EL CUENTA-CUENTOS: KILL. (PARTE 2)

Para leer la primera parte de “Kill” pulsad aquí.

(2ª Parte)

Palabras a añadir:

(No hay palabras a añadir)

Continuación…

Las fotos de dos víctimas habían sido colocadas con imanes en una pizarra contemplada por dos agentes. Al lado de cada foto, descansaban signos de interrogación. La policía no sabía aún la identidad de las dos personas. La comisaría por completo, se había quedado asombrada ante aquel crimen perfecto. No habían huellas, ni dactilares ni de pisadas. Sólo la pólvora de los disparos pudo ser encontrada. Aquello era insuficiente para cazar al asesino.

¿Aún no han llegado los resultados del ADN?

Preguntó la detective Gala tras marcar el número de teléfono que le conectaba con el laboratorio. Gala era una mujer de treinta años cuyo pasado oscuro, como en cualquier mala película policíaca, hizo que se quisiera unir al cuerpo. No era una mujer especialmente bella, su atractivo podía compararse con su inexistente amabilidad. Sus ojos azul pálido y su piel demasiado clara contrastaban con un mal corte de pelo cuyo color había sido cambiado a un negro azabache. Sin duda, el mayor don de Gala, era su talento para resolver casos.

¡¿Acaso crees que esto es una jodida serie de televisión?! – respondió el técnico del laboratorio con voz grave –, ¡no puedo obrar milagros!

No era una serie de televisión con un guión casposo que dejaba claro desde el minuto cinco quien había sido el o la culpable. No era una odiosa ficción en la que perseguían a un criminal torpe que cometía errores. Aquella persona a la que estaban siguiendo era inteligente de verdad, era cuidadosa y se alejaba mucho de la torpeza.

¡Carmona! – gritó Gala a un agente que pasaba por allí – Traeme un café.
¿Me has tomado por tu camarero? Mueve tus malditas patazas y cógelo tú misma.

El ambiente en la comisaría desde que Gala había tomado aquella actitud, era crispado. Gala no siempre había sido así, no lo era antes de que el médico le diagnosticara un problema en la válvula mitral que impedía que la sangre llegase con fluidez al corazón. No podían operarla, y tampoco supieron decirle, con exactitud, cuanto tiempo le quedaba de vida. Por descontado, nadie más que el capitán sabía aquel hecho.

Que te jodan Carmona, ya vendrás a pedirme algún favor.

Carmona se fue maldiciendo a aquella odiosa mujer. No entendía como un día, pudo sentirse atraído por su carácter afable, y ahora él mismo había llegado a urdir un plan para deshacerse de ella sin dejar huellas. Se preguntaba, para su propia repugnancia, si aquel asesino al que estaban siguiendo, podría ayudarle en aquel plan.

 
El volumen de la televisión quedaba oculto bajo el sonido del agua cayendo encima del plato de ducha. Tras la mampara de cristal se podía ver la silueta de una preciosa mujer distorsionada por el efecto del material con el que estaba hecha la pared de la ducha.

En el televisor se veía el capítulo de unos dibujos animados de procedencia japonesa. Y el piso, no demasiado grande pero decorado con un gusto impecable, olía a una mezcla de leche corporal y pizza caliente. La mampara crujió al abrirse y la chica de cuerpo esculpido por el mismísimo Bernini, salió dejando bajo ella un charco de agua. La toalla secó suavemente el cuello de la muchacha, y bajó hasta que la chica tuvo que encogerse para recorrer sus piernas. Se puso sólo la parte de abajo de la ropa interior, luego un short negro de pijama y una camiseta de manga corta de uno de esos grupos heavys que tanto le gustaban. Alguna que otra vez se había sorprendido al comprobar que en su armario, no había otro tipo de camisetas. Las había de manga larga, corta, de tirantes, pero todas eran de algún grupo de rock o heavys.
Andó hasta el salón notando bajo sus pies el frío suelo de cerámica, y antes de dirigirse a la cocina se detuvo a mirar a la televisión. Contempló embobada la pelea que protagonizaban dos personajes de aquel anime y tras resoplar con admiración ante la calidad de aquellos dibujos, entró en la cocina. Abrió el horno y, doblando un trapo de cocina con textura de toalla, cogió la bandeja y la sacó para poder poner la pizza en un plato.
La cortó en ocho porciones y se sentó en el sillón dejándose caer de forma pesada. Si su madre la viera, seguramente la diría que comerse una pizza entera para cenar, era demasiado, y seguiría con el discurso durante quince o treinta minutos. Por suerte para ella, hacía tiempo que se había encargado de que su madre no volviera a sermonearla.
Cuando la preciosa e inquietante joven pensaba en todas sus víctimas se veía invadida por un escalofrío de placer. Solía pensar, sobretodo, en sus últimos golpes. Y aquella noche había hecho un trabajo perfecto matando a aquel sicario y a su propio jefe. Éste último, tenía la mala costumbre de comportarse como un padre, y ella no tenía padre, también se había encargado de poder decir esto. Sonrió ante aquel pensamiento feliz, y acto seguido se introdujo un trozo de pizza candente en la boca. Se quemó el labio con el hilo de queso fundido que colgaba de la porción, y sintió un ligero placer ante aquel dolor. Masticó la pizza y la disfrutó mientras veía el final de aquel episodio animado. El sabor de los champiñones le repugnaba, y muchos habrían preferido comprar cualquier otra pizza, pero ella, por alguna razón que nadie entendería, prefería hacerse sufrir, siempre se hacía sufrir, era algo que le hacía sentir excitada.

Continuará…
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