El cuenta-cuentos: Olores. (Parte 4 – Final)

Como veis el juego es bien sencillo. Bien, pues empecemos.

Para leer la primera parte de “Olores” pulsad AQUÍ.

Para la segunda parte AQUÍ.

Y para la tercera parte de “Olores” pulsad AQUÍ.

(4ª y última parte, 03 de Octubre de 2012)

Palabras a añadir:

Kyreta: Servidor, carraca, sifón, laca y gancho.

Continuación…

¿Cómo te llamas, chico?
Me llamo Emanuel…
De acuerdo, Emanuel, tenemos que salir de aquí.

Marga explicó al crío su intención de llegar al campanario. Le dijo que sin duda había alguien allí, que necesitaba ayuda. Emanuel sintió una renovada esperanza. Marga se fijó en la camiseta que llevaba Emanuel. Era una camiseta negra con el logotipo del grupo musical “Guns n’Roses”. Le hizo gracia ver a un crío tan pequeño con una camiseta como aquella.

¿Te gusta el rock and roll?
¿Eh?
La camiseta…
Ah, no, me la regaló mi padre… a él sí que le gustaba.

Marga entendió que aquella manera de hablar de su padre en pasado, significaba que ya no estaba vivo y prefirió no seguir indagando. La mujer miró a su al rededor y se vio rodeada de herramientas útiles. Destornilladores grandes y contundentes. Vio una sierra eléctrica, y durante un instante contempló la posibilidad de llevársela, pero comprendió que aquello pesaba demasiado y solo le restaría velocidad, así que renunció a ella.
Al pasar frente a un pequeño espejo que había colgado de un GANCHO, se detuvo a mirar el reflejo. Le costó reconocerse, era como si su rostro, que en otro tiempo había sido dócil y angelical, se hubiera tornado feroz, salvaje. Su atención se centró en su ojo izquierdo. Una mancha roja ocupaba gran parte del blanco y su pupila estaba áltamente dilatada. De pronto vino a su mente el primer zombie… su sangre salpicándola al ojo. ¿Tendría algo que ver? Un desasosiego se instaló en el interior de Marga. Quizá había visto demasiadas películas de terror, o quizá su desánimo era justificado.
Pronto volvió en sí, y recordó su objetivo. Se dirigió a la entrada de la ferretería, y echó un ojo afuera, temía que el disparo hubiera alertado al resto de zombies. No tenía claro cuan inteligentes eran. Por suerte parecían no serlo en exceso, pues ninguno de aquellos monstruos había acudido al estruendo. Miró a uno y otro lado, pensando como podía hacer lo que estaba proponiéndose. El campanario aún estaba demasiado lejos, y parecía que los zombies se multiplicaban según pasaba el día. En una esquina cercana pudo ver un bar.

Emanuel, ven, aprisa…

Cuando el crío se acercó, Marga le hizo mirar a aquella esquina.

Podemos coger algo de comer y de beber. Lo necesitaremos.

Emanuel asintió, no quería decirlo, pero estaba hambriento. Así pues, esperaron hasta estar convencidos de que era seguro salir, y corrieron con todas sus fuerzas hacia el bar. Cuando entraron Emanuel se tuvo que abrazar a Marga protegiendo su rostro en el vientre de la mujer. El suelo, las mesas, las paredes, todo el bar estaba ensangrentado. Por el suelo habían botellas de SIFÓN rotas, y cuyo líquido se mezclaba con la sangre.

Chico, no te alejes, podría haber uno de esos monstruos…

Tras decir esto Marga comenzó a observar su entorno. En una mesa situada al fondo del local, la mujer pudo distinguir un bolso. Corrió hacia él con la esperanza de encontrar las llaves de un coche. Nunca había conducido y sin duda, aquel era un buen momento para aprender. Abrió el bolso y empezó a buscar dentro desesperándose por la cantidad de cosas que la propietaria había introducido en él. Cuando se hartó de rebuscar cogió el bolso y lo volcó en la mesa. Algunas cosas rodaron por la superficie y cayeron al suelo. Un pintalabios, algunas monedas, cosas que a Marga no le hacían ninguna falta. Rápidamente detuvo un cilindro metálico que estaba a punto de caer también. Era un pote de LACA, Marga lo observó con atención y pronto se vio a sí misma utilizándolo como una especie de lanza llamas. Solo necesitaba algún mechero para prender el gas. El pote era pequeño, perfecto para llevarlo de viaje. Marga se lo guardó en el bolsillo del pantalón, metiéndolo a presión pues aún siendo pequeño, era demasiado redondo para un pantalón tan ajustado.
En el bolso también había un teléfono móvil. Marga sintió una alegría inmensa. Por fin algo bueno le ocurría, podría pedir ayuda a alguien de fuera de aquella odiosa ciudad. Marga cogió el móvil y la desesperación volvió a acomodarse en ella al ver que el aparato estaba apagado. No podría usarlo aunque lo pusiera en marcha, ya que no sabía cual era el código pin… todo aquello parecía una macabra broma del destino.

