El cuenta-cuentos: Bajo una luna de otoño. (Parte 3 -Final-)

Como veis el juego es bien sencillo. Bien, pues empecemos.

Para ver la primera parte de “bajo una luna de otoño” pulsar AQUÍ.

Y para ver la segunda parte de “bajo una luna de otoño” pulsar AQUÍ.

(3ª y última parte. 30 de Julio de 2012)

Palabras a añadir:

Nursiwe: Roedor y amigo.

Continuación…

¡Mirad, están ahí!

Las voces retumbaron en el eco del sótano haciendo que Sam y Trin dejaran de repente el mundo de los sueños. Un grupo de hombres armados con rastrillos afilados y antorchas corrieron hacia ellos y los atraparon.

¡Ahora os enseñaremos lo que es bueno!

Dijo un hombre acercando su boca al rostro de Sam. Este tuvo que reprimir su angustia al oler el aliento alcohólico del individuo.

¡Soltadnos malditos!
¡La única maldita es tu hermana, mocoso!
¡Estáis locos, es solo una niña!

El intento de Sam de hacer entrar en razón a aquellos adultos descerebrados, resultó del todo inútil. Una mujer cogió en volandas a Trin, que forcejeaba para deshacerse de los brazos corpulentos de la mujer. Sam gritó y consiguió librarse del hombre que le sujetaba, corrió hacia su hermana pero de pronto, tras un golpe seco en la nuca de alguien que no supo distinguir, cayó al suelo inconsciente.
Cuando sus ojos se abrieron estaba sentado con la espalda apoyada en un tronco, sus brazos habían sido atados al rededor del mismo. En su pierna pudo distinguir, cuando su visión se aclaró, a una apestosa rata callejera. El crío sacudió la pierna para espantar a aquel asqueroso ROEDOR. Cuando su mente despertó del aturdimiento, miró a su al rededor, estaba en la plaza del pueblo. Era de noche y el cielo estaba completamente minado de estrellas, y frente a él, en medio de la plaza, se alzaba un pilar de madera rodeado de astillas. Sam distinguió aquello, ¡era una hoguera! Y atada al mástil central se encontraba, de pie, su hermana.

¿Qué vais a hacer? ¡Soltadla!

Dos hombres corpulentos se quitaron el sombrero picudo, y le miraron por encima del hombro con un semblante desencajado por la ira y la excitación. Creían haber cazado a una bruja, e iban a ajusticiarla. Uno de los hombres cogió una antorcha prendida y se acercó lentamente al conjunto de maderas que formaban aquella trampa mortal.

Algus, viejo AMIGO -dijo el otro hombre- permite que sea yo quien prenda la leña.
De acuerdo Frowl, sé que el padre de esta maldita bruja era alguien importante para ti…

Le cedió la antorcha, y Frowl empezó a avanzar hacia su objetivo. Sam comenzó a gritar, pero el hombre hizo caso omiso a las quejas del chico. En su lugar miró a los ojos de Trin que no paraba de llorar aterrorizada. Y de pronto lanzó la antorcha a la pila de maderas. Pocos segundos después, una llama empezó a brotar incesante.

¡No! ¡Trin! ¡Sois unos bastardos!

La multitud disfrutaba del espectáculo, disfrutaban de aquellas llamas purificadoras que enviarían al infierno a aquella maldita bruja. Disfrutaban de un trabajo bien hecho, la caza de brujas jamás había sido tan fácil.

¡Os vais a arrepentir!

Aquella última frase de Sam captó la atención de los presentes. No por el contenido de las palabras, si no por la voz. Aquella voz grave, ronca, y tenebrosa. Cuando miraron al crío vieron como sus cabellos se volvían del color del fuego. Un rojo encendido que parecía palpitar con destellos de luz. Los ojos del crío se volvieron amarillos por completo, exentos de pupilas.

¡Me las vais a pagar todos!

La cuerda que ataba sus muñecas al rededor del tronco, se pulverizó por el calor que desprendía el cuerpo del niño. Un cuerpo que comenzó a levitar ante el asombro y el terror de los pueblerinos.

¡Él es el brujo! ¡Ese maldito mocoso es el brujo!

Sam alzó la mano, con la palma apuntando a la hoguera, y tras un grito que hizo temblar el suelo, desprendió una bocanada de aire que extinguió por completo el fuego. Trin miraba a su hermano y gritó algo que el chico no consiguió entender. Veía sus labios moverse, pero parecía que sus cuerdas vocales hubieran perdido el sonido.
Sam miró a sus vecinos, y a pesar de no tener pupilas, todos consiguieron captar el odio y la furia que se escondía tras su mirada. Su ceño se frunció dotando a su rostro de un aire aterrador.

¡Solo es una niña! ¡Morid!

Y de pronto el cuerpo del crío se encendió, quedando envuelto por un fulgor blanco que hizo que las estrellas se ocultaran ante aquella luz. Los habitantes del pueblo comenzaron a correr, pero del cuerpo encendido de Sam, empezaron a salir tentáculos de luz que envolvían a cada uno de los adultos. Cuando éstos eran rodeados por aquellos tentáculos, sus cuerpos, simplemente, se desintegraban. Uno a uno, todos los pueblerinos fueron desapareciendo. Y solo cuando el último de ellos fue brutalmente asesinado, Sam perdió el brillo que le envolvía y cayó a plomo en el suelo. Allí quedó tumbado, inconsciente, y en su mente se dibujaban unas frases distorsionadas. Era la voz de su hermana, que le decía algo. De pronto el subconsciente del chico distinguió a su hermana en la hoguera, mirándole cuando estaba flotando, le veía mover sus labios, como segundos antes, pero no era capaz de entenderla cuando de pronto la frase sonó nítida:

¡Sam, otra vez no!

¿Otra vez? ¿Qué quería decir? Y ante aquella pregunta interna comenzó a recordar a su hermana haciendo que su padre desapareciera en una nube de polvo humano. Era ella, ¿era ella? De nuevo, su subconsciente volvió a aclarar la situación, y se pudo recordar a si mismo. Su mente había modificado aquel doloroso recuerdo. Fue él, Sam, quien no pudo soportar que su perverso padre siguiera azotando a su hermana. Era él, y solo él, el que poseía aquel poder. Allí quedó inconsciente en el suelo, intentando asimilar lo que había pasado bajo aquella luna de otoño.

-Fin-
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