LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: ESVÁSTICA. (PARTE 3)

la_máquina_estilográfica

*Para leer las anteriores partes:

-Primera parte.-
-Segunda parte.-

Continuación…

Llegado el momento, uno de los judíos se acercó a la ventana empañada que había cerca de la puerta, para vigilar que ningún soldado se acercara al barracón. Cuando se hubo asegurado de que todo estaba tranquilo, miró a sus compañeros e hizo un gesto con la cabeza para asegurar que podían comenzar con el plan.
El joven de la nariz afilada, cuyo nombre Gabriel no conseguía recordar, se agachó al pie de una de las literas y, tras tumbarse boca abajo en el suelo se introdujo debajo de la gran cama. Gabriel escuchó un crujido, y, llevado por la curiosidad, se agachó para poder comprobar lo que estaba pasando. Sus ojos se abrieron como platos al ver que, bajo la litera, sus compañeros habían abierto un agujero en el suelo de madera del barracón. “¡Ingenioso!” pensó al ver que nadie miraría debajo de la litera.
Gabriel volvió a ponerse en pie, aturdido por la brillantez de aquellos hombres, pero siendo consciente de que no les serviría de nada. Se merecían escapar, por muchos motivos, pero aquella astucia, merecía una recompensa. Escuchó dos golpes secos en el suelo, y al ver que dos judíos se tumbaban en el suelo, Gabriel entendió que aquellos golpes eran la señal del joven de la nariz afilada, para comenzar con el éxodo. Otros dos golpes, del último hombre que se deslizó bajo la cama para señalar al siguiente que podía proceder. Gabriel estaba cada vez más asombrado por la organización de aquel plan. Dos golpes más y el siguiente hombre se deslizó por el suelo. El judío al que Gabriel había avisado sobre Emil Fink se le acercó:

¿Serás el siguiente, Gabriel?

Éste miró a su compañero de barracón con ojos abiertos como platos. ¿Él también estaba incluido en el plan? Aquello le puso nervioso y un sudor frío le recorrió la frente con un cosquilleo y unas náuseas terribles. De pronto, un trueno ensordecedor invadió aquel campo de exterminio.

Un trueno – dijo Gabriel – … eso ha sido un trueno.
¡Lo sé, joder! Yo también lo he oído. ¿Acaso hay algo que no te perturbe?

Gabriel volvió a sentir ganas de golpear a aquel hombre. Su sarcasmo, sus respuestas, empezaban a molestarle. Se obligó a contar hasta diez, pero no se abstuvo de coger a su interlocutor del brazo y arrastrarlo hasta una ventana. Era cierto que Gabriel estaba asustado aquellos días, pero seguía siendo un hombre adulto y con fuerza. Su compañero intentó librarse de la mano de Gabriel, pero éste la cerró con más fuerza.

¡Deja de tratarme como si fuera idiota! – Estalló Gabriel –. ¡Mira por la maldita ventana! ¿Qué ves?
¡¿Y qué narices quieres que vea?! ¡Este maldito campo de exterminio!
¡Mira al cielo!

El cielo estaba completamente despejado. Incluso se podían ver las estrellas. Gabriel había pensado más de una vez en lo extraño que era poder ver algo tan maravillosamente bello, en un lugar tan inquietantemente horrible.

¡No hay nubes! – siguió Gabriel –, entonces… ¿de dónde ha salido el trueno? Algo malo va a pasar hoy. Él sabe lo que vais a hacer.
Más te vale que no lo sepa, Gabriel – dijo el hombre levantando su dedo índice con un gesto amenazador. Luego sacudió con fuerza el brazo y se deshizo de la mano de Gabriel, eres el único que sabe lo que estamos haciendo. Si ese perro bastardo de Fink aparece, te mataré yo mismo. ¿Me has oído? Si me entero de que nos has traicionado, me ocuparé de ti.

Gabriel no podía dar crédito a lo que acababa de escuchar. No sólo no le creía, si no que acababa de amenazarle de muerte. ¿Él un traidor? Aquel hombre le parecía avariciosamente estúpido. Empezaba a pensar, para su horror, que le estaría bien empleado que aquel Dämon se encargara de él. En cuanto ese espantoso pensamiento cruzó por su cabeza, un segundo trueno cruzó el cielo. Y con él, el presentimiento de que aquella noche pasaría algo horrible, volvió a alojarse en todo su ser.

Continuará…
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