Eh, aquí hay un portatil…

Emanuel abrió ordenador y éste se puso en marcha, por suerte solo estaba suspendido, nadie lo había apagado.

¿Crees que podríamos conectarnos a internet, chico?
No lo tengo claro, si hubiera algún SERVIDOR disponible sí…
Inténtalo, ¿vale? Yo voy a buscar algo para comer.

A Emanuel no le gustaba la idea de quedarse solo en aquel local. Sentía que en cualquier momento podría entrar uno de esos apestosos muertos vivientes. Pero sin duda, no era un buen momento para la debilidad, debía ser fuerte, así que asintió dejando que Marga se dirigiera a la cocina.
Cuando la mujer entró en la cocina se quedó horrorizada al ver en el suelo un cuerpo totalmente quemado. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no vomitar, pero no lo consiguió. Tras sucumbir a sus náuseas, Marga contempló tapándose la nariz con la mano, al cadáver. A juzgar por las malformaciones en sus extremidades, aquel era uno de esos malditos zombies. Por fin había descubierto la forma de matarles, ¡había que quemarlos! Marga vio algo clavado en la frente del zombie quemado, se acercó para verlo de cerca. Era una CARRACA, reconoció aquella herramienta porque su hermano siempre andaba arreglando cosas y alguna vez la había visto. Nunca se habría imaginado verla en clavada en la frente de un demoníaco muerto viviente.
La mujer se centró en lo que había ido a hacer, buscó comida que no tuviera que preparar. El tiempo era demasiado valioso. En la despensa encontró algunos bollos rellenos de crema y chocolate. Los cogió todos y se dirigió de nuevo al local. De pronto vio como algo corría hacia ella, y la lanzó al suelo. Marga se defendió por instinto, forcejeando con un zombie. Era pequeño, su piel era pálida como la de un muerto y sus ojos grisaceos exentos de vida. Marga se quedó completamente helada al ver el logotipo de Guns n’Roses en la camiseta de aquel monstruo.

