EL CUENTA-CUENTOS: KILL. (PARTE 1)

(1ª parte)

Palabras a añadir:

Sara: tabique, corteza, grava.

Inicio…

Abrir la puerta con la ganzúa y adentrarse en el piso no le había llevado más de un minuto. Ante él se abría un largo pasillo oscuro que desembocaba en una pequeña estancia iluminada por la luz de un televisor, cuyo volumen estaba lo suficiente alto como para que la víctima no escuchara el martillear de la pistola con silenciador.
Los mocasines italianos pisaban con sigilo el suelo de madera. Avanzaba con cuidado mirando atentamente al parqué ensombrecido, para evitar pisar algo que pudiera delatarle. Aún con la escasa luz, se distinguió la mueca de asco, al ver en el suelo una corteza. Algo que siempre había odiado era la suciedad, su obsesión por el orden afloró en aquel momento.
Siguió adelante, echando un último vistazo a la corteza. Cuando llegó a la estancia, se encontró tras un sillón de cuero situado delante del televisor.
El intruso diferenció el programa que estaban emitiendo. Admiraba a aquel periodista, cada noche le grababa para poder verlo al llegar a casa de su truculento trabajo. Por un segundo pensó que estaba deseando quitarse aquel traje negro de corbata a juego y los guantes de cuero que impedían que sus huellas dactilares quedaran impresas en cualquier sitio.
Alzó la pistola, apuntando directamente a la parte trasera del sillón. Empezó a encararlo, girando a su alrededor, hasta que su víctima, un hombre de sesenta años de edad yacía con la cabeza ligeramente caída sobre su hombro izquierdo. De la frente caía un hilo de sangre que iba a parar sobre el pantalón de pijama del anciano.
El hombre de la pistola, acercó sus dedos hasta la sangre, cuando la tocó, y notó la textura líquida, comprendió que aquel crimen, había ocurrido hacía pocos minutos. Dio un paso atrás alzando la pistola para protegerse de un posible ataque. Bajo la suela de uno de sus zapatos, notó que el suelo cambiaba de textura. Había pisado algo que parecía arena. Se agachó, dejando que su traje caro se arrugase. Dirigió una mano hacia lo que acababa de pisar, y, llevándolo al foco de la luz del televisor, pudo ver que se trataba de grava.
De pronto notó como su cabeza se veía envuelta en lo que parecía una bolsa de plástico. El arma se le escapó de las manos y empezó a forcejear, su atacante era hábil y rápido. Por suerte el hombre disponía de un entrenamiento excelente, y sus nervios se mantenían firmes a pesar de que el aire empezaba a faltarle. Los ojos se le desenfocaban, pero mantuvo la calma lo suficiente como para llevar los dedos a la bolsa que quedaba tirante en la cavidad de su boca. La cabeza empezó a darle vueltas, y notó como sus piernas le fallaban. Clavó los dedos en la bolsa y la desgarró dejando que el aire volviera a colarse por sus pulmones. Un alarido ahogado salió de su garganta, y golpeó con la parte trasera de la cabeza, el pecho de su asaltante.
Consiguió soltarse, y empezó a toser. Notaba a su contrincante de pie tras él. ¿Por qué no le atacaba? Estaba esperando a que el hombre trajeado recuperara el aliento. Su mente repasó el ataque, había sido extremadamente sigiloso, pero de repente recordó que al golpearle con la cabeza en el pecho, notó el tacto blando de dos senos. Levantó la cabeza, siguiendo la linea de sus piernas. Unas botas marrones llenas de gravilla y unos tejanos ajustados metidos por el calzado. Sus caderas bien esculpidas estaban envueltas en un cinturón ancho con tachuelas. Vestía una camiseta de manga corta negra de un grupo de rock. Y sus manos estaban enfundadas en guantes de cuero. No conseguía verle la cara, aún estaba mareado.
La mujer empezó a reír, aquello consiguió hervirle la sangre. Se abalanzó sobre ella, cuando se puso de pie notó que era más alto que la mujer. Le sacaba una cabeza de altura. Lanzó su puño sobre la cara borrosa de su adversaria, ella le esquivó sin problemas, dejando que el brazo del hombre silvase junto a su oído. Luego, en pocas milésimas de segundo, la mujer asestó un golpe seco en el tabique nasal del hombre, cuya cara se vio bañada en sangre.
Cayó de espaldas al suelo, ella se agachó a coger la pistola. La sopesó, y encaró el cañón hacia el hombre con la nariz rota. Éste alzó la mano, pidiendo que no disparase. Su voz sonó grave, y a la vez ahogada por la falta de aire.

¿Quién eres tú?

La chica se acercó a la luz de la televisión. Era de rasgos asiáticos, tan hermosa que en otro momento le habría dejado sin aliento. Su pelo marrón ondulado le caía en una preciosa cascada sobre sus hombros. Y sus labios finos y rosados eran la imagen viva de la perdición.

Soy tu versión mejorada…

Tras decir esto, la pistola lanzó un proyectil que atravesó mano y frente. Adoraba su trabajo. Se acercó al anciano y cogió una corteza del bol que descansaba sobre su regazo. Miró al hombre sonriendo.

¿Estás muy metido en el papel?

El hombre levantó la cabeza, y miró a la mujer. Dejó el bol en el suelo, y se levantó del sillón. Su altura, al enderezarse, era mayor de lo que aparentaba sentado. Movió el cuello, y los huesos empezaron a crugirle.

Has tardado mucho, me estaba destrozando las cervicales.
Siempre te estás quejando Harris, está muerto, es lo que importa.
¡No se trata de eso! – dijo Harris mientras se agachaba a mirar de cerca la frente perforada del idividuo – ¡Tendrías que haberle matado en cuanto has tenido la ocasión!
Tienes razón, no hay que desperdiciar las ocasiones claras.

Harris levantó la mirada, y vió, con sus ojos abiertos como platos, los ojos rasgados de aquella asesina implacable, fue lo último que pudo ver. Su sangre se unió a la sangre de la primera víctima de la mujer que cogió una segunda corteza del bol que había en el suelo y la hizo crujir entre sus dientes.
Sonrió ante aquel trabajo, lanzó la pistola encima de los dos cadáveres, y tras coger su chaqueta del colgador que había junto a la pared, abandonó la casa por el angosto pasillo.

Continuará…
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