El Cuenta-Cuentos: La Belleza de un Mundo. (Parte 2)

Para leer la primera parte de “La Belleza de un Mundo” pulsad aquí.

(2ª parte, 06 de marzo de 2013)

Palabras a añadir:

Sara (a través de Facebook): barranco, lentejas, amaestrado.

Continuación…

Es curioso como llegué a añorar cosas como las LENTEJAS de mi madre. Jamás me habían gustado, incluso recuerdo que en ocasiones me obligaban a comerlas, no dejándome abandonar la mesa hasta haber rebañado el plato. Yo lloraba desconsolado porque el sabor de aquella comida me horrorizaba. Pero en aquel momento, en ese desesperante limbo, habría dado cualquier cosa por volver a saborear aquellas legumbres.
Mis padres no solían poner la televisión de la habitación, salvo excepciones muy claras. Acontecimientos importantes. No viví muchos pero recuerdo uno de los más decisivos en la historia del mundo. Corría el año setenta y cinco, lo que significaba que llevaba diez años en coma. España se paralizó y agolpó a los televisores esperando una noticia que para muchos sería motivo de júbilo y para otros una inmensa pena. Todo el país estaba pendiente de si Franco, al que llamaban “el generalísimo” – y del que mi madre me había hablado y leído multitud de artículos ya que cuando yo quedé en coma era demasiado joven para entender quien era– fallecía. El 20 de noviembre, el presidente del gobierno, Arias Salgado comunicaba la muerte del dictador. Fue sensacional vivirlo en aquel estado. No recordaba la cara del dictador pero mi madre me lo había descrito como “un hombre desagradable, de voz chillona cuyas palabras y cuyo ego superaban su estatura.” Me divirtió mucho aquella descripción, y en mi mente se dibujó el hombrecillo que tantos dolores de cabeza habían provocado a mis padres.
No tenía claro en qué me beneficiaba a mi la muerte de aquel hombre, pero sentí una inmensa alegría – aunque esté mal decirlo – al escuchar la voz entrecortada por las lágrimas Salgado. Mi padre decía que aquel “era el perrito AMAESTRADO de ese maldito enano”. Las calles estallaron en una celebración general. Mi padre quería ir corriendo para unirse a la multitud, pero mi madre le frenó.

¿Dónde te crees que vas?
¡Hay que celebrarlo, mujer!
De eso nada, habrán demasiados salvajes ahí fuera, no todos saben celebrar las cosas con civismo, así que te quedas aquí con tu familia.

Yo adoraba a mi madre, la quería con locura. Ella no era consciente de que por las noches la oía llorar. Decía sentirse en un BARRANCO emocional. Pero aquella increíble mujer no se rindió nunca, jamás se dio por vencida. Y aquella muerte tan significativa, le daba fuerzas renovadas para seguir luchando. Es curioso como el fallecimiento de una persona, puede marcar el destino de todo un país. Franco había dejado este mundo y yo estaba en un punto intermedio, empapándome de aquel punto de inflexión, el inicio de una nueva España, – estas eran palabras de un celador de voz grave y perfume cargante –.
Los días siguientes el hospital se vio sumido en una avalancha de pacientes. Las manifestaciones se volvieron violentas y los manifestantes recibieron la carga de compañeros y la de los grises. Cuando no ves lo que ocurre, cuando solo escuchas tu entorno, y ese entorno está acelerado, sientes una desesperación gigantesca. Una sensación de vértigo invadía mi pecho. Las enfermeras corrían de aquí para allá, hablando entre ellas. Se generaban grupos de mujeres que cuchicheaban sobre lo que ocurría en urgencias. Los hombres también se reunían, pero para mi fortuna no se molestaban en susurrar. Gracias a aquello escuché que el mayor miedo de los españoles era que aún con la muerte del dictador, las cosas siguieran igual. Que Franco hubiera dejado todo perfectamente ideado para que su dictadura perdurares de la mano de Arias Navarro.
No me gustaba la política, pero por desgracia, no podía levantarme de la cama y salir de la habitación. Aunque en aquel momento, no habría encontrado ningún sitio donde librarme del tema más importante hasta el momento.

Continuará…
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