El Cuenta-Cuentos: El Caso Grimm. (Parte 1)

(1ª parte, 30 de Enero de 2013)

Palabras a añadir:

Sara: luciérnaga, predicción, frito y permanente.

Cuando el teléfono sonó en plena madrugada, el detective James Wilde supo de qué se trataba. No era la primera vez que llamaban a aquellas horas. No le costó demasiado espabilarse, llevaba un mes sin dormir demasiado. Justo el tiempo que hacía que aquel maldito caso había comenzado.
Wilde colgó el teléfono sin inmutarse, ya esperaba recibir aquella noticia como si de una PREDICCIÓN se tratara. Se sentó en el borde de la cama de matrimonio, mirando el lado del colchón donde no hacía mucho dormía su pareja. La tensión de un caso tan horrible, había podido más que el amor que Marcus decía sentir hacia James. Éste intentaba no pensar en ello, tenía demasiadas cosas en la cabeza. Recordaba, según avanzaba el caso, como había comenzado todo. Lo que parecía un hecho atroz pero aislado, acabó siendo la investigación más dura de sus diez años en el cuerpo.
Hacía ya treinta días que recibieron un aviso anónimo. Alguien había encontrado el cuerpo sin vida de una cría en el bosque. El solo hecho de saber que una cría había sido hallada muerta, heló la sangre de todo el mundo. Cuando Wilde llegó al lugar y pasó el cordón policial atado a distintos árboles haciendo un cuadrado que envolvía a una docena de personas que exploraban el escenario, vio una pobre niña de la misma edad que su hija. La habían encontrado tumbada boca abajo en el suelo del bosque, vestida con un vestido blanco y una gran sudadera de hombre roja con capucha, su cabello era castaño. Cuando el equipo forense movió el cuerpo vio que en el pecho tenía marcas profundas de garras, como si algún animal grande le hubiera dado un zarpazo. A menos de un metro del cuerpo había una bolsa de plástico llena de comida comprada en algún supermercado de la zona.
Una vez en el laboratorio, la forense Patrice Goodman, encontró varios pelos correspondientes a un animal. Los análisis del cabello pudieron dilucidar que se trataba de un lobo común. En aquel momento el caso no tuvo más repercusiones, una niña atacada por un animal salvaje en el bosque, por desgracia era algo normal.
Wilde se levantó de la cama y se puso los pantalones tejanos, y su calzado deportivo. Odiaba la idea de ponerse uniforme, pensaba, acertadamente, que no se podía perseguir a un sospechoso que huye calzando zapatos. Se enfundó una camiseta blanca con letras azul marino. Las letras caían verticalmente por su pecho derecho, y en ellas podía leerse: “Hard Law” que significa “Ley Dura”. Se dirigió al baño y encima del lavabo había uno de esos espejos armario donde se guardan las medicinas. Lo abrió, sacó el cepillo de dientes y el dentífrico. Mientras se cepillaba los dientes recordó la primera vez que recibió una llamada a aquellas horas. Hacía tan solo siete días que habían encontrado el cadáver de la niña en el bosque. Dormía con Marcus cuando el teléfono sonó. Al cogerlo, Wilde recibió la noticia. Habían encontrado a otra chica en el bosque, aquella vez, era una joven de unos diecinueve años. Cuando James llegó, quedó completamente helado. Aquello era de locos, la muchacha había sido hallada en una especie de ataúd de cristal. Estaba boca arriba con los labios pintados de un rojo intenso. Los brazos colocados en postura mortuoria. Ambas manos, a la altura de sus regazos sujetaban un objeto, y aquel objeto simple, hizo que la sangre de James Wilde se congelase. Era una manzana roja mordida.

¿Qué está pasando James?

Preguntó Patrice Goodman.

No tengo ni idea Patrice, pero no me gusta nada.

