El cuenta-cuentos Marzo: Bajo una luna de otoño. (Parte 1)

Como veis el juego es bien sencillo. Bien, pues empecemos.

(Parte 1ª 03 de Marzo de 2012.)

Palabras a añadir:

Esperpento y Codicioso: Krysty.

Los pasos apresurados de dos hermanos hacían que el agua de los charcos del suelo salpicara. Tras ellos, una multitud acalorada gritaba exaltada. Portando en sus manos antorchas, picos y palas.
Los dos críos sentían como sus torsos ardían presionados por el latir ajetreado de sus corazones.

¡Aprisa Tirc!

Gritó el niño que iba delante cogiendo y tirando de la muñeca de su hermana Tirc, para que no se detuviera.

– ¡Sam me haces daño!

Respondió la niña. Y Sam haciendo caso omiso de las palabras de su querida hermana, siguió tirando de ella.

¡Más daño te harán esos paletos si te alcanzan!

Esa fue la única respuesta. Sam y Trin doblaron una esquina, luego otra, y otra más. Podían dar gracias de su juventud, pues aquella diferencia entre sus perseguidores y ellos hizo que consiguieran despistarlos. Dieron a parar a un oscuro callejón sin salida. Se detuvieron y Sam, poniéndose entre su hermana y la apertura de la calle, miró a su al rededor.

Sam, tengo miedo…

Tranquila, y deja de llorar, no va a pasar nada.

Los ojos del hermano mayor se movían compulsivamente, escudriñando cada rincón del callejón. En el suelo, en una de de las pareces que hacían esquina vio una pequeña ventanilla que daba a una especie de sótano.

Vamos, corre, metámonos ahí.

Está oscuro Sam, sabes que no me gusta la oscuridad.

Tranquila Trin, yo estoy contigo.

Aquello pareció convencer un poco a la pequeña, que tras dejar que su hermano rompiera el cristal, y retirara con su bota los restos afilados que quedaron en el marco, se deslizó al interior de la oscura estancia. Sam miró a su al rededor, y se dirigió hacia una caja de madera vacía la llevó hasta la pared, justo al lado de la ventana y se introdujo por el orificio que acababa de abrir. Antes de entrar del todo, arrastró la caja hasta que el hueco de la ventana quedó oculto.
Trin le esperaba asustada, y en cuanto Sam estuvo a su altura se abrazó a él. Él le acarició su sedoso pelo, y la besó en la frente.

No está tan oscuro ¿verdad?

La voz del chico era dulce, tranquilizadora para Trin, que entre sollozos asintió. Realmente la luz de la luna se filtraba por algún sitio que Sam no supo concretar. No es que la estancia estuviera iluminado, pero se veía lo suficiente como para que la pequeña no sintiera miedo. Sam la cogió de la mano y se dirigieron hacia un rayo de luz que entraba por una grieta en la pared.
Trin tenía un cabello dorado, ondulado, que le caía hasta media espalda. Su nariz era menuda y cubierta de pequitas, las lágrimas habían hecho que se pusiera colorada al igual que sus mejillas. Era quizá la niña más hermosa que su hermano hubiera visto. No medía más de un metro, y como ropa portaba un vestido sucio por la carrera que acababa de hacer.
Sam tenía el pelo enmarañado en un remolino imposible, su cabello era de un tono castaño claro, a medio camino entre el marrón y el amarillo. Sus ojos, al igual que los de su hermana, estaban dotados de un marrón intrigante. Ambos tenían tres motas en la pupila, tres motas rojas que formaban una diminuta pirámide. Sam las tenía en la pupila izquierda, Trin en la derecha. El muchacho vestía un chaleco de borrego, unos pantalones de un azul pálido remetidos por las botas que eran del mismo material que el chaleco.

¿Por qué nos quieren hacer daño Sam?

No lo sé…

Pero Sam si que lo sabía. Sabía de sobras porqué aquellas personas los perseguían, o mejor dicho, porque seguían a su hermana: llevaban dos noches huyendo, hacía dos lunas que tuvieron que abandonar su hogar entre gritos de “bruja” y “ESPERPENTO”.
Sam sabía, o creía saber que aquellas insinuaciones, aquella opinión general de que Trin era una bruja, eran del todo absurdas. ¿Y qué si le había arrebatado la vida a su padre? Era un hombre malvado, que les azotaba día sí y día también. Un ser CODICIOSO, un personaje repugnante que se había aprovechado de la bondad de Sarma, la madre de los críos, hasta que esta enfermó y su corazón se detuvo. ¿Y qué si la muerte de aquel maldito hombre había sido de lo más extraña? ¿Y qué si fue tras el último bofetón que Sam recibió de él? Ni si quiera le importara que los ojos de su hermana se hubieran vuelto rojos como el fuego, ni que tras un grito furioso, que más pareció el rugido de un animal salvaje, el cuerpo de su padre hubiera empezado a arder como un caldero lleno de agua hirviendo. Y tampoco le importó que aquel hombre despreciable cayera fulminado al suelo y empezara a expulsar espuma por su boca. Era su hermana, y la protegería de quien fuera.

Continuará…
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