El Cuenta-Cuentos: Calé. (Parte 1)

(1ª Parte)

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El palmear rítmico de una bulería sonaba en las calles de aquel barrio andaluz en el que Antón solía pasear. Hacía ya un año que se había mudado allí. En ocasiones, el sol radiante y los paisajes majestuosos de la costa sur, se veían eclipsados por el recuerdo de un destierro.
Antón se quedaba mirando, embobado, las manos chocando al ritmo de la música, y rememoraba con nostalgia a su familia, recordaba lo orgulloso que se había llegado a sentir de ser gitano. No obstante, le costaba no sentir cierta rabia, le habían dado la espalda, no por haber hecho algo criticable si no por ser él mismo. La homosexualidad era un pecado inaceptable en la cultura de su pueblo.
Siempre se había sentido distinto al resto de gitanos, y en numerosas ocasiones, cuando uno de sus hermanos insultaba a algún homosexual llamándolo en su idioma, “parguela”. Eso le hacía sentir incómodo, sin duda, a él también se le colgaría aquella etiqueta despectiva si algún otro gitano se enteraba de sus inclinaciones sexuales.
Cuando aquella represión invadía la vida de Antón, solía mirar envidioso al resto de homosexuales que mostraban públicamente su amor hacia personas del mismo sexo. Él quería poder hacer aquello, quería enamorarse y decirle a su novio lo mucho que le amaba, quería tener pareja pero le aterraba la idea, lo que su familia podría hacerle.
Cuando a los veinticinco años fue rechazado por su familia por el anuncio oficial de su homosexualidad, Antón se odió a sí mismo por no haber dado antes aquel paso. Su padre le dijo que era una deshonra para su pueblo y que Dios, no aceptaba aquellas aberraciones. Antón sólo pudo quedarse callado ante aquella declaración. ¿Dios no aceptaba aquellas aberraciones? Por supuesto, su fe se vio duramente golpeada. ¿Podía creer en un Dios que anteponía la condición sexual de alguien, a su felicidad? Fue mucho después de su exilio cuando entendió que la fe tenía muchas interpretaciones. ¿Cómo podían asegurar que Dios pensaba tales atrocidades? Volvió a creer con más fuerza que nunca, pero dejó de asistir a la iglesia evangelista. Desde aquel momento, él sería su propia iglesia.
Cuando su padre le repudió, y su madre agachó la cabeza ante la decisión del cabeza de familia. Antón se marchó sin mirar atrás. La tristeza se prolongó durante meses, pero se negó a que durase años. Sin duda, pensando fríamente en aquel destierro, al joven calé se le presentaba la oportunidad que siempre había deseado, la de vivir una vida sin represiones ni prejuicios.

Continuará…

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