizo un gesto con la mano a los judíos que habían a su lado en fila, para que supieran que podían seguir. Volvieron a agacharse y se pusieron en marcha. Cada paso hacía que el corazón de Gabriel latiera más rápido, mientras miraba a todas partes, a la espera de que el Dämon apareciera. De pronto se dio cuenta de que no sabía como pretendían escapar, ¿harían un hoyo cerca de la alambrada? Esa parte del plan no se la habían contado, pero Gabriel sintió una profunda alegría al ver que sus compañeros estaban apunto de conseguirlo. Se arrepintió profundamente de no haberse unido a aquella evasión. Se odió por su cobardía, sintió ganas de golpearse con fuerza, incluso cerró su puño como si se amenazase a sí mismo. En ese instante algo llamó su atención; en el suelo, Gabriel pudo ver una extraña bruma oscura. Parecía como si la niebla reptase, y con aquel movimiento zigzagueante se volvía más espesa. El hombre no podía dejar de mirar aquel fenómeno. La bruma se acercaba a los hombres que huían. Cuando estaba a pocos metros de ellos, Gabriel pudo ver atónito como una extraña columna se levantaba del suelo. El humo empezó a tomar forma humana, y poco a poco su textura etérea se solidificaba. Un terror asfixiante atravesó el pecho de Gabriel al ver, por primera vez, la manera en que Emil Fink aparecía. Parecía que, literalmente, el nazi subiera del infierno subterráneo. Gabriel empezó a golpear con fuerza las paredes, intentando avisar a sus compañeros del inminente peligro. Pero, una oleada de truenos enmudecieron los golpes, como si Emil hubiera conjurado aquel estruendo para evitar que el judío avisara a sus compañeros.
Lo primero que Gabriel diferenció de Fink, fueron sus dos ojos rojos fulgurantes. Su sonrisa llena de colmillos afilados y tenebrósamente blancos se solidificó. Los judíos se giraron al escuchar aquella risa aguda, y sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver aquel espectáculo.

¡Gabriel tenía razón!

El aludido sintió una profunda rabia al escuchar aquel grito. Emil Fink giró su cabeza hacia el barracón donde estaba Gabriel, y lanzó otra risotada aguda. Aquello haría que Gabriel no volviera a soñar con otra cosa que no fuera aquella imagen. Pocos segundos después el nazi estaba de pie, completamente solidificado. El joven de la nariz afilada atacó al demonio, intentando darle un puñetazo en el vientre. El torso de Emil recuperó la textura gaseosa y el puño le atravesó, acto seguido, volvió a ser sólido y el brazo del joven quedó atrapado. Aquello cada vez era más horripilante.

¡Herodes, no!

El grito del exterior hizo que Gabriel recordara el nombre de aquel joven. Pero ya era tarde, Emil posó sus manos cubiertas con guantes negros en las sienes de Herodes, apretó los dedos y en el lugar donde presionaba empezó a producirse un ligero humo. Herodes lanzó un grito de dolor, y como si al monstruo no le supusiera ningún esfuerzo, le rompió el cuello con un leve movimiento de sus muñecas. El hombre cayó fulminado, con el brazo aún preso en el vientre de Fink. El nazi lanzó una risotada aguda y triunfal ante aquel asesinato. De pronto, Gabriel vio como el Dämon se tornaba niebla, y empezaba a flotar por el cielo, como si de un enjambre de abejas se tratase. El brazo de Herodes quedó liberado y éste quedó tumbado en aquel suelo. Todos los hombres, incluido Gabriel desde el barracón, seguían con la mirada el vuelo de aquel humo negro que volaba haciendo filigranas en el cielo negro de la noche. De pronto, tras una curva aérea, la bruma descendió en picado, y aprovechando que uno de los judíos abrió la boca para lanzar un fuerte alarido de terror, Emil, o su estado gaseoso, se introdujo por la abertura. El hombre cayó de rodillas al suelo, encorvándose hasta el punto de que su frente tocara el suelo. Se llevaba las manos al estómago, y se retorcía de dolor. Uno de sus compañeros se acercó a él, y de pronto, el hombre alzó la cabeza y todos los espectadores de aquel macabro espectáculo pudieron ver como de los ojos del judío, manaba un haz de luz anaranjado e intenso. Las venas de sus sienes se marcaban y latían con impulsos de luz. De pronto, la luz salió por su boca, su nariz, y pronto todo su cuerpo empezó a brillar con un aquel tono naranja. La noche se iluminó y el hombre, tras un fuerte grito que desgarró el cielo, desapareció en una potente explosión que hizo que Auschwitz temblara por completo. La onda expansiva hizo que los cristales de los barracones reventasen, y Gabriel se vio lanzado por los aires contra una de las literas.
Cuando el temblor cesó, Gabriel corrió a ponerse en pie, ignorando el profundo dolor que sentía en su espalda por el golpe. Corrió a la ventana, por la que entraba un gélido aire que le cortaba los labios y hacía que le escocieran los cortes de la cara. Se asomó, y allí lo vio; Emil Fink estaba de pie, con su elegante y aterrador pose de líder. A su alrededor se sucedían los cadáveres destrozados de los judíos que habían sido alcanzados por la explosión. Fink miró a Gabriel, con aquella sonrisa y aquellos ojos que jamás conseguiría olvidar. Y, para su terror, entendió que jamás conseguiría escapar de aquel infierno. De todos los demonios que aterrorizaban a los judíos, de todos los campos de exterminios, él, había ido a parar a Auschwitz, el inframundo gobernado por Emil Fink, el Dämon.

-Fin-

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4 pensamientos en “LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: ESVÁSTICA. (FINAL)

  1. Nos a encantado !!!! Una historia, por desgracia real, como los judíos encerrados en los campos de concentración y con algo sobrenatural una mezcla que te ha quedado muy bien.

    ¡¡ Enhorabuena por tu primer relato en la máquina estilográfica !!

  2. Gracias por vuestro comentario. Me alegra que os haya gustado, me apetecía mucho escribir un relato fantástico ambientado en esta época que tanto me apasiona. Estoy muy satisfecho con el resultado, además creo que he conseguido un villano muy bueno. Emil Fink es mi personaje favorito de “Esvástica”.

  3. Me ha gustado mucho que introduzcas fantasía a una temática real. De hecho, se me ha hecho corto, me hubiera gustado más historia, más “chicha” si cabe. De todos modos, felicidades. ¡Un relato impecable!

  4. La verdad es que a mi también me ha sabido a poco. Iba incluso a extenderla una semana más, pero mi conciencia me dijo: “no Sergio, tienes que ser consecuente…” y por fin conseguí ignorar a ese demonio sobre mi hombro que me decía: “¡alárgala! ¡Alárgala!” jajajaja. Me alegra que te haya gustado, Sara.

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