Fue la franca respuesta de Wilde. Ahora el primer cuerpo volvía a las mentes de todos, y cobraba un sentido distinto. Una niña con una sudadera roja, con el pecho desgarrado por un lobo, una bolsa de la compra y una joven encerrada en un ataúd de vidrio, con el pelo negro como el carbón y unos labios rojos con una vida que parecía una broma pesada del destino. James tuvo una corazonada, supo que cuando el equipo forense hiciera la autopsia encontrarían algún tipo de veneno en la joven.
Wilde se enjuagó la boca en el grifo de aquel baño solitario, se agachó para escupir y al levantarse se golpeó fuertemente en la cabeza con la puerta del armario. La boca se le llenó de un intenso sabor metálico, y empezó a ver luces como si más de una LUCIÉRNAGA volara por delante de sus ojos. Maldijo en alto mientras se llevaba las manos a la zona golpeada, abrió el grifo y se mojó la cabeza para intentar calmar el dolor.
Entró en la cocina y se sirvió un café en un vaso para llevar, parecido al que ponen en las cafeterías. Salió de casa y se subió a su coche. Colocó el vaso al lado del cambio de marchas y puso el motor en marcha. Mientras conducía le vino a la mente la peor de las llamadas. Sin duda fue cuando todo empezó a encajar de una forma retorcida y siniestra. Tan solo siete días después de encontrar el ataúd, recibieron la llamada de una anciana, diciendo que un hedor terrible provenía del piso de al lado. La mujer era la casera del piso, y tras varios días llamando a la puerta para que alguien hiciera algo con aquel olor insoportable , decidió hacer uso de su propia llave. Cuando abrió la puerta quedó completamente perpleja, alguien había levantado un muro de ladrillos que tapiaba la puerta, era imposible entrar allí.
La policía usó una gran maza metálica para echar abajo aquel muro, y cuando Wilde entró en el piso encontró atada a una silla frente a una ventana tapiada igual que la puerta, el cadáver de una chica. Tenía un largo cabello rubio que colgaba casi hasta llegar al suelo. El cuerpo presentaba una avanzada descomposición, por lo que debía llevar muerta varios días, de ahí el horrible hedor que profería.

Es tal como tu pensabas James.

James Wilde había aventurado que se trataba de un asesino en serie que dejaba a sus víctimas emulando los personajes de los cuentos de los Hermanos Grimm. La primera víctima se llamaba Alice Roses y sin duda era Caperucita, la segunda, Karen Cooper, era Blancanieves, envenenada con cianuro. La tercera víctima aún sin identificar era Rapunzel, recluida en un lugar donde nadie podría llegar facilmente, con su larga melena dorada. Había muerto de inanición, atada y amordazada en aquella silla. Las patas de la silla estaban atornilladas al suelo, para que la mujer no pudiera balancearse y romperla. El asesino había pensado en todo.
James estaba harto de aquella angustia PERMANENTE. Odiaba aquel caso que la prensa había bautizado como “El Caso Grimm”.
Cuando el detective aparcó el coche, se encontró en un barrio de esos por los que nadie querría pasear de noche. Había efectuado varias detenciones en aquellas manzanas. Olía a pollo FRITO pero no en un sentido apetitoso, parecía más que aquellas calles estuvieran impregnadas en aceite usado. Era nauseabundo. Un coche patrulla esperaba aparcado en medio de la calle, frente al portal de un edificio.

Detective, es en la sexta planta. No hay ascensor.
Que desconsiderado es el asesino, matar a alguien en un sexto sin ascensor, ¿no agente?

El hombre miró a Wilde con furia. Todo el mundo odiaba el sarcasmo del detective. Desde que se iniciara aquel caso, su carácter se había agriado aún más, y aprovechando el caso, le habían apodado “el enano gruñón”. Eso a James le daba igual, había decidido que cuando acabara con aquel caso, dejaría el cuerpo.
Subió sin excesivo esfuerzo, estaba en forma. Cuando llegó al sexto piso, encontró una puerta abierta, con un agente uniformado postrado en medio, como un cancerbero cualquiera. Wilde enseñó su placa, y el agente se apartó dejándole pasar.
James exploró el lugar con la mirada, buscando a la víctima, cuando un agente sentado con la cara pálida y empapada en sudor le señaló una puerta al final de un largo pasillo.

Salga fuera si tiene que vomitar, no quiero que contamine la escena del crimen.

El agente le hizo caso, salió corriendo de allí, y Wilde, se dirigió a la puerta del pasillo. Allí estaba Patrice, inspeccionando el cuerpo de una preciosa joven rubia tumbada en la cama boca arriba. Sus manos cruzadas encima de su viente. El semblante de James se ensombreció. En aquel caso vivía a la espera de ver que macabro escenario había preparado aquel tarado.

La Bella Durmiente…

Dijo Wilde. Patrice asintió y el detective añadió:

¿Somníferos?
Así es, hemos encontrado un bote de ellos completamente vacío. A veces odio este trabajo.
Yo he llegado al momento en el que lo odio siempre, Patrice, no te preocupes.

Continuará…
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