El Cuenta-Cuentos: La Belleza de un Mundo. (Parte 4 -Final-)

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Para leer la segunda parte, pulsad aquí.

Y para la tercera parte de “La Belleza de un Mundo” aquí.

(4ª y última parte)

Palabras a añadir:

Sara (desde Facebook): vela, folclore y rubor.

Continuación…

El otoño de 1995 fue especial para mi. Había vivido hechos históricos desde la oscuridad de mi estado inconsciente. El golpe de estado quedó grabado en mi recuerdo como uno de los acontecimientos más extraños. Las voces de Tejero retransmitidas por televisión con aquella orden amenazadora que pasaría a formar parte de una de las frases más conocidas de España.
La muerte de mi padre seguía en las mentes de mi madre y la mía. Pero seguramente sería una de esas cosas que se tatúan en tu recuerdo. El momento en que más me acordé de él, fue durante las olimpiadas de Barcelona en 1992. Yo no lo vi, pero tan solo con escucharlo me pareció magnífico. Mi madre lo vio, colocó una televisión en mi cuarto y lo puso para que yo lo escuchara. Alegaba que si estuviera despierto, seguramente no me lo perdería.
Recuerdo la emoción que sentí cuando Antonio Rebollo disparó la flecha encendida hacia el pebetero. El silencio sepulcral que precedió al éxtasis de la consecución de aquella proeza, se me antojó eterno. Quería gritar, decir:

¡¡Que alguien me diga qué está pasando!!

Fue realmente emocionante poder vivir aquello. Como no podía ver las competiciones, tendía a imaginarme realizando aquellas pruebas. Era consciente de mi edad, pero el último recuerdo que tenía de mi mismo era el de los nueve años, así que era la imagen con la que me veía compitiendo. Era extraño, y frustrante, pero a la vez, al imaginarme corriendo, saltando, nadando, luchando, y vitoreado por aquella multitud de personas, sentía como el rubor se acumulaba en mis mejillas.
Desde aquel momento aprendí que me podía imaginar a mi mismo viviendo las situaciones que se representaban en sonidos a mi alrededor. Era consciente de que quizá tardaría en volver a ver la cara de alguna otra persona, así que me imaginaba que era yo el que las vivía. Aquello no siempre era bueno, recuerdo la ansiedad que sentí cuando ETA atentó contra el Hipercor de Barcelona. Me imaginaba allí, entre aquella pobre gente y mi corazón se aceleraba. Las máquinas conectadas a mi empezaban a pitar, dejando claro que mi pulso estaba agitado. Las enfermeras se tuvieron que ocupar y mi madre pasó la noche en vela fruto de la combinación de aquella noticia tan catastrófica y mi crisis.
Aquel otoño fue el más especial, como he dicho antes. Los vecinos tenían montado un buen folclore en la calle. Se celebraban las fiestas del barrio, y los petardos resonaban en el eco de aquellas callejuelas estrechas. A mi lado, escuchaba el leve tintineo de las agujas que usaba mi madre para hacer punto. Era un sonido agradable, o al menos a mi me relajaba. Mientras se enfrascaba en aquella labor, solía entonar alguna cancioncilla que había escuchado cuando era pequeña. Me gustaba que mi madre hiciera punto, porque se olvidaba de todo.
Empecé a notar como mis párpados temblaban, y mis ojos se vieron azotados por la luz de la habitación, se me llenaron de lágrimas y durante unos instantes, aquella luz tan anhelada, pareció ser más una tortura pero a la vez, me emocionaba el hecho de que después de treinta años en coma, volvía a estar consciente. Parpadeaba rápidamente para poder deshacerme de la acumulación de líquido. No podía mover el brazo, la falta de costumbre hacía que aquella labor fuera realmente complicada. Movía los dedos, y cuando pasado un momento mis ojos se acostumbraron a aquella nueva situación, giré la cabeza levemente y vi a mi madre. Su cabello tenía un color plateado, y su rostro era el vivo reflejo del sufrimiento. Me odié por ser partícipe de aquel dolor.

Lo siento…

Mi madre dio un respingo al escuchar mi voz. Yo también me sorprendí, no esperaba que sería tan grave, era la primera vez que escuchábamos aquel sonido.

¿Hijo?
Lo siento mamá, siento haberte hecho sufrir…

Ella lanzó las agujas y el ovillo al suelo y se abalanzó sobre mi para abrazarme y besarme por toda la cara. Me costaba moverme pero me negué a desaprovechar aquel momento. Me esforcé, puse toda mi atención en los músculos de mis brazos y conseguí, con gran esfuerzo, rodear a mi madre. Fue, sin duda, la sensación más maravillosa de aquellos últimos treinta años, y quizá, por su trascendencia, la mejor de mi vida.

¿Me perdonas?
No tengo nada que perdonarte hijo, nada…
Lo escuchaba todo, gracias por los libros, gracias por no abandonarme nunca.

Ambos lloramos sin reparos, y nos apretábamos el uno contra el otro, como si temiéramos que algo nos separase. Tras un larguísimo y encantador rato, le pedí a mi madre que me hiciera un favor. Intenté levantarme pero mis piernas estaban débiles.

¿Puedes traerme un espejo?

Cuando lo hizo, apreté la parte de cristal contra mi pecho, y suspiré con miedo de ver mi rostro. Pero vencí al miedo y me miré. Tenía la cara afilada y el mentón firme con un pequeño hoyuelo en la barbilla. Mi cara estaba perfectamente afeitada.

Elda te afeitaba, se le daba mejor que a mi, me daba miedo cortarte.

Sabía que Elda se encargaba de aquello, olía su perfume mientras la cuchilla pasaba suavemente por mi piel. Elda siempre me ha cuidado, incluso hoy, cuando ya llevamos más de diez años casados, ha cuidado de mi de una forma increíble. Viví treinta años de coma, y sin duda, lejos de ser una experiencia traumática, fue una gran oportunidad de ver la belleza de un mundo.

-Fin-

Nota: las palabras que me dejéis en los comentarios de esta última parte, serán utilizadas para el inicio de una nueva historia la semana que viene. Para evitar que os sintáis condicionados por el nuevo género, no os diré la temática del Cuenta-Cuentos de la semana siguiente.

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