EL CUENTA-CUENTOS: CALÉ. (PARTE 3)

Para leer la primera parte de Calé, pulsad aquí.

Y para la segunda parte aquí.

(3ª parte)

Palabras a añadir:

(no hay palabras a añadir)

El verano bañaba la belleza colosal de Andalucía, sus calles adoquinadas brillaban con el fulgor agradable del astro rey. Antón paseaba, como tantas mañanas, mientras leía una novela que Arantxa le había dejado. Había desarrollado aquella costumbre, le gustaba leer mientras andaba, sobretodo si su cara era acariciada por el aroma del mar.
Mientras se encontraba adentrado en el mundo ficticio del libro que sostenía abierto a la altura de su ombligo, disfrutando de los dilemas de Dorian Gray, y su amor enfermizo hacia sí mismo, alguien se chocó contra él, haciendo que la novela cayera al suelo. Antón gruñó al perder la página por la que iba, se agachó rápidamente a coger el libro, y cuando se levantó para mirar a la persona que se estaba disculpando, su rostro cambió a un semblante alegre, ante él, con cara de sorpresa por el encuentro, estaba Pedro, con su cara agradable, y sus ojos profundos.

¡Perdona!
No – Antón titubeaba e intentaba que su voz se escuchara más que su corazón –… tranquilo. ¿Qué haces aquí?
¿Aquí? Estás al lado de mi casa – respondió Pedro riendo mientras Antón miraba sorprendido a su al rededor –. La pregunta es ¿qué haces tú aquí?

Antón le confesó que no se había dado cuenta de que había andado hasta allí. Y le pareció curioso, como un capricho del destino, que desde su ensimismamiento, hubiera terminado allí, y hubiera topado precisamente con él.

¿Has comido, Anton?
No, pero ¿no ibas a algún sitio?
Bueno, iba a comprar unas cosas, si quieres me puedes acompañar y luego comemos.

La alegría se acomodó en el pecho de Antón, la idea de acompañar a Pedro a comprar y luego poder comer con él, mirándole a los ojos le llenaba de gozo.
El hambre se apoderó de ambos, y decidieron dejar las compras para después de comer. Pedro conocía la pasión recién adquirida de Antón por la literatura. Así que optó por llevarle a un restaurante llamado “Sopa de Letras”. El joven gitano quedó completamente maravillado, era un local amplio, cuyas paredes estaban cubiertas por portadas enmarcadas de libros de todo tipo. A su izquierda pudo ver la portada de un “Quijote”, era quizá la portada más maravillosa que él hubiera visto jamás. Se apuntó en una nota mental, que debería leer aquel mítico libro. También vio la de “Matar a un Ruiseñor”, y no pudo evitar fijarse en la portada de un libro que se llamaba “Mein Kampf”. Le preguntó a Pedro qué libro era aquel.

Es un libro que escribió Adolf Hitler, el título significa “Mi Lucha” en alemán.
¿Y por qué tienen expuesta la portada de un libro tan horrible? – Antón estaba horrorizado –, ¡Es asqueroso!

Pedro sonrió y posó la mano sobre el hombro del chico alterado.

Verás, a pesar de lo horrible de aquel hombre, hay que reconocer una cosa – hizo una pausa para meditar si lo que estaba apunto de decir podía sonar mal –… fue importante para la historia. No me mal interpretes, detesto lo que hizo, pero todo lo que ocurre, bueno o malo, compone nuestro presente.

Antón pensó en aquellas palabras, sin duda Pedro era una persona realmente culta, y sintió como su corazón se deshacía al oírle hablar.

¿Y tú lo has leído?
¿Yo? No, la verdad es que no. Lo he pensado varias veces, pero no sé si tengo estómago para leerme un libro escrito por Hitler, sobre el nacionalsocialismo.

Un camarero se acercó a ellos para preguntarles cuantas personas serían para comer. Pedro levantó la mano indicando que serían dos y el trabajador les hizo un ademán para que le acompañaran. Antón no dejaba de mirar a su alrededor, en las paredes habían pintadas frases que sin duda pertenecían a grandes obras. Pudo leer el “ser o no ser” y también en una columna, leyó el poema de Antonio Machado “La Saeta”.

¿Quién me presta una escalera,
para subir al madero,
para quitale los clavos
a Jesús el Nazareno?

¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
si no al que anduvo en la mar!

Antón sintió como un nudo se alojaba en su garganta, aquel poema le trajo recuerdos angustiosos de sus familiares. Se sentó, frente a Pedro, con la mirada fija en la copa que descansaba sobre la mesa.

¿Estás bien?

Antón no respondió hasta que escuchó la pregunta pos segunda vez. Levantó la vista para mirar a su acompañante y la sonrisa de Pedro le arrancó todas las angustias, jamás había conocido a nadie que tuviera aquel maravilloso poder.

Continuará…
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