El Cuenta-Cuentos: La Belleza de un Mundo. (Parte 1)

(1ª parte, miércoles 27 de febrero de 2013)

Palabras a añadir.

Sara: células, galopar y mosquito.

Hay gente que teme la muerte. Yo pienso que no se debe temer lo inevitable. No, a mi siempre me ha dado miedo no vivir plenamente. No sé si mi historia le podrá interesar a alguien, si me leerán miles de personas, o tan solo dos, pero sea como fuere, me apetece contarla.
Nací un 3 de marzo de 1956, y mi vida parecía alejarse de la normalidad. Mi corazón no se había formado por completo, y no bombeaba suficiente sangre. Mi esperanza de vida no superaba los dieciséis años, o al menos eso les dijeron los médicos a mis padres. Por su puesto, yo no me enteré de esto hasta que mis padres consideraron que era lo suficiente mayor para aceptarlo.
A los nueve años me llevaron al parque, como tantas otras veces, y como tantas veces jugué a pelota con mis amigos. También, como tantas otras veces, mi aliento se agitaba y mi corazón comenzaba a GALOPAR. Era algo normal, o yo pensaba que lo era, que le pasaba a todo el mundo. Solo una cosa fue distinta aquel día, mi empeño en seguir jugando a pesar del agotamiento. De pronto, sentí como una flecha invisible me atravesara el pecho y todo mi campo de visión empezó a ensombrecerse.
Desde la oscuridad de mis ojos cerrados, escuchaba la voz de un médico hablar con mis padres. No podía abrir los párpados, no lo conseguía, y las voces llegaban a mis oídos de una forma apagada y lejana. Supe que era un médico porque no entendía nada de lo que estaba diciendo, pero no debían ser buenas noticias ya que mi madre lloraba desconsolada. Me dio rabia no poder abrazarla, pero a la vez, estaba a gusto en aquel limbo extraño.
Lo escuchaba todo, tenía una compañera de habitación de diez años, si mal no recuerdo. Estaba ingresada por un simple catarro, eso era lo que sus padres le decían. Lo bueno, o lo malo de no poder despertar, de estar en coma, es que los adultos no disimulan en tu presencia, se expresan con sinceridad. Una de las veces que mi compañera abandonó el cuarto, seguramente para algún análisis, mis padres hablaron con los de ella. Eran buenas personas, creyentes, siempre usaban expresiones del tipo: “si Dios quiere” o “con la ayuda de Dios”. No entendía muy bien como podían limitarse a esperar la ayuda de un poder divino, pero no era nadie para juzgar, además no podría haber opinado aunque quisiera. Los padres de la niña dijeron que los médicos habían descubierto que Elia, así se llamaba mi compañera, no producía unas CÉLULAS que, sinceramente, no recuerdo para que servían, aunque por lo visto, eran realmente importantes.
Es duro escuchar las conversaciones de los adultos, llenas de verdad y sufrimiento. Es curioso lo mucho que aprendí en aquel estado. Mi madre me leía los libros de texto del colegio, esto me hacía gracia, porque de alguna forma, sin que ella lo supiera, o quizá con toda la intención, aquella buena mujer se convirtió en mi profesora particular. Mi madre parecía no sentir admiración por los cuentos infantiles, pues prefería leerme libros de historia. En aquella época, me resultaba increíble las atrocidades de un tal Hitler en Alemania, me apasionaba todo lo relacionado con aquel tirano, lo odiaba con todas mis fuerzas pero a la vez, sentía una admiración objetiva por su historia. Descubrí que a mi madre también le interesaba, me gustó tener algo en común con ella. Por otro lado me maravillaba la lucha de un buen hombre llamado Nelson Mandela. Sin duda, la historia era mi asignatura favorita. Aunque en aquel estado, seguramente habría recibido gustoso, incluso la vida del MOSQUITO Tigre.
Mi padre, por otro lado, prefería leerme novelas, recuerdo que una vez me leyó la historia de El Quijote, y me hizo la promesa que cuando despertara me lo regalaría para leerlo cada diez años, asegurándome que cada vez que lo leyera descubriría algo nuevo. En aquel momento aquella promesa me pareció una amenaza, ya que, con nueve años, me aburrió excesivamente. No entendía la admiración con la que mi padre leía aquella historia. Tardó un mes en leerme la novela. Lo sé porque al día siguiente, 3 de marzo, cumplí diez años.
No penséis que aquel día fue aburrido, mis padres me prepararon una fiesta, con regalos y una tarta que debía estar realmente buena, ya que por lo que escuché, no quedó ni un pedazo. Mi madre me regaló una biografía de Abraham Lincoln, ex-presidente de los Estados Unidos, estaba deseando que me lo leyera, si ella lo había escogido, seguro que era apasionante. Mi padre me regaló una radio, no tardé en sentirme enganchado a una radionovela que no consigo recordar, trataba sobre una huérfana que vivía mil y una desgracia. Era increíble como la hacían sufrir.
Pero volviendo al día de mi cumpleaños, el mejor regalo, sin duda, fue el beso que Elia me dio en la frente. Fue un gran día, descubrí que la oscuridad no era tan horrible. La luz podía existir de formas muy distintas y a mi alrededor siempre había movimiento, lo cual hacía que mi mundo no estuviera en las sombras. Al principio sentí miedo, no sabía que estaba pasando, porque no podía abrir los ojos, porque ante mi solo estaban las imágenes que mi mente proyectaba en la oscuridad de mis párpados. Pero pronto entendí que aquello no tenía solución, o al menos no una solución inmediata, así que debía aprender a convivir con ello, disfrutar, sacarle el máximo partido a aquella situación. Las enseñanzas de mi madre eran una buena parte, y conocerla mejor a ella y a mi padre era la mejor. Crecer y madurar en un aula vacía, donde solo escuchaba la voz aterciopelada de las dos personas que más quería, a salvo en mi propio interior, sin las amenazas externas, en parte fue una bendición.

Continuará…
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2 pensamientos en “El Cuenta-Cuentos: La Belleza de un Mundo. (Parte 1)

  1. ¡Gracias Sara! La verdad es que me salió solo, hasta ayer no sabía sobre que escribir, y simplemente empecé a hacerlo, salió esta historia. Me alegra que te guste.

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