Emanuel…

Marga empujó al crío con su pierna lanzándolo por los aires. Éste se puso en pie con agilidad. Todavía no se había convertido del todo, por ese motivo conservaba la agilidad de su juventud, pero su alma estaba ya totalmente corrompida, no reconocía a Marga, y su sed de sangre era inmensa. Por suerte para Marga, era más fuerte su sadismo que su fuerza. La mujer corrió hacia la cocina, seguida por el chico que se golpeó contra una mesa al resbalarse con la sangre del suelo. Marga buscó algo en la cocina que pudiera ayudarla, y solo encontró un grandioso cuchillo, no le gustaba aquella opción, debería tener demasiado cerca al monstruo para utilizarlo. En la encimera vio un soplete de cocina y se sintió aliviada. Sentía mucho tener que hacer aquello, era tan solo un niño, pero tenía que hacerlo, allí se imponía la ley del más fuerte.
Tras ella, Emanuel la observaba con una sonrisa pérfida en su cara que había comenzado a pudrirse. A Marga no le dio tiempo a sacar el pote de laca de su bolsillo, Emanuel se le echó encima y tuvo que esquivarlo. Marga comenzó a correr hacia una salida de emergencia que daba a un callejón. No tenía tiempo de comprobar si el exterior era seguro, saldría a toda prisa abalanzándose contra la puerta que se abrió de golpe y ella se dio de bruces contra el muro del callejón. Marga vio como Emanuel corría hacia la salida y golpeó con su pierna la gran puerta metálica tan fuerte que se cerró con un golpe sordo. Marga miró ahora el callejón y vio a varios zombies que se acercaban a paso amenazante. No podía entrar en el bar, Emanuel estaría esperándola. Se decantó por subir a la escalera de incendios del callejón.
Saltó con fuerza para sujetarse a la escalera, y la trepó hasta que sus pies tomaron contacto con el metal. De pronto un alarido furioso y salvaje le heló la sangre. Marga miró al callejón y vio a Emanuel corriendo hacia ella. Aquella imagen le aterró. Su rostro ya no tenía nada de niño, y Marga deseaba en parte que se convirtiera en uno de aquellos zombies patizambos que no suponían ninguna amenaza a larga distancia. Marga corrió por la escalera de acero, subiendo a toda prisa. Cuando de pronto perdió el equilibrio al verse atacada por un zombie a través de la ventana de uno de los pisos. Marga sintió como su corazón empezaba a galopar dentro de su pecho. Esquivó al monstruo y siguió subiendo, seguida por Emanuel. Por fin, tras unos desesperantes minutos, consiguió llegar a la azotea. Allí decidiría que hacer.
Se acercó al borde de la azotea para comprobar si era factible un salto al edificio siguiente. No estaba segura de poder dar un salto así. No parecía demasiado grande, pero quizá sus ojos la engañaban. Tras ella un lamento hizo que se girase. Era la ausencia de Emanuel, era su zombie, por fin convertido totalmente en muerto errante. Sus pasos ya habían perdido la velocidad, y habían adquirido aquella lentitud tenebrosa. Aquello no tranquilizaba a Marga que estaba atrapada en la azotea de un edificio, sin poder ir a ningún sitio. La decisión era evidente, tenía que saltar, no podía hacer otra cosa. Se acercó ligeramente a Emanuel, para poder coger carrerilla y tras respirar hondo corrió hacia el borde alejándose del zombie que ya alargaba sus brazos para intentar capturar a la mujer que saltó con todas sus fuerzas, rezando, en aquel instante, para que sus piernas tuvieran la potencia necesaria para llegar al otro lado.
Marga rodó por el suelo de la siguiente azotea, y pudo ponerse en pie a salvo de Emanuel que lanzó un rugido rabioso al aire. Marga sintió que aquel sonido tétrico era poético, pues significaba que ella estaba a salvo. Cuando estuvo en pie miró a su al rededor. Tuvo una idea, la forma más segura de llegar al campanario. Oteó los alrededores para encontrarlo, y cuando lo hizo, asombrosamente cerca de allí, Marga tomó la decisión, iría a través de las azoteas. Era la decisión correcta.
Se puso en marcha, corriendo, y buscando los puntos más seguros para saltar de una azotea a otra. El esfuerzo era inmenso, pero sin duda merecía la pena el cansancio, si con ello, estaba a salvo de los ataques de aquellos asquerosos seres. En su último salto, Marga apoyó mal el tobillo y se lo torció cayendo al suelo de espaldas. Lanzó un grito de dolor pero por suerte solo fue el dolor del impacto, no se lo había roto. Se levantó sin apoyar el tobillo dañado y sintió como su espalda comenzaba a humedecerse. Se quitó la mochila y comprobó que la botella de gasolina que llevaba en ella se había abierto por la caída. Debía lanzar aquella mochila pues era peligroso viajar con ella, podía incendiarse con el menor contacto con una chispa, no quería arriesgarse a ello.
Marga lanzó la mochila por la azotea y al hacerlo quedó completamente congelada por el terror. Había llegado al campanario, se alzaba frente a ella, en una plaza enorme. Lo había conseguido, su objetivo estaba cumplido, y sin embargo, Marga no sintió alegría, solo terror, el terror de quien se asoma al precipicio y ve una horda de zombies rodeando su punto de llegada. No era capaz de calcular el número de aquellos seres. Decenas, centenares, quizá miles y puede que millares… todos gruñiendo en un susurro desquiciante que se amplificaba por el eco de la plaza. La luz del sol se había tornado de un tono rojizo al comenzar a ocultarse tras los edificios, y aquel fulgor sangriento que iluminaba la plaza del campanario, hizo que Marga se diera cuenta de algo… su esfuerzo había sido inútil, era imposible entrar, era imposible esquivar a aquel ejército infernal.

-Fin-

Nota: las palabras que me dejéis en esta parte serán utilizadas en el principio de una nueva historia.

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