LA MÁQUINA ESTILOGRÁFICA: ESVÁSTICA, 1ª PARTE.

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Bienvenidos a “La Máquina Estilográfica”. Aquí os dejaré una historia mensual dividida en cuatro partes (cuatro semanas). Espero que las disfrutéis.

(1ª parte)

Gabriel despertó con un respingo causado por la atronadora pesadilla que acababa de tener. Miró a su alrededor y vio a sus compañeros recluidos. Por un instante, había olvidado que estaba en aquella litera odiosa, en aquel campo de exterminio demoníaco.
No pudo evitar romper en lágrimas, no podía creer que se viera envuelto en aquel infierno. La imagen de la entrada de Auschwitz se había tatuado en su mente. Jamás olvidaría el mensaje cínico que descansaba sobre la la puerta.

“ARBEIT MACHT FREI”
(“EL TRABAJO TE HARÁ LIBRE”)

Se quedó sentado con las manos ocultándole el rostro. En la oscuridad de sus párpados cerrados, pudo ver con claridad la pesadilla que acababa de tener. No era fruto de su imaginación, era un recuerdo reciente que había hecho que su sangre se helara.
El suceso se había producido durante la segunda semana de su confinamiento. La noche era regada por una tromba de agua. La lluvia golpeaba furiosa el tejado de los barracones mientras los judíos jugaban a cartas o echaban pulsos para intentar, siempre en vano, huir de la realidad. Matías Wasser sacó de dentro de su colchón una botella de licor cuya procedencia sólo él conocía. Reían víctimas del influjo del néctar cuando de pronto la puerta del barracón se abrió en un estruendo. Todos los presos dieron un bote asustados y sus ojos se abrieron como platos al ver como un grupo de soldados entraban acompañados por el capitán de la SS, Emil Fink.
Emil era conocido como Dämon, demonio en alemán. El apodo se le había otorgado por su crueldad y el terror que influía a todos cuanto le habían conocido. Fink entraba con paso tranquilo, llevaba los brazos a la espalda y lucía su elegante uniforme negro con la “SS” bordada en la solapa derecha de su americana y el inconfundible brazal rojo con una esvástica negra dentro de un círculo blanco en el brazo izquierdo. La visera de su gorra negra ensombrecía unos ojos que nadie había conseguido ver, pues a Emil Fink sólo se le había visto por la noche cuando la única luz era la de los focos de Auschwitz.

¡Dejad lo que estáis haciendo!

Ladró Emil en un perfecto alemán. Paseó por el barracón mirando con aire de superioridad a todos aquellos judíos ebrios. Alguno de los presos pensaba que Fink no sabía nada de aquel contrabando, pero nada se le escapaba a Dämon. Se divertía permitiendo ciertas situaciones, para irrumpir en las estancias en el momento oportuno para hacer pagar a los judíos por sus actos. Siguió andando hasta que quedó de nuevo frente a la puerta, mirando a aquellos individuos que pocos segundos antes habían estado bebiendo y riendo.

Esos tres – dijo señalando a Gabriel y otros dos –… sacadlos.

Los soldados cogieron a los tres hombres y los sacaron a rastras del barracón mientras Emil quedó con los brazos cruzados a su espalda, mirando con su sonrisa perfilada por el mismísimo Satanás, y aquellos ojos ocultos en la sombra de su visera.
Cuando los soldados salieron con Gabriel y sus dos compañeros, Dämon los acompañó. Andaron bajo una lluvia que caía a plomo como una pesada cortina de agua. Los soldados arrodillaron a los judíos sobre el suelo embarrado de Auschwitz. Emil se acercó, andando bajo aquel agua como si no la notase, su caminar era grácil y parecía mucho más alto del metro ochenta que medía.
Cuando hubo estado frente a los reclusos arrodillados, miró a su alrededor para comprobar que los que habitaban los barracones circundantes estaban mirando. Los tres hombres lloraron, aunque sus lágrimas parecían inexistentes debido a la fuerte lluvia que les empapaba. Uno de ellos, Eamanuel Schreider, no pudo evitar orinarse en los pantalones, preso de un miedo que le hacía pensar que el corazón se le saldría del pecho.
Emil, rápido como un relámpago, desenfundó su pistola y fusiló sin vacilar a Emanuel. Su llanto enmudeció. El compañero de Gabriel que quedaba con vida, Melchor Goldman, se abalanzó sobre Emanuel gritando de dolor por la pérdida de su amigo.

¡Sois unos monstruos! ¡Hijos de puta!

Los ojos de Gabriel se abrieron como platos cuando vio que Melchor se levantaba y corría hacia Emil Fink para vengar la muerte de Emanuel.

¡Melchor, no!

Pero ya era tarde, Fink miró a Gabriel que sintió los ojos del nazi clavados en los suyos, a pesar de seguir resguardados bajo la sombra de la gorra. Sonrió con aquella fría curvatura que tanta sangre había helado, alzó el brazo y sin necesidad de mirar a su atacante, apretó el gatillo haciendo que Emanuel cayera fulminado en el suelo.

¡¡NO!!

Gabriel no se levantó, siguió de rodillas y corvó su espalda hasta que la frente quedó apoyada en la arena. Lloraba desconsoladamente, deseando que aquel mal nacido le matase. Recordó con un amor que jamás se extinguiría la imagen de su mujer Marité. Se despidió de ella con un “te quiero” pensado. Ante él, a ras de suelo, pudo ver las botas negras de Fink. Alzó la mirada y vio a Dämon frente a él. Desde aquella postura, el capitán de la SS parecía un gigante. La luz de los focos sobre él, hacían que su figura fuese una descomunal silueta.

Mátame, ¡mátame de una maldita vez!

Sollozó volviendo la cara al embarrado suelo.

No – dijo Emil con una carcajada que estremeció al hombrecillo –. No voy a matarte…

¿Por… por qué? – preguntó aterrado – ¿Qué vas a hacer conmigo? ¡¿Por qué no quieres matarme?!

Entonces fue cuando lo vio. Emil se agachó a tal velocidad que Gabriel no le dio tiempo si quiera a asustarse. Le cogió del cuello y acercó la cara a la del judío que estaba llena de un barro que se diluía con la lluvia. Gabriel no pudo evitar mirar los ojos del capitán. Aquellos ojos, penetrantes, exentos de pupilas, y con un tono tan rojo, tan brillante, que parecía salido del mismísimo infierno. Sin duda, el apodo de Dämon había sido puesto por el motivo equivocado. Emil sonrió y Gabriel se fijó por primera vez en aquella dentadura dotada de dos hileras afiladas llenas de colmillos. Su aliento, asfixiante, apestaba a azufre. Una risa desquiciante salió de las fauces del demonio y el brillo de sus ojos se encendió hasta que los de Gabriel sintieron el escozor de aquel destello y el hombre se vio obligado a cerrarlos.

¿Qué eres tú?

Emil giró la cabeza para hacer que su cuello crujiera en un movimiento que a su presa le pareció salvaje. El nazi cerró la boca para tragar la saliva excesiva que había dejado su excitación y tras una una chillona y aterradora risa sentenció:

Soy el apocalipsis…

Continuará…

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