REPLANTEANDO IDEAS.

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“Si quieres conocer a una persona,
no le preguntes lo que piensa,
pregúntale lo que ama.”
-San Agustín-

Diario Positivo, entrada 33

Desde que cogí por primera vez un lápiz, soñé con ser dibujante. No sabía como lo haría, pero sin duda, sería dibujante. Las hojas en blanco, las gomas de borrar o los propios lápices se convirtieron en mis mejores amigos.

Cuando el resto del mundo dejaba de sonreírme y me mostraba su cara más desagradable, el acto de dibujar se convertía en una preciosa válvula de escape. Soñé tantas veces con que alguien, algún día, olvidaría sus problemas abriendo un cómic escrito y dibujado por mi, que acabó convirtiéndose en un dulce obsesión.

Pensar en mi, era pensar en un niño frente a un folio. Mis compañeros de clase empezaron a dirigirme la palabra cuando vieron que era capaz de hacerles dibujos. Dibujaba personajes del mundo de Dragon Ball, a todas horas. La frase solía ser: “¡Sergio Flores! ¿Me haces un Son Goku?” y allí estaba yo, sin quejarme ni necesitar que me lo pidieran dos veces.

El dibujo, me cambió la vida. Empecé a pasar cada vez más tiempo dibujando y menos prestando atención a las tonterías ajenas. Cuando estaba a punto de terminar el instituto, un profesor me ofreció la oportunidad de entrar a un conservatorio de Valencia, se me daba bien la música – digo que se me daba, porque no seguí aprendiendo – el novio de una prima mía me comentó que podría estudiar dibujo.

Yo no tenía ni idea de que había academias de dibujo, mucho menos que existía la mejor academia de cómic de Europa en mi propia ciudad. Así que entre la música, algo que descubrí tan sólo cuatro años antes, o el dibujo, algo de lo que disfrutaba desde los nueve, estaba claro lo que debía escoger.

Es curioso, cuando empecé a estudiar lo que tanto me gusta, todas mis expectativas cambiaron. Conocí a un profesor, o mejor dicho “el profesor”, el mejor que he tenido nunca. Me impartía la asignatura de guión. Si alguien me hubiera dicho que yo, un chaval que casi no sabía leer cuando salió del instituto, iba a querer ser escritor, es más, que escribiría una novela a mis veintisiete años, me habría reído de él. No me gustaba escribir, de hecho, lo detestaba.

Ese profesor, Sebas Martín, hizo que de repente, la idea de dedicarme a dibujar, quedara eclipsada por la idea de dedicarme a escribir. Al principio, cuando descubrí este cambio de intereses, me sentí triste, me daba pena pensar que ya no disfrutaba dibujando, que en ocasiones me sentía vacío cuando cogía el lápiz, pero tremendamente lleno cuando tecleaba en el ordenador.

Ahora me he dado cuenta de que no hay motivo para sentirse mal. He entendido que no quería ser dibujante, quería ser artista, y en ese sentido no he traicionado a aquel crío de nueve años. Haciendo referencia a la cita que inicia esta entrada: si me preguntas qué amo, solo puedo decir que amo la idea de hacer soñar a los demás. Eso, y sólo eso, es lo que he deseado toda mi vida.

-Sergio Flores Marcos. (Floser)-
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